La Laguna, epicentro de tensiones: la nueva exposición del TEA analiza su historia entre 1968 y 1983
La muestra 'Para que podamos vivir' rescata documentos, obras de arte y testimonios de la época para analizar la transformación de la ciudad, desde las luchas obreras hasta los movimientos feministas y universitarios

Uno de los detalles de la muestra de TEA. / Álex Rosa

La historia cultural de La Laguna vuelve a ser revisada desde una mirada crítica, compleja y profundamente colectiva en Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983, la nueva exposición que se puede visitar en TEA Tenerife Espacio de las Artes de Santa Cruz de Tenerife y que invita, no solo a releer la colección del centro tinerfeño de arte contemporáneo, sino que además abre este tema a nuevas interpretaciones, conectando las prácticas artísticas con procesos sociales y políticos a través de los más variados documentos, desde vídeos hasta fotografías, recortes de periódicos y piezas de arte.
La propuesta parte de la gran muestra previa Rebeldía y disciplina –que realizaba un completo recorrido por la historia artística de Canarias a través de los fondos propios del museo capitalino– pero, lejos de repetir las fórmulas, esta nueva iniciativa amplía su alcance para adentrarse en uno de los periodos más convulsos y fértiles de la historia reciente: desde finales de la década de 1960 y hasta comienzos de los ochenta.
A través de un comisariado colaborativo, la propuesta arranca en un año convulso, no solo para Canarias sino para muchos rincones del mundo, con las revueltas estudiantiles francesas de Mayo del 68 como eje central de aquella fecha singular. Dentro de las fronteras canarias también se produjeron sucesos como los de Sardina del Norte, convertidos en símbolo de la conflictividad obrera en Canarias y reflejo de la creciente politización social durante los últimos años del franquismo. En este sentido, destaca en esta muestra la presencia de obras vinculadas a figuras como Tony Gallardo, cuyos dibujos realizados en prisión tras su detención en protestas obreras aportan una dimensión directa y testimonial, lo que evidencia uno de los objetivos centrales del proyecto: contextualizar la obra artística dentro de su tiempo histórico.
Nuevos límites
El comisario y conservador de exposiciones de TEA, Néstor Delgado, explica que el foco de esta exposición se sitúa ahora en La Laguna porque este lugar se entiende, no solo como un enclave geográfico, sino también como un espacio simbólico atravesado por tensiones que contraponen la tradición y el cambio. Así, en las Islas, las constantes transformaciones de aquellos tiempos se combinaron con un desarrollo económico que intensificó las tensiones entre la planificación urbana y el crecimiento demográfico.
El aumento demográfico y la ampliación hacia las periferias impulsaron la aparición de nuevos barrios haciendo que los límites del casco histórico lagunero se expandieran y transformaron la antigua ciudad no fortificada en un espacio desbordado. En el caso concreto del territorio que se ha optado por analizar en la muestra, La Laguna ha sido asociada, tradicionalmente, a su condición de ciudad patrimonial. No en vano, fue la primera ciudad de Canarias declarada Patrimonio de la Humanidad. Sin embargo, la exposición propone ahora descentralizar esa mirada para incorporar otras realidades menos visibles, como aquel fuerte crecimiento demográfico y la rápida modernización que dio lugar a nuevos barrios como La Cuesta, Taco o La Verdellada.
Así, frente a la imagen monumental y turística del casco histórico, emergió una ciudad más allá, en transformación constante, donde lo social adquirió un papel central, y las luchas vecinales y la construcción de la comunidad estuvieron bien presentes. De este modo, la tensión entre patrimonio y cambio atraviesa toda la exposición. Durante esta etapa, La Laguna se convirtió en un territorio atravesado por dinámicas aparentemente opuestas, de repliegue y expansión, y en los que las ocupaciones universitarias, las huelgas obreras, las luchas vecinales y otras formas de resistencia fueron más que habituales.
Universidad
En mitad de ese panorama, la Universidad de La Laguna (ULL) se consolidó como escenario de esta tensión, funcionando simultáneamente como espacio educativo, centro de organización política, confrontación con el aparato represivo y formación de nuevas sensibilidades críticas a través de sus actividades. Esa dualidad se refleja también en los materiales ahora expuestos, que combinan fotografía, documentación, pintura, cine y obra escultórica.

Un detalle de la inauguración de la muestra en TEA. / Álex Rosa
En el caso de la Universidad, más allá de su función académica, la institución aparece como un espacio político y de agitación social y muestra de ello dan las pancartas, fanzines y carteles que se conservan de aquel periodo y ahora se exponen en Santa Cruz de Tenerife, donde también se muestran los procesos de renovación pedagógica y las experiencias educativas alternativas que tuvieron lugar en aquellos años. «La Universidad fue epicentro del cambio y allí convergieron distintas corrientes ideológicas y culturales», resume Néstor Delgado.
Nuevos movimientos
La muestra también presta especial atención a los movimientos feministas y destaca la labor de la Coordinadora Feminista de Tenerife, recuperando así figuras históricas clave a través de piezas artísticas contemporáneas que dialogan con el pasado. «Esta mirada permite establecer puentes entre generaciones y subraya la vigencia de muchas de las luchas iniciadas en aquel periodo», indica Delgado. En paralelo, la vida nocturna y los espacios de ocio aparecieron en aquellos años como escenarios fundamentales para entender la sociabilidad de la época. Lugares como la discoteca A Go-Go –posteriormente conocida como Jumbo– aparecen en esta muestra a través de fotografías que capturan la efervescencia cultural de aquellos años.
La exposición conecta las prácticas artísticas con procesos sociales y políticos
En aquellos años, además, el turismo aparece como factor de cambio, especialmente en conexión con enclaves como Puerto de la Cruz y la exposición también incorpora materiales relacionados con el movimiento panafricanista y la descolonización africana, estableciendo vínculos con figuras como Antonio Cubillo. La dimensión política se completa con referencias a la transición española, incluyendo documentos sobre los Pactos de la Moncloa, campañas electorales y debates en torno a la Constitución. Todo ello sitúa a La Laguna dentro de un contexto más amplio, donde lo local y lo global se entrelazan cuando se reflexiona más en profundidad.
La música
Por otro lado, la intensa actividad política y cultural impulsó la circulación de iniciativas musicales y artísticas que superaron los límites del casco histórico y de las instituciones tradicionales. Así, la ciudad se transformó en objeto de imaginarios provocadores y críticos a través de formaciones como el grupo Escorbuto Crónico, surgido a finales de la década de 1970 dentro del punk canario, y que condensaba el malestar generacional a través de la consigna que ahora se hace título de esta exposición: «La Laguna debe morir para que nosotros podamos vivir».

Algunas de las piezas de la Sala Conca. / Álex Rosa
Por su lado, en el ámbito artístico, la muestra pone en valor el papel de instituciones y colectivos que dinamizaron la escena cultural de la época, como fue el caso del Ateneo de La Laguna, el Orfeón La Paz o la Caja de Ahorros, que se situaron como espacios clave para la producción y difusión artística. Destacó especialmente la Sala Conca, inaugurada en 1971 y cuya actividad se extendió pronto a otras Islas. De este modo, se convirtió en uno de los núcleos más activos de la renovación artística del Archipiélago. Precisamente, el fondo documental de ese emblemático espacio cultural constituye uno de los ejes principales de la exposición. Ese espacio se completa, además, con algunos préstamos temporales de otras instituciones de la Isla.
Olvidos
A imagen y semejanza de lo que llegó a suceder en la Sala Conca, esta exposición muestra en algunos de sus rincones una presentación abierta, casi caótica, que reproduce el espíritu de la época. Las obras se disponen sin jerarquías rígidas, generando un efecto visual que invita a recorrer la historia desde múltiples perspectivas. De este modo, el comisariado colectivo invita a cuestionar los relatos oficiales y da cabida a voces y experiencias diversas. Es por ello que la exposición también aborda importantes ausencias y olvidos en la historiografía artística de la época.
La propuesta arranca en 1968, un año convulso para Canarias y para diferentes rincones del planeta
Los comisarios señalan, por ejemplo, la escasa visibilidad que han tenido muchas mujeres artistas pese a su participación activa en los circuitos culturales de los años setenta en Canarias. La también comisaria Vanessa Rosa Serafín habla de nombres como Pepa Izquierdo, Maribel Nazco o María Belén Morales que han convivido con otros menos conocidos, recuperados gracias a un intenso trabajo de investigación para esta exposición. Lamenta, no obstante, que muchos otros aún permanecen invisibilizados y es trabajo de este centro artístico y de toda la sociedad canaria el volver a sacarlos a la luz.
Relato
Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983 culmina precisamente en el año que marca el inicio de una nueva etapa con la consolidación del Estado autonómico. Ese cambio político se traduce también en el ámbito cultural, con nuevas políticas de promoción artística que, sin embargo, contribuyeron a consolidar ciertos relatos y a dejar otros en la sombra. Aquel año también cerró un ciclo en la Sala Conca, puesto que supuso la marcha de los artistas vinculados al proyecto originario, poniendo fin a una etapa especialmente intensa de la vida artística y cultural lagunera.
La exposición propone, de este modo, una relectura de La Laguna desde sus márgenes, sus conflictos y sus transformaciones. Más que una mirada nostálgica, se trata de un ejercicio crítico que invita a repensar el pasado para comprender mejor el presente. Se trata de un relato coral donde la historia oficial se entrelaza con las historias pequeñas, donde el arte se convierte en testimonio y donde la memoria colectiva se construye desde la diversidad.
‘Mural 76’ saca de nuevo a la luz la mirada de una época
Uno de los proyectos más destacados en el marco de la exposición Para que podamos vivir. La Laguna, 1968–1983 es la reconstrucción del llamado Mural 76. Se trata de una obra colectiva impulsada por el Ateneo de La Laguna que reunió a 48 artistas en torno a una reinterpretación de El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli. Dividida en fragmentos asignados por sorteo, cada pieza fue intervenida libremente por los participantes, dando lugar a un mosaico heterogéneo que refleja la diversidad de lenguajes y sensibilidades de la época.
Aunque no se han podido recuperar todas las piezas originales, la exposición presenta una reconstrucción parcial acompañada de documentación fotográfica, y ha hecho posible, además, la restauración de los paneles recuperados. El proyecto no solo destaca por su valor artístico, sino también por su dimensión colectiva, en un momento en que la colaboración se entendía como una forma de resistencia y creación.
La comisaria Vanessa Rosa Serafín ha trabajado concienzudamente en este proyecto que puede llegara considerarse de justicia artística e histórica. Afirma que se trata de «un fiel reflejo del espíritu de colectividad y colaboración propio de aquel momento». En 1976, capitaneado por Raúl de la Rosa, desde la sección de arte del Ateneo de La Laguna, esta instalación colectiva se propuso reunir a un total de 48 artistas que trabajaron en una pieza común, aunque desde su más particular mirada, convirtiéndose así en un reflejo de los trabajos y las formas de pensar de aquella época convulsa. «Se trata de una obra ecléctica que retoma la diversidad de lenguajes y de materiales de cada uno de los artistas. Esta investigación ha permitido la recuperación de obras de algunas de las artistas mujeres que en revisiones posteriores han quedado por lo general excluidas del canon», Celebra Serafín.
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