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Medalla de Oro de Canarias

Braulio, el cantante universal que jugaba en los barrancos

Con 80 años y 53 de carrera artística, Braulio continúa llenando auditorios y teatros en toda América. Siempre llevó a Canarias dentro, a pesar de la distancia. Ahora recibe la Medalla de Oro de su tierra

Braulio.

Braulio. / El Día

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«Solo Braulio». Eso pidió cuando llamaron del Gobierno de Canarias para ver qué debía poner el grabado de la Medalla de Oro que le otorgará su tierra el próximo 30 de mayo, Día de Canarias.

Braulio Antonio García Bautista (Santa María de Guía, Gran Canaria, Islas Canarias, 22 de julio de 1945) llega a los 80 años con la serenidad que da la veteranía. Celebra ya 53 años de carrera sin quedarse atrapado en rencores.

Detrás del hombre y del cantante universal que continúa llenando auditorios y teatros en América y que a pesar de la distancia nunca olvidó a sus islas, también hay un niño lleno de recuerdos. La Canarias de su infancia cabe en dos imágenes que se rozan sin tocarse. Un país de ensueño y una tierra bajo una opresión silenciosa. El niño que corría barranco abajo en Guía, matando lagartos con la ‘lanzadera’ (tirachinas) y organizando guirreas de piedras, crecía al mismo tiempo en un pueblo donde los mayores hablaban «en morse» para no nombrar a nadie en voz alta.

Guía fue, para él, un refugio y un aviso. «Era un país de ensueño, pero también se notaba una opresión más o menos controlada», recuerda, aludiendo al franquismo de posguerra en un municipio que, como subraya, fue ««uno de los pocos pueblos que no tuvieron muertos después de la guerra» gracias a un alcalde que frenó la represión más sangrienta.

Entre ese miedo soterrado y la libertad del campo, Braulio se crió como «muy barranquero», todo el día en la calle, cazando ranas y jugando a ser otro: el Corredera, aquel bandido canario cuyas hazañas corrían de boca en boca. «Hasta jugábamos al Corredera», cuenta. También recuerda «como si fuera ayer» quién llegó con la noticia y de cómo la gente bajó la voz para decir «lo mataron». En aquella infancia, Braulio iba componiendo todo ese rompecabezas. De mayor, convertiría esa mirada lateral en una forma de escribir canciones con contenido social sin renunciar nunca a la melodía.

«Yo era y soy un cantante melódico», insiste, antes de recordar que su obra se sostuvo entre el cantautor con mensaje y el intérprete romántico de éxito

«Yo era y soy un cantante melódico», insiste, como si necesitara despejar equívocos antes de recordar que buena parte de su obra se sostuvo sobre la tensión entre el cantautor con mensaje y el intérprete romántico de éxito. Ese equilibrio se ve con claridad en el origen del disco que, sin pretenderlo, acabó marcando su relación con sus islas. Aquel Canto a Canarias consolidó a Braulio como una voz propia de la tierra, capaz de mezclar denuncia, costumbrismo, personajes populares, ironía y nostalgia.

No presume, pero sí reivindica algunas canciones discretas de su repertorio como las más íntimamente canarias. En la casa de mi abuela es, dice, «una de las canciones más mías», una pieza que todavía escucha y toca de vez en cuando, aunque luego, en el escenario, se sorprenda olvidando la armonía que él mismo escribió.

De Guía no solo conserva canciones: también un pequeño grupo de «sobrevivientes» con los que se reúne cada año o año y medio. Tienen un pacto tácito con sus amigos, «prohibido morirse» que, inevitablemente, «alguien incumple de vez en cuando». En esas reuniones repasan las mismas historias una y otra vez, se ríen de las gamberradas del «probablemente peor curso» que pasó por el Instituto de Guía y celebran, sin decirlo, que siguen estando. Esa fidelidad contrasta con su aversión actual al conflicto. Reconoce que de joven fue «belicoso» y «muy peleón», pero asegura que hace muchos años decidió salir huyendo del primer atisbo de bronca. «Cuando veo que se suscita la mínima fricción, yo me mando a mudar», apunta. Le incomoda hablar de deudas, pero admite sin rodeos que mucha gente ha conocido Canarias gracias a sus canciones y a sus giras por América. En sus actuaciones en lugares con fuerte comunidad, como Cuba, siempre habla de las islas y recuerda su propia historia familiar. Un padre que emigró de niño a Cuba, creció allí y volvió a los 30 años «siendo cubano toda su vida».

Canarias desde la lejanía

Instalado durante años entre Miami y Latinoamérica, Braulio sabe bien lo que es mirar las islas desde lejos. «Sigue siendo duro», confiesa. Todavía sucede que cuando pasa un tiempo fuera, le entra la morriña. Esa necesidad física de volver a su tierra. Por muy bien que lo traten lejos, repite, «tu tierra es tu tierra». Curiosamente, no necesita reconocimiento para ser feliz allí. De hecho, lo evita. Una de las cosas que más valora de Guía es poder pasear como uno más. «Todo el mundo sabe quién soy, pero nadie me da el coñazo. Soy uno más, como tiene que ser», afirma. Esa normalidad cotidiana late en canciones como Canción para mi pueblo, donde describe el paisaje físico y humano de su municipio y la sensación agridulce de volver y notar que falta gente.

En la vida doméstica de Braulio caben también dosis de ironía. Le enorgullece que haya canarios liderando las listas de música urbana, aunque confiese que no entiende bien el género. Cita a Quevedo como ejemplo de talento que «reivindica a los canarios» desde una estética muy distinta a la suya, y lo celebra sin reservas. «Lo que me jode un huevo» es que mis nietos se sepan todas las canciones de Bad Bunny y no una sola de las mías», bromea.

Braulio asegura no siente que llegue tarde este reconocimiento que le da su tierra y confiesa que se emocionó cuando el presidente Fernando Clavijo le comunicó que recibiría la Medalla de Oro de Canarias. La gente de esta tierra que lo ha echado de menos durante muchos años siente que es un reconocimiento más que justo.

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