Lectura entre puntadas
La historia no escrita sobre el libro ‘Frankenstein’
Entre los ricos fondos patrimoniales que alberga la Biblioteca Insular de Las Palmas de Gran Canaria destaca un ejemplar que contiene una singular y misteriosa cicatriz en su interior

La restauradora Cruz Lorenzo, trabajando con libros en el taller de la Biblioteca Insular. / D. A.
Daniel Arroyo
Más allá de las palabras contenidas en sus páginas, algunos libros encierran historias que no se leen, sino que se observan. En el fondo Sall-Casabuena que custodia la Biblioteca Insular de Gran Canaria figura una edición fechada en 1762 que responde al título de Libro de los secretos de agricultura, casa de campo y pastoril, escrito por Miguel Agustín (1560-1630), eclesiástico del templo de San Juan en Perpiñán.
Nada de excepcional o sorprendente tendría el citado volumen si no fuera porque registra en su interior una singular cicatriz cosida con sorprendente precisión practicada por un desconocido propietario mucho tiempo antes de que llegara al mencionado fondo tras ser adquirido en 1977 por el Cabildo grancanario.
En virtud de su herida ha sido denominado cariñosamente por su fiel restauradora Cruz Lorenzo como el «libro Frankenstein». Según cuenta, descubrió ese corte fruto del azar mientras procedía a la restauración del ejemplar. «Cuando percibí la hoja cosida, me impresionó. Casi pasa desapercibida si no pones atención. Más que una cicatriz era una sutura realizada por un o una cirujana en un tiempo donde ni las mesas de luz existían. La lectura no se interrumpe entre las puntadas, las palabras están perfectamente casadas por el anverso y reverso de las páginas. ¡Qué cicatriz más encantadora, es un biblio Frankenstein!», pensó.

La restauradora Cruz Lorenzo en el taller de la Biblioteca Insular / D. A.
No deja de ser curioso que hoy en día cualquiera pueda adquirir una edición moderna del mismo libro desde 27 euros en algunas plataformas de venta de librerías como, por ejemplo, la Casa del Libro.
El dilema de Cruz
A la restauradora que presta sus servicios en la Biblioteca Insular desde hace dos décadas este hallazgo anómalo le produjo un dilema: «Restaurar esa sutura o dejarla como estaba», explica mientras manipula con cuidado la obra en sus manos. «Me obligó a pararme a observar, a ponerme en el lugar de quien hizo aquel cosido y cuál había sido el motivo por el que lo había hecho con tanto esmero. Imaginé una y otra historia. Y sobre todo me llevó a reflexionar acerca de lo que algunos libros especiales nos trasmiten». Al final decidió que aquella cicatriz debía permanecer intacta, como una seña de identidad inherente al libro.
La obra escrita por Miguel Agustín fue una de las tantas obras que se imprimieron durante los siglos XVI y XVII sobre el estudio de la botánica. Según el filólogo catalán, Luis Pablo Núñez, en aquella época abundaban estudios más técnicos, teóricos o taxonómicos como los Dioscórides comentados o los herbarios e historias de planta. Sin embargo, la obra del eclesiástico Miguel Agustín se erige como un manual de instrucción para la práctica de las labores agrícolas.

Imagen de la página suturada. / D. A.
En su interior ofrece observaciones sobre cómo sembrar y guardar la semilla, recomendaciones útiles a boticarios y múltiples disertaciones morales que ayudaron a que tuviera un notable éxito desde su primera publicación, especialmente durante el siglo XVIII. De acuerdo a Núñez, a pesar de que Miguel Agustín presenta esta obra como propia, resulta ser una copia casi literal de L’agriculture et maison rustique (1570) del médico francés Charles Estienne y su yerno el espagirista Jean Liébaut. A pesar de ello, la obra del eclesiástico tuvo mayor vigencia debido a que su contenido era más reducido y mostraba la información con más claridad.
«Más que una cicatriz es una sutura realizada por un o una cirujana en un tiempo donde ni las mesas de luz existían», describe la restauradora del libro
«Aquel libro debió ser muy importante para su poseedor», reflexiona Lorenzo mientras observa el particular costurón del ejemplar. Para ella restaurarlo con métodos modernos supondría borrar la historia única que esconde, lo que lo hace especial frente a los demás. «Su conservación rudimentaria refleja la gran relevancia que tuvo la obra para la transmisión de conocimiento», sostiene. Aunque la obra puede ser consultada en la biblioteca por cualquier persona interesada, no puede abandonar su refugio.
«Alguien que, consultando aquel libro y accidentalmente, se le rompió una hoja partiéndola en dos trozos totalmente separados. Imaginé la cara que debió poner al verse con el gran pedazo roto en la mano… qué disgusto, qué momentos de preocupación, cómo podía solucionar aquel gran accidente», imagina la restauradora. «Estos elementos -expresa- abren la capacidad inventiva del ser humano para construir un relato coherente sobre el qué, el quién, el cuándo, el cómo y el por qué».

Detalle del lomo del libro antes de la restauración / D. A.
Reliquia del siglo XVII
Para ella restaurar defectos accidentados del pasado es una forma de diluir la historia que, aun tácitamente, nos quiere mostrar. «Hay libros que no son solo lo que se ve, sino mucho más. Hay libros especiales que te transmiten emociones, sentires profundos por distintas razones: un libro que perteneció a alguien respetado, o que nos regaló una persona querida, o que el contenido nos transmitió o aportó algo. No todo el mundo lo entiende, solo aquellos que tienen libros especiales», añade Cruz Lorenzo.
El volumen cuenta con un vocabulario plurilingüe que ha permitido acercarse no sólo al conocimiento científico sobre botánica, sino también para entender la terminología y la lexicografía del siglo XVII. Este y otros tantos libros más, son reliquias valiosas para establecer la historia del léxico científico del español. Y todo gracias a médicos y eruditos humanistas que realizaron grandes esfuerzos para ordenar el mundo animal, vegetal y mineral de nuestro entorno mediante la clasificación sistemática. La herida sanada de este ejemplar es el vivo ejemplo no solo del porqué la obra del Prior ha perdurado durante cuatro siglos hasta llegar a nuestros días, sino también del potencial narrativo que pueden guardar los objetos sin necesidad de palabras.

El «libro Frankenstein» / D. A.
Por eso, «merece permanecer como parte de su historia, además de la importancia del texto, añade al observador otra información que no está escrita, y por tanto incluye contenido al ejemplar. No la puedo retirar, merece mi respeto y mi admiración», explica Cruz Lorenzo. Esta decisión, aunque vaya en contra de su oficio, le ha ayudado a pararse a reflexionar acerca de la memoria visual; esa cicatriz la había atrapado desde el primer instante. Porque para la restauradora le es difícil pensar en alguien que no tenga un libro especialmente querido. Este ejemplar «desde luego, lo fue y… lo seguirá siendo».
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