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Del potaje tradicional de Charín a la tortilla precocinada: los canarios cambian la comida de caldero por la de microondas

Las comidas preparadas se cuelan en hogares y oficinas de las Islas, ya que son una opción ajustada al ritmo frenético de muchos isleños

Santa Cruz de Tenerife

La cesta de la compra de los canarios es cada vez más variada. El espacio que durante mucho tiempo estuvo reservado para el gofio, los plátanos y las verduras frescas –imprescindibles para un buen potaje– se está abriendo a otros productos más internacionales y, sobre todo, a comidas más rápidas.

El ritmo de vida de los isleños es frenético y ya son solo una minoría los que tienen tiempo para cocinar a fuego lento, para esperar a que el guiso haga chup chup o para preparar todos los días un primero, un segundo y un postre. Los comercios, desde grandes superficies hasta supermercados locales –e, incluso, mercados de toda la vida–, han tenido que reinventarse para adaptarse a las demandas de los consumidores, que muchas veces quieren resolver un almuerzo o una cena a golpe de microondas.

El secretario general de la Asociación de Supermercados de Canarias, Alonso Fernández, señala que las comidas preparadas han ganado mucha popularidad en los últimos años. Al contrario de la creencia popular, esta nueva tendencia –resalta– no se traduce en una peor alimentación o en un mayor consumo de ultraprocesados, pues los platos que más suelen triunfar son aquellos que se preparan cada día en el propio establecimiento y se sirven por raciones como, por ejemplo, muslos de pollo con papas, tortillas, albóndigas o lasañas. «Es una comida prácticamente casera, la principal diferencia es que ya viene lista y el consumidor solo tiene que calentarla en casa, en la oficina o donde quiera disfrutarla», explica.

Leer la etiqueta

De hecho, lo que él ha observado es que los clientes se paran mucho a leer las etiquetas para conocer los ingredientes y el valor nutricional del producto. «Vemos como, primero, se paran a revisarlas para, después, tomar decisiones en función de su composición», argumenta.

La tinerfeña Ainoa Galdona, de 33 años, es una de esas consumidoras que intenta buscar un equilibrio entre una alimentación saludable y rápida. Es madre de una niña de seis años y tanto ella como su pareja trabajan a tiempo completo. «En casa siempre intentamos comer potaje de primero y carne o pescado de segundo, con arroz o papas hechas en la freidora de aire, pero alguna que otra vez también solemos pecar con algún plato preparado, sobre todo cuando tenemos un día liado o cuando nos llevamos el tupper al trabajo», asegura.

Ainoa Galdona hace la compra en un Hiperdino de Tenerife

Ainoa Galdona hace la compra en un Hiperdino de Tenerife / Arturo Jiménez

Una moda en redes

Cuando cocina, muchas de las ideas las coge de redes sociales. En plataformas digitales como Instagram o Tik Tok, el contenido gastronómico –en especial, a nivel amateur– causa furor. Los usuarios dan ideas de comidas para la oficina o de cenas listas en cinco minutos, hacen batch cooking –dedican unas horas el domingo para dejar hechas todas las comidas de la semana– e incluso hacen hauls de sus compras, es decir, muestran producto por producto. Todo con un mismo fin: ser prácticos y gastar el menor tiempo posible en la cocina.

La intención de Galdona es que la peque coma lo más saludable posible porque, además, a ella «le encanta» la fruta. No obstante, confiesa que en muchas ocasiones no le da la vida para cuidar de su alimentación todo lo que le gustaría. Asimismo, reconoce que, aunque en casa no suelan hacer muchos platos del recetario canario, para ellos el potaje es «sagrado».

El otro extremo

La vecina de Charco del Pino (Granadilla de Abona, Tenerife) Bárbara Rodríguez –conocida en la zona sur de la Isla como Charín– también comparte este amor desmesurado por los platos de cuchara, un emblema de la gastronomía de las Islas. Eso sí, esta tinerfeña de 78 años es de las que defiende que, si se deja el teléfono y la televisión, se puede sacar una horita al día para hacer el almuerzo. «En mi casa la comida es sagrada, ni siquiera dejo que mis hijos o mi marido me destapen los calderos», afirma.

Barbara Rodríguez recolecta su propia verdura para elaborar un potaje

Barbara Rodríguez recolecta su propia verdura para elaborar un potaje / Arturo Jiménez

Durante muchos años se dedicó a la cocina en tascas y hosteles e, incluso, recibió un primer premio de gastronomía. En su cesta no faltan productos como las legumbres –en especial, las lentejas de Lanzarote–, el aceite, el arroz, las frutas y las verduras. Aunque lo cierto es que no se tiene que ir muy lejos para conseguir coles, perejil, ajos, habichuelas y otros ingredientes para el potaje. Cada día sale a su huerto y los corta en el mismo momento: «La comida sale sabrosísima, vale la pena que el producto sea de proximidad».

Esperanza en la juventud

Aunque reitera que respeta todos los gustos, cree que «la comida basura nos ha invadido» y por eso invita a las nuevas generaciones a apostar por los platos de antes. «Son comidas prácticas, que huelen y saben porque todo es natural», detalla. En este sentido, confía en que una parte de la juventud se interese por el recetario canario y mantenga viva la gastronomía. Aun así, tiene claro que «ellos no van a hacer comidas como las nuestras».

Ella, para alimentar a una familia en la que «los hombres comen mucho», opta por hacer un caldero de potaje de coles que acompañará con una tortilla hecha con papas de la Isla y huevos que compra a agricultores locales. «La tengo que esconder porque si no mi marido se la termina antes del almuerzo», confiesa.

Dos generaciones

Aunque en ambos hogares –el de Ainoa y el de Charín– exista una intención clara de comer sano, sus neveras y sus despensas son bastante diferentes. Si la mayor tiene un bol de papaya ya cortada para hacer batidos, la más joven compra bricks de jugo en el supermercado para que su hija se los lleve al colegio. También ocurre algo similar con los productos importados; una se resiste a comprarlos y cree que «lo de aquí es lo mejor» y la otra mete en el carro pizzas, fideos orientales y carne de kebab.

Al respecto, Fernández afirma que, al igual que las comidas preparadas llegaron a las tiendas con la intención de solventar la falta de tiempo, la irrupción de estos alimentos extranjeros en los lineales del supermercado tampoco ha sido casualidad. En las últimas décadas, las calles del Archipiélago se han llenado de sushi, açaí, comida rápida americana, tacos, pasta y arepas, entre mucha otra variedad. «Somos una comunidad internacionalizada por la migración y por el turismo», apunta.

El furor por lo que viene de fuera

Esta convergencia de nacionalidades ha provocado un efecto curioso en la alimentación de los isleños. «Aunque en los últimos años hemos vivido una auténtica revolución, es un proceso que lleva cierto tiempo. La gente sale un día a comer, por ejemplo, a un restaurante japonés, le gusta la propuesta, repite y quiere pasar sus platos al ámbito doméstico, ahí es cuando empiezan a solicitarlos en el supermercado», sostiene.

Ainoa Galdona durante la compra

Ainoa Galdona durante la compra / Arturo Jiménez

Pese a su creciente popularidad, estos productos no llegan para sustituir a otros, sino para convivir en las estanterías. El secretario general aclara que la oferta –y la variedad– siempre van en aumento. «Se incorporan referencias, sobre todo, de alimentos envasados que provienen de otros países», resalta.

En busca de equilibrio

De esta forma, cada vez se va creando un equilibrio mayor entre los que, como Charín, son fieles a lo local y los que, como Ainoa, optan por probar elaboraciones nuevas. En medio de esta transición –o, más bien, de este salto generacional–, triunfan, sobre todo, los productos orientales que se han occidentalizado y la comida mexicana.

Por el momento, en hogares como el de la vecina tinerfeña Bárbara Rodríguez los grandes protagonistas son los platos de toda la vida: «Yo uso mucho los mojos canarios y hago un escaldón de putísima madre, como se usaba antes, con poca carne porque no solíamos tener en casa».

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