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Amalgama

El nuevo panóptico

IA emocional

IA emocional / LP / ED

Juan Ezequiel Morales

Un artículo publicado en Investigación y Ciencia (febrero de 2022), de John McQuaid, miembro del Centro Internacional Woodrow Wilson, describía el nacimiento de una infraestructura de captura afectiva, cámaras, micrófonos e IA emocional intentando inferir motivaciones, actitudes y estados internos a partir de cara, cuerpo y voz. Lo hace con ejemplos concretos, como vigilancia en ferias, selección de personal por videoentrevista, análisis de clientes en tiendas, pilotos en México con cámaras para medir reacciones en espacios comerciales.

Se trata de pasar del reconocimiento facial al reconocimiento del alma. El artículo narra un entorno con múltiples cámaras que observan microcontracciones y catalogan reacciones; el objetivo declarado de esa IA afectiva es ir más allá del rostro y estimar sentimientos, motivación y actitud. El rostro deja de ser identidad, la conducta deja de ser acción puntual y pasa a ser síntoma permanente, y el dato pasa a ser veredicto. Al sistema le basta con asignar una etiqueta operativa (amenaza, dócil, nervioso, «no apto», «cliente caliente», «elector maleable») y dejar que la institución actúe como si fuera verdad. Hay una discrepancia marcada entre lo que estas tecnologías registran y lo que una persona piensa o siente, y eso debería cerrar el caso, pero no lo cierra, porque el objetivo real no es conocer sino gobernar.

Se crea así un tesauro afectivo, con las emociones de cada individuo convertidas en piezas de un diccionario de control, montado con señales (cara, cuerpo, voz, ritmo), contextos (lugar, hora, situación), perfiles (historial, personalidad tipo OCEAN utilizada en contratación y evaluación) y resultados (compra, obediencia, voto, permanencia laboral). Una vez existe el diccionario, lo más rentable no es detectar emociones sino inducirlas. La captura es solo la primera mitad del negocio; la otra mitad vive en el bucle: te leo, te clasifico, te empujo, aprendo qué te empuja, te empujo mejor. Se trata de manipulación de masas automatizada.

La genealogía intelectual de todo esto arranca en Paul Ekman y su Facial Action Coding System, la tesis de que las emociones básicas son universales y leíbles como un lenguaje, y que el rostro humano es un texto transparente. La ciencia lleva décadas discutiendo esa premisa. La psicóloga Lisa Feldman Barrett, entre otros, la ha intentado desmontar con rigor, pero la industria no escucha a los críticos de Ekman, y le ha dado una segunda vida industrial, más rentable que la primera. Si el sistema confunde «concentración» con «hostilidad», penaliza; si confunde «cara neutra» con «sospecha», marca; si aprende los sesgos del dataset, los convierte en política aplicada. Ya ha pasado con sistemas que asignan «sonrisa» con diferencias de acierto por sexo, y que fallan más en determinados grupos. Trasládese eso a fronteras, escuelas, selección de personal o policía, y tendremos una máquina de desigualdad con pretensión matemática. Que el AI Act europeo haya tenido que prohibir expresamente la inferencia emocional en el trabajo y en instituciones educativas es el reconocimiento implícito de que la tendencia natural de esta tecnología es convertirse en instrumento de dominación cotidiana.

La mezcla es tóxica, con biometría, afectos, y decisión institucional. Sin soberanía afectiva no hay ciudadanía real, sino solo perfiles. Y cuando las reacciones quedan registradas en masa, pueden correlacionarse con consumo, voto, obediencia, permanencia laboral, abandono escolar, propensión a la protesta. La emoción deja de ser vivencia y se convierte en predictor. Estamos asistiendo a la privatización de la vida interior.

Quedan, claro, las respuestas institucionales posibles, como la prohibición en espacios de poder, auditorías de validez científica, regulación de la comercialización del dato afectivo. Son necesarias y probablemente insuficientes, porque el sistema económico dominante tiene una capacidad extraordinaria para absorber aquello que inicialmente parecía oponérsele. Absorbió la contracultura, el ecologismo, el feminismo como marketing, y ahora está absorbiendo la interioridad. Las regulaciones serán el nuevo greenwashing, el gesto que permite continuar.

Cuando la emoción se convierte en dato estructural, la libertad se convierte en variable dependiente. El estado ya no quiere solo nuestro rostro, sino que quiere saber qué sentimos, y una vez que lo sabe, puede decidir quiénes somos.

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