Amalgama
La fábrica de nacer y morir

La fábrica de nacer y morir / LP / ED
Juan Ezequiel Morales
Hay historias que, si son ciertas en todos sus extremos o solo en parte, da igual, funcionan como diagnóstico de época. Casos de menores bajo tutela institucional que atraviesan abandono, violencia, decisiones médicas irreversibles, y que terminan en la frontera más inquietante de nuestro tiempo, la gestión legal de su propia muerte.
Primero, el Estado asume la custodia y arranca a la menor de las manos de sus padres. Después, falla en la protección de la menor, que es violentada por otros menores bajo ese mismo sistema. Finalmente, la menor intenta matarse porque percibe que el Estado está en su contra, y ese mismo Estado termina legitimando su desaparición y asistiendo su muerte. Ese es el patrón. No estamos ante un error administrativo, sino ante un poder público que deja de ser garante de la vida para convertirse en su gestor integral, decide condiciones de existencia, y al que pierde no lo asiste, sino que lo integra en protocolos de finalización.
Cuando una estructura aprende a cerrar vidas, el siguiente paso es aprender a producirlas, y al mismo tiempo que normalizamos la eutanasia como derecho, se desarrolla la capacidad técnica de fabricar seres humanos fuera del cuerpo, seleccionarlos, optimizarlos y desplegarlos en función de variables que ya no son biográficas, sino sistémicas. Un sistema que puede autorizar la muerte bajo criterios protocolizados, y producir la vida bajo criterios optimizados. Ese sistema, pues, ha dejado de acompañar la existencia para pasar a administrarla.
Junto a esto surge un verdadero vector de aceleración, la inteligencia artificial. Y mientras el discurso público sigue atrapado en debates morales del siglo XX, la infraestructura real del siglo XXI ya está montándose con bases de datos genéticos masivos, modelos predictivos de salud, sistemas de optimización poblacional, simulaciones demográficas, algoritmos de riesgo, scoring biomédico, y, en breve, integración total de estos sistemas en arquitecturas de decisión autónoma. Y en paralelo, la eutanasia, hoy presentada como excepción compasiva, se habrá integrado en protocolos sanitarios cada vez más amplios y normalizados. Se implantará, pues, el nacimiento optimizado, la vida monitorizada y la muerte gestionada. Si esos parámetros los fija una inteligencia artificial entrenada con datos históricos, optimizada para eficiencia y estabilidad, entonces la humanidad habrá externalizado su propio criterio de continuidad, y habrá convertido la existencia en un problema técnico.
Durante siglos, había sexo, embarazo, azar, herencia, deseo, error, infertilidad, diferencia sexual y dependencia radical del cuerpo, pero esos límites han ido desapareciendo con la técnica. Primero se separó la reproducción del acto sexual, luego empezó a separarse del cuerpo femenino concreto, y ahora empieza a separarse del cuerpo en general. Óvulos generados a partir de células de la piel, espermatozoides obtenidos por reprogramación celular, embriones seleccionados por perfil genético, organoides uterinos, revestimientos artificiales para implantación, úteros extracorpóreos para prematuros extremos, edición genética en embriones humanos y plataformas de cribado farmacológico sobre modelos uterinos sintéticos. Cada avance parece parcial, pero realmente todos encajan, y son módulos de un mismo dispositivo histórico.
Conviene abandonar toda ingenuidad, la familia deja de ser una estructura originaria y se convierte en una variable opcional. China seguirá explorando allí donde Occidente finge dudar, Emiratos Árabes Unidos servirán de laboratorio regulatorio flexible para ensayos que Europa no querrá firmar con su nombre, Japón y Corea del Sur, asfixiados por el colapso de natalidad y el envejecimiento, tendrán incentivos estructurales para adoptar soluciones reproductivas no convencionales, Estados Unidos avanzará por la vía empresarial, donde el mercado hace lo que el Estado no se atreve a declarar, Reino Unido intentará revestirlo de bioética institucional, pero no se quedará fuera, y Europa continental, como siempre, llegará tarde, con declaraciones solemnes, hasta que descubra que su crisis demográfica la obliga para no desaparecer.
En un plazo de cinco a ocho años, veremos consolidarse el uso clínico ampliado de varias tecnologías parciales, mejor selección embrionaria asistida por IA, optimización masiva de fecundación in vitro, gametos artificiales todavía restringidos pero ya funcionales en ciertos contextos experimentales, y úteros extracorpóreos limitados al rescate neonatal extremo. Entre diez a quince años, aparecerán las primeras plataformas integradas de reproducción tecnológicamente desacoplada del cuerpo, no todavía para el gran público, pero sí para élites económicas, parejas de alto poder adquisitivo, Estados con agendas demográficas agresivas y circuitos médicos transnacionales. y en quince y hasta a veinticinco años, la reproducción industrializada dejará de ser una anomalía y pasará a formar parte del repertorio ordinario de gestión poblacional en varias regiones del mundo.
Una superinteligencia no vería la reproducción y la muerte como la vemos nosotros, no la interpretaría desde el amor, la carne, el azar o la historia íntima, sino que la vería como un problema de diseño de poblaciones, un asunto de estabilidad de sistemas, una ecuación de reemplazo generacional, productividad, conflictividad, coste sanitario, adaptabilidad cognitiva y sostenibilidad energética. Los Estados envejecidos le pedirán ayuda para sostener pensiones y productividad, las potencias en declive demográfico la usarán para acelerar nacimientos funcionales, los sistemas sanitarios querrán reducir la carga genética de enfermedad, los estrategas militares pensarán en poblaciones más aptas, los mercados de seguros exigirán perfiles predictivos. Y los gobiernos, acosados por migraciones masivas, colapsos ecológicos y desequilibrios territoriales, descubrirán que una reproducción industrial asistida por IA permite algo que ningún imperio había tenido de manera tan precisa, que es la reorganización de la población desde su origen.
La vieja eugenesia volverá, por supuesto, pero no con botas ni con uniformes, sino con bata blanca, interfaz amable, consentimiento digital y panel de control. Y muchos la aplaudirán, como acaban de aplaudir la eutanasia de la ciudadana más joven de España, sin preguntarse por el origen o por otras soluciones.
El ser humano dejará de venir al mundo en el anticuado ambiente familiar, y empezará a ser traído al mundo por un sistema, ya no nacerá solamente de otros humanos, sino de una infraestructura técnico-cognitiva que decidirá las condiciones de su aparición, o de su desaparición, lo cual será a través de un aparato perfecto de nasciturus y moriturus con funebria protocolizada, y que, como siempre, será aplaudido por las ovejas del rebaño.
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