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Anduril y la Trampa de Tucídides

Anduril y la Trampa de Tucídides

Anduril y la Trampa de Tucídides / Anduril

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Juan Ezequiel Morales

La guerra está fabricando el futuro, y una de las empresas que mejor permite entender esta mutación se llama Anduril Industries. Anduril, una compañía de defensa, es Silicon Valley entrando de lleno en el aparato militar a fin de reconstruir la arquitectura misma del combate. Fue fundada en 2017 por Palmer Luckey, creador de Oculus (la empresa de las gafas virtuales adquirida en 2014 por Meta), junto a otros empresarios e ingenieros vinculados al nuevo ecosistema tecnológico estadounidense. Su nombre procede de la espada de Aragorn en El Señor de los Anillos, y se presenta como una espada tecnológica de Occidente frente a China, Rusia, Irán y las amenazas híbridas del nuevo siglo, y desarrolla un estilo de startup militarizada, rápida, autónoma, y especializada en software, drones, sensores, inteligencia artificial y un cierto desprecio por la lentitud burocrática del viejo complejo militar-industrial.

La tesis central de Anduril es que en la guerra futura mandará el software en vez del acero, su plataforma Lattice integra cámaras, radares, drones, sensores, torres de vigilancia, sistemas terrestres, marítimos y aéreos para producir una imagen operativa unificada. En el lenguaje militar contemporáneo aparecen los «efectores», que son drones interceptores, municiones merodeadoras, sistemas antidron, vehículos autónomos, plataformas navales no tripuladas, donde la secuencia es que el sensor ve y el efector ejecuta, es decir, el algoritmo organiza el mundo a la fuerza. Anduril, pues, vende una arquitectura de guerra.

La guerra de Ucrania ha acelerado esta transformación, de forma que los drones baratos, las municiones merodeadoras, la guerra electrónica y la vigilancia permanente han convertido el frente en un espacio hipervisual donde ser visto empieza a equivaler a ser destruido. El campo de batalla se vuelve transparente, saturado de señales, atravesado por ojos mecánicos y pequeños explosivos voladores, y la inteligencia artificial aparece entonces como respuesta a la saturación de demasiados datos, amenazas, drones y demasiadas decisiones en segundos.

Estamos ante una nueva versión de la Trampa de Tucídides. Cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante, el miedo de la dominante y la ambición de la emergente generan una presión estructural hacia la guerra, como pasaba en Atenas cuando crecía y, reactivamente, Esparta temía. Ahora, China crece y Estados Unidos teme, y en medio de ese miedo, la tecnología militar se convierte en lenguaje de supervivencia.

Anduril nace exactamente en ese punto de tensión, como respuesta occidental al presentimiento de que el siglo XXI no será gobernado por quien tenga más soldados, sino por quien tenga mejores redes y mejor capacidad para convertir datos en fuego. La Trampa de Tucídides se expresa en algoritmos, satélites, enjambres, inteligencia artificial, realidad aumentada y arquitecturas de defensa que ya miran hacia el espacio orbital. Por eso resultan tan significativas las alianzas de Anduril con OpenAI, Microsoft y Meta. OpenAI entra en el terreno defensivo a través de sistemas antidron y análisis de amenazas y Microsoft cede el protagonismo operativo del programa IVAS, nacido de HoloLens, a Anduril, mientras Meta aporta tecnologías de realidad extendida. De esta forma Oculus, que prometía mundos virtuales de ocio, regresa al teatro militar por la puerta de su fundador original, y la fantasía civil del metaverso ha desembocado en la interfaz de combate, el lugar donde todo se desarrolla sin freno, como ocurrió con Internet a partir de Arpanet.

La propia Anduril presentó EagleEye como una familia de dispositivos de aumento impulsados por Lattice, con pantalla, audio espacial, detección de radiofrecuencia, mapas, datos de misión, control de drones y robots. Palmer Luckey habló incluso de convertir a los soldados en «technomancers», es decir, tecnomantes. El soldado aumentado no es ya un simple guerrero, sino un operador de redes invisibles que convoca drones, mapas, señales, satélites, fuego remoto e inteligencia artificial mediante una interfaz adherida al cráneo. Esta es la doctrina militar en formación, la nueva forma de guerra conserva al humano, pero lo desplaza, lo mantiene como legitimador, supervisor, autorizador y cuerpo expuesto, pero su percepción ya no es puramente individual, su campo de acción ya no es corporal y su memoria operativa ya no es humana, pues el soldado se ha convertido en humano-en-red, en interfaz biológica de una maquinaria que ve más que él, calcula más rápido que él y dispara más lejos que él.

¿Qué significa «control humano» cuando el humano decide bajo presión, con datos filtrados por IA, en una ventana de segundos, dentro de una interfaz que ya le sugiere qué es amenaza y qué no? El humano sigue pulsando, aceptando y autorizando, pero cada vez decide más dentro de una percepción ya fabricada por la máquina.

Y ese es el núcleo filosófico, la guerra futura no aumentará simplemente al soldado, sino que lo absorberá en una inteligencia superior de combate. Silicon Valley ha dejado de ser la industria de la atención y del consumo, y ahora quiere construir la infraestructura cognitiva de la guerra occidental en el momento exacto en que Estados Unidos siente que China puede disputarle el siglo. Eso es la Trampa de Tucídides en clave algorítmica, una potencia teme perder el mando del mundo y convierte la inteligencia artificial en espada. El salto ya no consiste en poner la inteligencia artificial al servicio de la guerra, sino en poner la guerra dentro de una inteligencia superior.

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