Entre celdas y jaulas de pájaros, un teatro nacido en prisión y que ensaya la libertad en Gran Canaria
Historias creadas en la cárcel conforman una obra construida por presidiarios, ex presidiarios y voluntarios de la mano del director Graziano Pellegrino, de la Asociación Travesía
La libertad apareció primero colgada del techo. En el Centro Cultural Guaires de Gáldar, en Gran Canaria, varias jaulas de pájaros canarios suspendidas sobre el escenario acompañaron una representación que, más que ser vista, buscaba ser entendida. Debajo, entre luces azules y moradas, catorce actores —internos, exinternos y voluntarios— levantaron Cuentos desde la celda, una obra tejida desde dentro de la prisión y sostenida por una idea simple a la par que incómoda: detrás de cada persona privada de libertad hay una historia que casi nunca se observa más allá.
La función, organizada para unos 500 alumnos de centros educativos de la comarca norte de Gran Canaria, convirtió el teatro en un espacio de verdad, metáfora y cuestionamiento. Pelotas de ping-pong, bandas de colores, telas colgantes, palabras flotantes y cuerpos en movimiento dieron forma a un universo donde el anhelo de libertad atravesó cada gesto.
Cuentos desde prisión
El proyecto está dirigido por Graziano Pellegrino, de Travesía Asociación Sociocultural, y reúne a actores presidiarios, ex presidiarios y voluntarios en un «grupo integrado», como él mismo lo define, precisamente para no encasillar a nadie y por su futura reinserción; y que refieren a los 2.000 presos que hay actualmente en la Isla, pero llegados de varias partes del mundo: Canarias, Andalucía, Guinea, Colombia, Francia... La obra fue creada a partir de una solicitud de la Fundación Mapfre Canarias, vinculada desde hace años a un proyecto de lectura y escritura en prisión.
Pero su raíz no está en la logística ni en la subvención, sino en una historia concreta: la de José, un interno mayor que, durante un taller narrativo contó que lo más bonito de su vida había sido criar pájaros canarios. A partir de ahí, Pellegrino encontró una metáfora que le abrió la obra entera. José enlazaba el canto de los pájaros con la memoria de su abuelo, con el ruido de su casa, con el padre borracho, con la cárcel atravesando generaciones. «Eran ya cinco generaciones de pájaros enjaulados», resumió el director durante la apertura, al vincular la historia de esa familia con los canarios encerrados desde hace muchos años en sus jaulas.
La pregunta que dejó flotando no era menor: «¿Estamos criando canarios para enjaularlos?». Pellegrino la utiliza para señalar algo que, a su juicio, se repite en muchos contextos de exclusión. «El que entraba en prisión sabe que se repiten ciclos de violencia, ciclo de exclusión y ciclo de encarcelación», explicó ante los estudiantes. Su reflexión va más allá del ámbito penitenciario y se dirige directamente a la sociedad: si no se refuerzan la educación y la cultura, si no se abren oportunidades reales, el número de personas que termina entrando en prisión no se reducirá.
Refuerzos en educación y cultura
«La cultura y la educación son un freno muy grande a la delincuencia y, por tanto, al encarcelamiento», sostuvo en una de sus intervenciones. No se trata, compartió, de negar la necesidad de la cárcel como respuesta en determinados casos, sino de impedir que esa experiencia empeore a quien entra en ella.
La obra, en cualquier caso, no se queda en el discurso. Se apoya en textos escritos por los propios internos, algunos de ellos premiados, y en frases que funcionan como pequeños destellos de una intimidad ganada a pulso: «¿Qué es escribir? Ese bailar libre del alma, sentimiento y evocación… Un corazón puro y una mente ligera».
«¿Qué es escribir? Ese bailar libre del alma, sentimiento y evocación… Un corazón puro y una mente ligera»
Otras aluden al sentido de la vida: «Vivir no es presumir, sí que asumir; disfrutar, que no triunfar. Aprender a volar». Y, para hacerlo, también hay que detenerse: «Respira mil veces. Mil. Y sueña mil sueños…». Son líneas que atraviesan el montaje, junto a cuentos como Madre o La Mariposa Negra, y que terminan de dar a la función un tono que oscila entre la herida y la posibilidad.
Actuación terapéutica
Para Pellegrino, el teatro del oprimido con el que trabaja no busca que nadie interprete un papel ajeno, sino que cada uno se acerque lo máximo posible a sí mismo. «Todo el trabajo es de quitar las máscaras para que ellos sean sí mismos», resumió al explicar un método basado en la escucha, la escritura y la observación paciente de gestos, frases y experiencias que luego se convierten en escena.
Esa verdad fue, probablemente, lo que desarmó al público más difícil de todos: los adolescentes. Lejos de la burla o la distancia, los alumnos escucharon, preguntaron y reconocieron incluso sus propias suspicacias. Uno de ellos admitió que salía de la sala «con menos prejuicio». Otro agradeció haber podido ver que «no todo el mundo, por haber pasado por algunas situaciones en la vida, tiene por qué ser una mala persona». Pellegrino no parece sorprendido por esa reacción. Al contrario, cree que entre los jóvenes y las personas que han pasado por prisión existe una especie de reconocimiento mutuo.
«Este tipo de actividades sirven para abrir la mente, para darnos cuenta de que la vida es más compleja, que no existe blanco y negro, que hay muchos más colores»
Ambos colectivos, explicó, viven de algún modo «en un terreno de nadie»: los adolescentes ya no son niños, pero aún no son adultos; los presos quedan apartados del centro de la vida social y cargan con un juicio previo del que cuesta desprenderse. Por eso, cuando el encuentro es honesto, la conexión aparece: «Este tipo de actividades sirven para abrir la mente, para darnos cuenta de que la vida es más compleja, que no existe blanco y negro, que hay muchos más colores».
Los testimonios de los actores
Los testimonios de los actores confirmaron esa complejidad. Juan habló del golpe que supone salir de prisión y descubrir que la vida anterior ha quedado arrasada: «No tienes casa, no tienes trabajo, no tienes nada, y tienes que recurrir a la gente que realmente te da el amor y te da el apoyo para poder empezar a caminar otra vez». Leonardo planteó la cuestión desde otro lugar, uno más interior: «¿Qué pienso yo de mí? A mí lo que piensan los demás en estos momentos me importa muy poco».
Guillermo, otro de los intérpretes, describió su paso por el proyecto como una transformación en la seguridad. «He ganado confianza en mí», compartió. Se definió como una persona «muy tímida» y reconoció que el teatro le ha ayudado a decidir mejor, a mirarse de otra manera y a soltar parte del peso que llevaba encima. «Te liberas un poco de muchas ataduras». Para él, el taller supone un gran apoyo emocional que le devuelve el sentido a la vida. Llenar el tiempo con tareas, estudio, música, conversaciones y actividades, comparte, es algo fundamental para su proceso personal.
Pellegrino lo analiza también desde su trabajo universitario. Ha investigado los cambios que produce el teatro en los participantes y asegura que el principal se da en el autoconcepto. «Ellos cambian la imagen que tenían de ellos mismos», explica. Y lo formula con una metáfora que había aparecido también en la función: «Si intentas romper un huevo por fuera, la vida muere. Pero si el huevo se rompe por dentro, la vida sale». El teatro, a su juicio, no impone nada desde fuera; crea las condiciones para que algo se mueva por dentro.
«Si intentas romper un huevo por fuera, la vida muere. Pero si el huevo se rompe por dentro, la vida sale»
A veces esa grieta se traduce en decisiones muy concretas. «Me dicen: ‘He dejado de vender droga’. ¿Y por qué? No, porque este texto que me diste yo ahora lo he dicho varias veces y siento que es así, que yo no valgo para eso». El escenario, el personaje, el aplauso, incluso el mero hecho de ser escuchados, les devuelve una dignidad que muchos daban por perdida. Pero él mismo matiza que eso no basta pues el cambio necesita luego vivienda, trabajo, afectos y alguien que crea en ellos. El teatro no hace magia, insiste, pero sí puede iniciar algo decisivo.
Actores de las dos provincias
En esa continuidad se inserta también Juan Carlos, vinculado al proyecto desde Tenerife. Aunque no participó en esta función, sí estuvo en la anterior representación y habla de la experiencia como de una sorpresa «muy grata». Había hecho alguna cosa antes, pero no había trabajado «con verdaderos profesionales».
Cuenta que llegó por casualidad, por seguir a un compañero, y que se encontró con un grupo que sabía manejar las diferencias «de una manera muy delicada», sin crear mal ambiente. Recuerda especialmente unos talleres en los que se relacionaban «sin palabras, solamente con miradas», transmitiéndose seguridad y confianza.
Para él, ahí se produjo uno de los aprendizajes más importantes: desmontar el prejuicio inicial con el que uno puede entrar en un espacio así. «En realidad son personas normales», concluye. Su testimonio sirve, además, para reforzar algo que la propia obra deja claro: este no es un proyecto encerrado en un recinto concreto, sino una experiencia con capacidad de resonar también fuera, en otras islas y otros contextos.
Al final, lo que quedó en el Guaires no fue solo una función aplaudida por todos y cada uno de los asistentes, sino una evidencia incómoda y a la vez luminosa: la de que los prejuicios se resquebrajan cuando alguien toma la palabra desde su verdad.
Los alumnos salieron con preguntas. Los actores, con el cansancio y la emoción de quien se ha expuesto con la verdad. Y sobre el escenario siguieron colgando las jaulas, como un recordatorio de todo lo que aún sigue encerrado. Pero también de esa querencia compartida por levantar el vuelo, aunque sea después de haber caído muchas veces. Porque, como se escuchó durante la obra, «aprender a volar» también puede ser eso: encontrarse con uno mismo, respirar mil veces y empezar de nuevo.
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