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Amalgama

30 horas de trabajo

La socióloga Nicole Mayer-Ahuja

La socióloga Nicole Mayer-Ahuja / LP / ED

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Juan Ezequiel Morales

Durante décadas, el capitalismo ha sostenido una ficción operativa, que es la de que el trabajo humano es el eje de la producción de valor, pero esa ficción hoy se está resquebrajando, por la irrupción de la inteligencia artificial.

La socióloga alemana Nicole Mayer-Ahuja, en el último número de la revista Philosophie, plantea una idea que parece una reivindicación clásica, la de reducir la jornada laboral a 30 horas. Pero en realidad, lo que está señalando es una grieta en el sistema, ya que hemos de pensar en por qué seguimos trabajando como si fuéramos imprescindibles. Su argumento de fondo es que el tiempo de trabajo es la «medida de la libertad», porque en el capitalismo la libertad existe en la forma de límite, el límite de cuando el obrero puede decir no, y cuando el trabajo no lo invade todo. Hoy esa frontera se ha disuelto, y lo que ella llama «trabajo sin fin» es una descripción clínica de lo que le ocurre a quien trabaja bajo formas modernas de control indirecto, donde el trabajador se autoexplota con más eficiencia que bajo cualquier capataz.

Frente a ese diagnóstico, Friedrich Merz, el canciller alemán, declaró hace poco que los ciudadanos de su país deben volver a trabajar más y de forma más eficiente. La frase suena conocida, y religiosa, judeocristiana, la música de que el trabajo redime y dignifica. Mayer-Ahuja responde con sequedad que exigir más trabajo a empleados que ya acumulan horas extra no registradas y no pagadas no es una política económica, sino que es cinismo, y añade que la supuesta generación que no quiere trabajar es en gran parte un espejismo, la imagen distorsionada de una minoría cualificada que puede permitirse reducir jornada, mientras la mayoría joven sobrevive en empleos precarios o en prácticas no remuneradas, rindiendo al límite para conseguir estabilidad.

La propuesta de una «jornada completa corta» es un ajuste estructural ante una realidad que ya está aquí, en un nuevo mundo en el que la productividad ha dejado de depender linealmente del tiempo humano. Lo que Mayer-Ahuja describe como «medida de la libertad» está siendo reconfigurado por la inteligencia artificial en tiempo real, la frontera entre trabajo y no trabajo se difumina, porque el trabajo deja de ser el centro. Si una inteligencia artificial puede hacer en cinco minutos lo que antes requería cinco horas humanas, insistir en jornadas largas es negar el cambio de fase.

La semana de 30 horas es solo un punto intermedio, un parche elegante, y tal vez podríamos verlo también como un intento de adaptar el viejo sistema al nuevo paradigma. El verdadero horizonte es disolver la centralidad del trabajo humano, trascender esa dialéctica capital y trabajo, y redefinir qué significa existir en un mundo donde producir ya no es necesario. Marx pensó la libertad como el tiempo fuera del trabajo, como es obvio para su contexto histórico, pero la inteligencia artificial está convirtiendo esa idea en infraestructura. Ello nos sitúa ante una bifurcación, que nos pone o ante el uso de esta potencia para liberar al ser humano hacia formas superiores de existencia, en creación y en pensamiento, o bien ante la reconstrucción artificial de la escasez para mantener intactas estructuras de poder obsoletas.

La jornada de 30 horas es el síntoma de que el sistema ya no sabe qué hacer con los humanos en una sociedad postindustrial, donde la inteligencia, tanto la humana como la artificial, deja de ser un medio y se convierte en el núcleo de la realidad operativa, tanto si la desarrolla el humano como si la desarrollan seres de silicio. Y cuando esa evidencia se haga imposible de negar, la semana de 30 horas nos parecerá un gesto tímido ante una transformación que no admite medias tintas.

La inteligencia artificial es el primer sistema capaz de absorber funciones cognitivas complejas, escalar sin fatiga y operar sin biografía, lo que, en términos estrictos, viene a constituir una externalización del logos humano.

La socióloga Nicole Mayer-Ahuja explica, pues, que el tiempo de trabajo es la «medida de la libertad» y casi la resolución del conflicto entre capital y trabajo que, por lo pronto, sigue marcando nuestra sociedad.

Los tambores de la lucha de clases vuelven a sonar, pero esta vez no hay burgueses al otro lado, y solo encontramos sistemas. Cuando los sindicatos descubran que están negociando con máquinas, habrá un insoportable vacío, cuando se den cuenta de que los empresarios han desaparecido y lo que hay son máquinas, va a haber un estupor generalizado. Y en ese momento, en el que se presenta con claridad que no se negocia con lo inevitable, se revelará la verdad que el capitalismo lleva décadas ocultando, y que no es otra que la lucha de clases era más exactamente un proceso, y plantear luchas contra los procesos para vencerlos es actuar como Don Quijote contra los molinos. A los procesos, o se los habita... o se es barrido por ellos.

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