Crónica parlamentaria
Muros desmoronados
Sánchez está destruyendo la legitimidad de esta malherida democracia parlamentaria porque no quiere abandonar el poder, y punto

Nira Fierro, del grupo parlamentario socialista, habla con su correligionario Sebastián Franquis. / Miguel Barreto / Efe
Miré los muros de la patria mía/, si un tiempo fuertes, ya desmoronados/ de la carrera de la edad cansados,/ por quién caduca ya su valentía. Nira Fierro subrayaba un texto inacabable, quizás subrayaba las mismas palabras, una y otra vez. Elena Máñez miraba al infinito, Nayra Alemán escrutaba el móvil cada cinco minutos. Miguel Ángel Pérez del Pino parecía conectarse y desconectarse a ratos, como una lámpara con un cable suelto. El gran ausente era Sebastián Franquis, pero no puede calificarse como extrañeza, porque Franquis, el portavoz socialista y único líder insular del PSOE digno de tal nombre, suele ausentarse después de la sesión de control del Gobierno. Hay miércoles en los que apenas aparece por el salón de plenos. Lo cierto es que ayer, mientras llegaban las espeluznantes noticias de Ferraz, el grupo parlamentario socialista parecía más huérfano que nunca. Al principio de la legislatura la propia Fierro -si no me equivoco- anunció que el nutrido grupo parlamentario del PSOE sería un muro en el que se estrellaría deriva de las políticas derechistas del Gobierno de Coalición Canaria y el PP. Ahora ese muro resistencial solo recuerda al elegíaco soneto de Quevedo.
Siempre queda un consuelo, por supuesto. En este caso, zurrarle a Vox. Se produce además una circunstancia: los de Vox están encantados de que les zurren, porque así consiguen lo único que anhelan, notoriedad. La izquierda empieza a salivar de veras cuando es el portavoz de Vox, Nicasio Galván, el que toma la palabra para soltar ultrachorradas. Permítanme explicarles muy someramente los perfiles del grupo de Vox. En mayo de 2023 Vox cosechó 71.740 votos, apenas mil menos que Nueva Canarias, y fueron elegidos cuatro diputados en sus listas, pero una de ellos, Marta Gómez, se dio cuenta de repente que militaba en un partido de ultraderecha y espantada se largó, convirtiéndose así en diputada no adscrita y sentándose desde entonces junto a los diputados del PP, que le han tomado mucho afecto. Los tres diputados restantes son Galván, Paula Jover y Javier Nieto. Paula Jover ejerce de rostro duro del grupo y suele defender las posiciones más extremas. Como además es la mejor preparada (e informada) de sus compañeros su impacto retórico en los debates es más intenso. Como suele ocurrir en Vox, se indigna mucho cuando la tildan de ultraderechista, pero algunas mañanas yo me distingo, sinceramente, como un tipo delgado y hasta rozagante, y ya ven ustedes. Javier Nieto es el rostro relativamente amable de Vox. Parece sinceramente interesado en llegar a un acuerdo con este, con aquel, con el de más allá, con usted mismo. Para eso no utiliza argumentos, por supuesto, sino una voz amical que parece proceder de alguien razonable que te invitaría a una caña e incluso a una copa de Soberano -que es cosa de hombres- si fuera posible. Nieto es lo suficientemente afable, incluso, para tomarse cafés con diputados del PSOE, como ha ocurrido de vez en cuando. En cambio, es inimaginable un desayuno compartido entre socialistas y Nicasio Galván, por no hablar de la señora Jover. La cortesía parlamentara de Nieto, obviamente, tiene sus límites, y cuando alguien cita la Constitución, el Estatuto de Autonomía u otra nación que no sea la española tuerce el gesto dolorosamente y huye lo más pronto rápidamente, como le ocurre al conde Drácula cuando le enseñan una cruz o le alcanza el sol.
Galván es el voxista químicamente puro que no admite imitaciones. Transmite al pie de la letra las consignas y propuestas que se cocinan en Madrid para expedir hacia las odiosas comunidades autónomas que se han olvidado del nombre de España. A Galván le irrita que el presidente Fernando Clavijo llame a Canarias «nuestro país», no se diga cuando habla de «nación». Galván debe de ser el único que en la carnicería de su barrio no pide carne del país, sino carne de la comunidad autónoma. Lo más deslumbrante ocurre cuando el portavoz ultra se victimiza y después de insultar al resto de los grupos parlamentarios, de insistir en su bajeza moral, en su ignorancia y en su cochina propaganda, lloriquea sobre su corbata Gucci porque alguien lo ha llamado facha.
Galván debe de ser el único que en la carnicería de su barrio no pide carne del país, sino carne de la comunidad autónoma
Ayer Vox presentó la adaptación patán de su prioridad nacional en forma de proposición no de ley. La reacción de los grupos -y particularmente de la izquierda- no me pareció la mejor. Entiendo que uno tenga ganas de distraerse, pero debería haber límites. Aburre mucho utilizar a Vox, a estas alturas, como un saco de boxeo moral para golpear heroicamente durante tus diez minutos de intervención. Para colmo, volvieron las camisetas-protestas de diputadas que confunden el salón de plenos con un jardín de infancia. La peor camiseta, casi por votación popular, fue la de Nira Fierro, que llevaba la palabra cachanchán impresa, con la definición de la palabra: Persona informal y chanchullera. Quizás no era la mejor camiseta para que la luciera una dirigente socialista en la mañana de ayer, entre otras cosas porque refleja una desconexión francamente preocupante de la realidad. Natalia Santana, de Nueva Canarias, casi gritó para advertir que su partido «no hoy ni nunca, jamás, apoyará una propuesta de Vox», advertencia que, con franqueza, no asombró a nadie. Ana Oramas les dijo que «se mandaran a mudar». El PP presentó una proposición para sustituir la de Vox, muy aplaudida por el PP por cierto. Galván estaba encantado y lo estuvo aún más cuando la PNL fue derrotada por una aplastante mayoría.
Por supuesto que el pleno desarrolló otros debates y propuestas, pero lo que fascinaba al cronista, definitivamente, era el visible acogotamiento del grupo parlamentario socialista. Por supuesto que esta Cámara no puede ni debe confundirse con el Congreso de los Diputados. Pero la tan estruendosa como peligrosa crisis política e institucional, de consecuencias cada vez más impredecibles, hubiera merecido algún interés por parte de sus señorías, y no me refiero a las estupideces sobre las joyas de Rodríguez Zapatero y similares. Aquí tenemos a un presidente del Gobierno que se niega resueltamente a dimitir pese a lo ocurrido en este país en los últimos meses. Un presidente del Gobierno que hacía bromas frente a los medios de comunicación cuando la policía judicial realizaba un registro en la sede central de su partido. Pedro Sánchez está arriesgando ya no solo la existencia del PSOE como uno de los grandes partidos del sistema político. Sánchez está destruyendo la legitimidad de esta malherida democracia parlamentaria porque no quiere abandonar el poder, y punto. Es un asunto de tal gravedad, tan sórdido y miserable, tan peligroso y traidor, que debería convocarnos a todos. ¿De veras que se creen lo del golpe de Estado político, judicial y mediático, como comentaba un diputado socialista ayer en la calle Teobaldo Power? Pues que se celebren elecciones inmediatamente y decidan los ciudadanos. Es la única salida a la catástrofe que se avecina que puede defender un demócrata. Elecciones ya.
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