Medalla de Oro de Canarias
Fernando Berge, el banquero bueno
El servicio militar lo trajo a las Islas, que lo atraparon para siempre. Aquí se casó y vio nacer a sus dos hijas y aquí ha desarrollado una carrera profesional que lo ha ligado durante más de 40 años a Cajasiete.

Fernando Berge Royo, presidente honorífico de Cajasiete. / E. D.

Preguntas por Fernando Berge Royo y se pone a pleno rendimiento la máquina de loar. Partiendo de la evidencia de que todos los galardones que se entregan con motivo del Día de Canarias nacen de un consenso más que amplio, la medalla de oro que recibirá el próximo 30 de mayo el presidente honorífico de Cajasiete la consideran merecida todos aquellos que de manera directa o indirecta se lo han cruzado en la vida: familia, amigos, clientes...
Poco podía imaginar aquel chiquillo que acudía a la escuela unitaria de su pueblo natal (La Mata de Morella, Castellón) que terminaría por echar raíces en unas lejanas Islas Canarias de las que solo tenía referencia por las enseñanzas de su maestro, y que acabaría mereciendo uno de los más importantes galardones que el Archipiélago concede a quienes lo construyen día a día.
Padres agricultores
De padres agricultores, Fernando entendió desde muy temprano la importancia que tiene el campo para el bienestar del conjunto de la ciudadanía y el esfuerzo que quienes lo trabajan realizan cada día para tenerlo siempre en disposición de cubrir las necesidades de la demanda. Y por ese cauce se condujo cada vez que se trató de echar una mano a los agricultores y ganaderos canarios.
Es el menor de tres hermanos y vino al mundo en el año 1955. Tuvo la infancia rural que debería ser obligada para que cualquier infante tenga conocimiento del duro trabajo de abastecimiento de los mercados. Mientras sus progenitores hincaban el lomo más allá de lo que la energía común da de sí con el objetivo de brindar a sus hijos la posibilidad de hacer carrera académica, él crecía entre las encinas y los robles a los que da de beber el río Cantavieja. Esas correrías de chiquillo se multiplicaban entre las casas medievales que integran el urbanismo de una localidad que a duras penas anota hoy en su registros a 200 habitantes.
Rumbo a la capital
Al cumplir los diez años tuvo que marcharse a la capital. El internado era el destino común obligado para todos los niños y niñas del interior de la provincia castellonense que pasaban al nivel educativo superior. En el centro educativo de Castellón de la Plana en el que cursó el Bachillerato conoció a nuevos amigos y empezó a descubrir su gusto por intentar solucionar los problemas de quienes le rodeaban.
Es ese mismo modus operandi el que trasladó años más tarde a su vida laboral, granjeándose amistades allá por donde ha pasado. Decir eso es mucho, decirlo de quien se ha dedicado al negocio bancario es rara avis, además de demostrar que no todo está siempre escrito y que son las propias personas las que redactan el último párrafo.
Valencia, la universidad y llegada a Canarias
Terminada la enseñanza media, Valencia y su universidad fueron la siguiente parada de su trayectoria vital. Allí se licenció en Ciencias Económicas y Empresariales. Ocurría en aquellos años que el Estado disponía de un año de los jóvenes para adiestrarlos en el manejo de armas y el adecentamiento de letrinas. Pero Berge no hizo la mili al uso, se enroló por la fórmula reservada a aquellos que accedían a la educación superior.
Trataba con ello el orden establecido de no dañar en demasía los estudios, por lo que se podía trocear el tiempo de servicio obligatorio. Eran aquellas milicias universitarias que con posterioridad vinieron en denominarse Instrucción Militar de la Escala de Complemento (IMEC). Y resultó que en los seis meses últimos de estancia en el ejército, a Berge Royo lo destinaron a La Palma. Era el final de la década de los setenta, primeros de democracia en España, y el muchachito de La Mata, ya un hombre, ponía por vez primera un pie en las Islas que dentro de dos semanas le agradecen su trabajo.
Enamorado para siempre
Tras completar ese medio año de estancia obligada, el amor al Archipiélago era ya demasiado como para desandar el camino, pero para poder quedarse había que encontrar una fuente de ingresos. Sentó su centro de operaciones en Santa Cruz de Tenerife y, oposiciones mediante, comenzó a trabajar como auxiliar administrativo en Cajasiete. «Todo el mundo entra por abajo», puntualiza.

Fernando Berge, durante su intervención en un acto público. / E. D.
Corría el año 1981, el del susto que dio Tejero y el del secuestro de Quini, el mismo en el que comenzaron a escribirse las páginas de una relación de más de 40 años con una entidad cuya fundación (Cajasiete-Pedro Modesto Campos) también preside hoy.
Ascenso hasta la cima
En 1989 ya era subdirector general. Junto a Jerónimo Monje– «yo, más en lo técnico; él, en la parte comercial», detalla Berge–y bajo el mandato de Pedro Modesto Campos, comandaron la nave desde la segunda línea tras la jubilación de Federico Isidro Sánchez. A Campos lo sustituyó Monje, que, a su vez, dio paso a Berge en la presidencia de la entidad en 2014. «No voy a decir que no viera posibilidades de progresar, pero no tantas como para llegar a donde he llegado», afirma.
De todos los años en los que ha estado en primera línea, recuerda que la decisión de expandir Cajasiete por todo el Archipiélago se adoptó solo meses antes de que las economías occidentales zozobraran en 2008. «La idea era clara y la mantuvimos, en el sector inmobiliario estábamos pero de forma prudente; tanto que el Banco de España nos animó a seguir adelante en un tiempo en que todo se miraba con lupa», rememora.
Poco podía imaginar aquel chiquillo de un pueblo de Castellón que acabaría mereciendo uno de los más importantes galardones que otorga Canarias
La agricultura y la ganadería «siguen siendo esenciales», destaca Fernando Berge Royo. Cierto que el sector primario ocupa solo entre el 10% y el 12% del volumen de negocio total, pero el espíritu no ha cambiado. El negocio se amplía con las familias, las pymes y los autónomos, pero el espíritu inicial no se abandona. Tampoco es el de destinar el 15% del excedente –«para nosotros no son beneficios», aclara– a educación y «promoción cooperativa», esto es, patrocinios del deporte no profesional e iniciativas culturales, entre otros.
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