Juan Manuel Trujillo, a la espera
A cincuenta años de su muerte, su obra sigue pendiente de lectura

En el suelo, en el centro, tumba donde descansan Juan Manuel Trujillo y Lola de la Torre, en el cementerio de San Lázaro de Las Palmas. / La Provincia
Miguel Pérez Alvarado
A medio siglo de su muerte, el 4 de mayo de 1976, queremos decirlo de nuevo. La imagen que tenemos de Trujillo, aquella que lo evoca en la vorágine de La Rosa de los Vientos, se detiene a finales de los 20, justo cuando comienza a escribir el grueso de su obra. Se trata del retrato de un autor de veinte años, polemista culto pero tajante, convencido del furor renovador de las vanguardias; una imagen, en fin, de su despertar intelectual, pero que dificulta nuestro acceso al periodo que se inicia con su traslado en 1931 a Madrid, unos años en los que, frente a la provocación generacional, prevalecerá la exposición de ideas cristalizadas en el deambular urbano y la lectura solitaria; frente a la desparpajada rebeldía de vanguardia, el compromiso ético y estético con la memoria humanística; frente al ansia por descubrir novedades entre sus contemporáneos, el acceso reposado a la tradición.
En ese sentido, su obra sigue pacientemente «en busca de lector». Es cierto que antes conviene, como este año se propone Ediciones del Cabildo, una nueva publicación del conjunto de sus textos, reordenando y ampliando la de Sebastián de la Nuez (1986), y superando el alcance de las antologías de Joaquín Carreras (2007) y la de la colección Pensar Canarias (2018). Pero lo fundamental descansa en desprendernos de tópicos y meternos en la brega. Por un lado, lanzando una mirada crítica a nuestra recepción del periodo, marcada por una lectura de la vanguardia insular en exceso teleológica e historicista, que deja en sombra aquello que, a partir de 1930, no se oriente a anunciar el «esplendor» surrealista que gaceta de arte propició en 1935. Pero también dejando de citar a Trujillo de forma lapidaria («Canarias se ignora e ignora que se ignora») y atreviéndonos a leer el grueso de su obra, en la que su reflexión sobre Canarias sobrepasa la manida cita, y en la que, más allá de la literatura, comparecen el cine, la pintura, Madrid, la política…
Solo calibrando su labor en estos años puede entenderse su papel en los 40, sosteniendo una modesta pero exigente iniciativa editorial que, según Ventura Doreste, consiguió «imprimir un impulso definitivo a nuestra vida poética y enseñar el auténtico arte de la tipografía a quienes aún se hallaban en una etapa inexplicablemente provinciana». Un trabajo dirigido a que la palabra poética renaciera tras la debacle política, moral y lingüística del fascismo y la propaganda bélica. Una callada tarea que, si exceptuamos a Guillermo Perdomo, apenas ha llamado la atención, pues no en balde Manuel Padorno escribía en 1990 que Trujillo fue uno “de los más grandes “agitadores callados”, silenciosos, que hemos tenido en Canarias, de la poesía”.
Trujillo a la espera
Pero no se trata solo de recordar que sus crónicas reclaman aún nuestra atención; es su propia obra, especialmente su concepto de la tradición, la que se sostiene en la idea misma de espera. Ya su primer texto, “Libros de Hidalguía” (1924), relata la vida de un personaje que organiza su día a día pendiente de la llegada del Ángelus, cuyas campanadas rompen su soledad haciendo presente el recuerdo de su hija fallecida. Como vemos, el joven Trujillo ya intuía la conexión que hay entre la capacidad de esperar y la posibilidad de que el presente se abra hacia el pasado, quedando ambos transformados en memoria. Una conexión que enhebra algunas de sus más celebradas crónicas, como “Canarias y sus muertos”, en las que ante la tradición no debe primar la fidelidad a lo ya sido, sino la esperanza de que los muertos, con sus ejemplos, nos traigan nuevas posibilidades de vida. También su minusvaloración del surrealismo tendría que ver con su vindicación de la espera, pues los seguidores de este movimiento “tratan de transcribir fielmente, espontáneamente, las imágenes de la subconsciencia captadas por el sentido interno”, impidiendo “esa separación, esa distancia, esa disección” con que el pensamiento, a través de la imaginación, introduce el tipo de novedad que caracteriza siempre a las mejores expresiones del arte. Los surrealistas, sometidos a la ley del automatismo, no saben esperar.
En marzo de 1936, Trujillo insistía que “las últimas promociones tienen en este momento una actitud expectante; esperan la obra de arte o literatura que contenga el nombre -nombre poético, eterno- de las islas Canarias.” Pero no fue el “nombre de Canarias” lo que arribó, sino la destrucción de la convivencia; y la palabra no se orientó al rescate de los muertos, sino a justificar la muerte misma. Por eso, quizás, su respuesta general al tajo abierto por la guerra fue el silencio, renunciando a su actividad periodística previa.
“Los que esperan”
La relevancia de la espera en la obra trujillana no es circunstancial y tiene una trascendencia moral y política cuyo alcance podemos entender mejor si hacemos un desvío. En “Los que esperan”, publicado en 1922 en el Frankfurter Zeitung, Siegfried Kracauer radiografía las posibles reacciones del sujeto en una época marcada por “el vaciamiento del espacio espiritual”, “el aislamiento del individuo” y “el relativismo llevado al extremo”. Dejando a un lado a quienes apelan a un orden superior incólume (racionalista, religioso o comunitario), existirían tres formas de reacción entre aquellos que, “conscientes de su situación”, miran de frente a la época y “permanecen en el vacío”. La primera es la del escéptico por principio, que “comprende claramente la tremenda seriedad de la situación, pero que al mismo tiempo está convencido de que él y sus iguales no pueden librarse de ella”. Una postura con la que se protege de las promesas de reconciliación con el absoluto, pero que le condena a habitar un mundo desencantado. La segunda es la del hombre-cortocircuito, que frente al relativismo afirma una fe vacía encerrada en la fórmula sucedánea de quienes “quieren creer”. Pero entre el compulsivo escéptico por principio, incapaz de esperar nada nuevo, y el fanático hombre-cortocircuito, que trata de imponer la validez de su autoengaño, Kracauer identifica a los que esperan, para quienes el nihilismo que recorre la Modernidad no condena irremediablemente al mundo “a la falta de sentido”.
Ellos no enarbolan la duda como principio, medio y fin de la relación con los otros, pero tampoco establecen un criterio unilateral de acceso a la verdad para ganar seguridad; se sostienen “en un dubitativo estar abierto”, “en una actividad tensa” y en “un prepararse activo”. No es difícil identificar en esta categoría la postura de Trujillo, de acuerdo con los ejemplos citados. Además, el esquema arrojaría luz a las evoluciones de otros vanguardistas, como Agustín Espinosa, cuya constante experimentación literaria admite ser leída desde el nihilismo del escéptico por principio, o Miranda Junco, que en Cartas de la Guinea culmina un pensamiento propio del hombre-cortocircuito. Asimismo, podemos rastrear la fuerza de los que esperan en otras creaciones de nuestra literatura. Como en las dos interrogaciones con que Alonso Quesada cierra, abriéndolo a la posible redención por el amor, su divagar en Los caminos dispersos; o la exigencia de justicia por venir que alimenta La esperanza me mantiene, de García Cabrera; o, con similar aliento ético, la lectura de nuestra identidad de José Miguel Perera en Ancho de ánimas, cuyo primer poema, frente a un mar transfigurado por la injusticia que experimentan los migrantes que lo surcan, comienza con un breve, explícito y significativo verso: “Esperan”.
Conclusión
En las últimas décadas de su vida, Trujillo redujo su presencia en los ambientes culturales. Una desaparición solo en parte compensada por la incansable proyección social de su esposa Lola de la Torre Champsaur, a varios de cuyos proyectos -como la catalogación del legado musical de la capilla de la Catedral de Las Palmas- sumó el apoyo de su inteligencia. Recordarle aquí con motivo del cincuentenario de su muerte es solo un pequeño gesto para revertir el silencio que marcó su trayectoria final, haciéndolo elocuente. La reedición de sus escritos, a la que el Cabildo podría sumar su nombramiento como hijo adoptivo de Gran Canaria, será otro paso importante en este sentido. Como escribía Manuel Padorno, evocando su figura junto a la de Manuel González Sosa, “si un día tuviéramos que hablar de la “Canarias profunda” tendríamos que echar mano de ellos, reconociendo con asombro cuánto han hecho de la manera más real y más desapercibida.” Quizás nuestro mejor reconocimiento no sea otro que leer su obra en busca del entusiasmo que atraviesa cada una de sus palabras. Con la mano en la mar así lo espero.
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