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'Máquinas blandas', la exposición de Cristina Ortega en La Panera que cuestiona la sustitución del cuerpo por la tecnología

La muestra de la artista grancanaria plantea una reflexión sobre la tecnología y la producción artesanal a través de piezas textiles, gráficas y cerámicas

Cristina Ortega junto a una de sus obras en La Panera.

Cristina Ortega junto a una de sus obras en La Panera. / Paula Fuentes

Patricia Ginovés

Patricia Ginovés

Santa Cruz de Tenerife

¿Qué ocurre cuando el cuerpo deja de ser necesario? ¿Qué queda de los gestos, de los ritmos y de las memorias cuando la máquina ocupa su lugar? Esas son algunas de las preguntas que estos días se plantea la joven artista grancanaria Cristina Ortega con su exposición en el Espacio La Panera de La Laguna. Máquinas blandas es el nombre de esta muestra que es el resultado de un proceso prolongado y que, más que una exposición, es toda una experiencia que se ha prolongado durante varios años.

Contramáquinas. Eso es lo que plantea Ortega en esta muestra en la que las obras son dispositivos simbólicos que replican gestos industriales desde una lógica radicalmente distinta. Ortega repite, borda, modela, ensambla, pero lo hace desde una temporalidad que escapa a la productividad. Da forma, así, a piezas únicas e irrepetibles. La propuesta se encuentra, por tanto, en un cruce entre lo textil, lo gráfico y lo cerámico, con el cuerpo como medida.

Largo proceso

Desde el año 2023, la artista grancanaria ha venido desarrollando una investigación sobre la progresiva desaparición de los invernaderos ubicado en la zona sureste de su isla natal, un paisaje que forma parte de su memoria y su vida, y que se transforma a una velocidad que desborda cualquier relato. Así, durante décadas, esas extensiones de plástico y cultivo fueron símbolo de una economía agrícola intensiva, sostenida por cuerpos anónimos, en su mayoría femeninos, que alternaban el cultivo de la tierra con la costura.

Hoy, sin embargo, ese territorio se redefine bajo el paraguas de lo que se ha bautizado como industria verde. Pero más allá de celebrarlo, Ortega apunta que se trata de «zonas de sacrificio» ya que se trata de lugares que, tras ser explotados, vuelven a ser colonizados por otros sistemas productivos que responden a nuevas lógicas globales. En ese tránsito, reflexiona, el cuerpo humano parece desvanecerse, sustituido por estructuras metálicas que operan sin descanso. Es en ese desplazamiento donde la grancanaria sitúa una de las claves de su trabajo puesto que la idea de «máquina blanda» surge de esa tensión, del intento de pensar la tecnología no como sustitución, sino como diálogo.

Nuevas preguntas

Ahora, en La Panera, frente a la dureza de la maquinaria industrial, las piezas de Ortega reivindican la fragilidad, la imperfección y el error como formas de conocimiento. Comisariada por Dalia de la Rosa, la exposición se construye a partir de un intercambio constante entre pensamiento y práctica entre ambas mujeres. Ortega indica que, lejos de imponer un discurso, el trabajo curatorial ha consistido en plantear nuevas preguntas y, muchas de ellas, reconoce la artista, no estaban presentes al inicio del proyecto.

Criada en Vecindario, en Gran Canaria, en el seno de una familia donde las mujeres se dedicaban tanto a la agricultura como a la costura, el imaginario de Cristina Ortega está profundamente marcado por esas dos prácticas. Esa doble herencia se traduce en una comprensión del trabajo manual como un proceso lento y incierto, donde el resultado nunca está garantizado. Tanto en el campo como en el bordado, el esfuerzo no siempre se corresponde con el resultado porque hay factores externos e imprevistos que condicionan el proceso.

Incertidumbre

En Máquinas blandas, la incertidumbre que experimenta Ortega se convierte en su motor creativo. Las piezas no buscan la perfección, sino que incorporan el error como parte intrínseca del proceso. Además, el propio espacio expositivo se convierte en un elemento más de la propuesta ya que, recuerda la creadora, se trata de una antigua panificadora, un lugar en el que se desarrollaba la producción artesanal de pan y en el que la memoria familiar también dialoga de forma orgánica con las preocupaciones de la artista.

Un detalle de la muestra.

Un detalle de la muestra. / Paula Fuentes

«No se trata solo de mostrar piezas, sino de activar un espacio de encuentro donde el arte funciona como lenguaje y como herramienta de pensamiento», reflexiona la grancanaria, quien en la exposición se pregunta sobre qué cuerpos serán necesarios, y cuáles no en un futuro próximo. Muestra así su preocupación sobre el devenir de la economía insular, que ha pasado de la agricultura al turismo, y donde incluso este último sector empieza a mostrar signos de agotamiento.

Periferia

Aunque Máquinas blandas no ofrece respuestas cerradas, sí plantea la necesidad de posicionarse en este contexto y alerta que los territorios periféricos suelen funcionar como laboratorios por lo que, lamenta, «no dejamos de ser un poco conejillos de indias».

Frente a la aceleración global, Ortega reivindica la lentitud de los procesos y, frente a la eficiencia, plantea la vulnerabilidad; frente a la máquina, el cuerpo. De ahí surge también la idea del sisómetro, una herramienta de patronaje que se adapta a la curva corporal y propone una relación distinta entre forma, técnica y materia. Ortega habla de una tecnología del cuidado, una forma de hacer que reconoce los límites del cuerpo, sus tiempos y sus vulnerabilidades.

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