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Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia

La inestabilidad de la ciencia alimenta la brecha de género: tres científicas canarias exponen la última frontera de la igualdad

Tres investigadoras del IPNA-CSIC que han vivido en diferentes momentos de la ciencia en Canarias repasan los principales escollos para lograr la igualdad en la carrera científica

Las investigadoras del IPNA-CSIC, Ana Raquel Díaz, Carmen Elisa Díaz e Irma García

Las investigadoras del IPNA-CSIC, Ana Raquel Díaz, Carmen Elisa Díaz e Irma García / Andrés Gutiérrez

Verónica Pavés

Verónica Pavés

La Laguna

El problema de desigualdad en la ciencia hace décadas que ya no tiene nada que ver con un bloqueo a las mujeres en el acceso a la carrera investigadora. Tampoco es fruto de la monopolización de los laboratorios por parte del género masculino – una práctica superada en la mayoría de las disciplinas – y cada vez tiene menos de falta de conciliación gracias a las políticas implantadas en este sentido en los últimos años. Sin embargo, aún son miles las mujeres que abandonan la carrera científica a la mitad o aquellas que prefieren no progresar.

¿Cuál es la razón entonces de que se perpetúe la desigualdad? Independientemente de si son millenials o boomers, todas las mujeres científicas coinciden en el diagnóstico: el problema en la ciencia –para hombres y mujeres, pero especialmente para ellas– son los años que tardan en consolidar la carrera profesional y la inestabilidad e incertidumbre en la que viven mientras tanto.

Los contratos temporales, asociados a proyecto, o las visitas a laboratorio sin recibir un euro, forman parte del día a día de cientos de investigadoras que deciden iniciarse en la carrera investigadora en Canarias. Una situación que se prolonga hasta varios años después de leer la tesis. De hecho, la mayoría de los científicos acaban optando a su primer puesto fijo a partir de los 40 años. Antes, «todo depende de si quieren seguir contando contigo», resume la farmacéutica e investigadora del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología (IPNA-CSIC), Irma García. Y aunque la precariedad laboral es una patología que afecta a hombres y mujeres, se ensaña especialmente con ellas.

Una etapa vital crítica

Para García, aunque ambos parten de una base de precariedad laboral, les afecta más a ellas porque esta larga y tediosa etapa laboral se produce en un momento de la vida en el que se deben tomar ciertas decisiones vitales, a veces inaplazables, como la maternidad. El conflicto personal es evidente. Sin estabilidad, tener hijos se retrasa hasta encontrar un momento más adecuado o unas condiciones laborales idóneas y, en este dilema, son muchas las que optan por abandonar la ciencia antes que su proyecto vital.

García está dando sus primeros pasos en la carrera científica y aún se pregunta si será para siempre. Y no lo sabe, porque no tiene claro si este es su proyecto vital. «En ciencia, además de no saber si tu contrato se prolongará más de seis meses, se suma el hecho de que, si te quedas embarazada, durante un tiempo vas a tener que parar un poco, porque hoy día no se puede entrar en laboratorio estando encinta», insiste la investigadora, que recalca: «todo ello puede retrasar tu carrera». Junto a ella asiente enérgicamente Ana Raquel Díaz Marrero, también química e investigadora del IPNA-CSIC, aunque en su caso, lleva varios años con plaza fija. Díaz conoce de primera mano lo que la maternidad supone para la carrera científica. Ella misma tuvo que retrasarla y, cuando esta llegó, no estuvo exenta de consecuencias. «Al quedarme embarazada, me dejaron de contabilizar el tiempo de trabajo, así que para cuando me quise postular a una plaza de investigadora distinguida, no cumplía los requisitos», explica Díaz Marrero.

Pérdida de plaza

La química marina estuvo trabajando hasta el último momento de su gestación, llegando incluso a compatibilizar su tiempo de investigación con impartir clases en la universidad. Quizás por ese esfuerzo, Díaz no notó una brecha entre ella y el resto de sus compañeros cuando regresó de su baja de maternidad. Sin embargo, sí que se dio cuenta de que esos meses le habían pasado factura en lo que se refería a su proyecto de vida laboral. «Me postulé a esa plaza en 2017 y no pude obtener una de científica titular hasta 2021», destaca. Cinco años de los que no se arrepiente, pues asume que vivió otras experiencias, pero que considera que podría haberse ahorrado si no hubiera tenido que hacer ese parón.

Este tipo de situaciones ya no se ven. Y es que, tras la implementación de la Ley Española de la Ciencia, en 2021, los periodos de baja por maternidad, paternidad o incapacidad temporal ya no penalizan en la evaluación de la actividad científica ni en los procesos de selección. Para García, sin embargo, aunque supone un avance, sigue sin arreglar el problema de raíz: «aún a nosotras se nos penaliza por quedarnos embarazadas, por ejemplo, sin poder entrar a laboratorio», indica. Sus compañeras, sin embargo, insisten en que en ese tiempo se puede dedicar a otros menesteres científicos, como redactar artículos o adelantar trabajos burocráticos. «Puedes aprovechar el tiempo para escribir o estudiar», recalca Carmen Elisa Díaz Hernández, una de las dos únicas investigadoras científicas del IPNA-CSIC.

Una época distinta

Para ella, que empezó su carrera científica hace más de cuarenta años, la conciliación familiar entre matraces y pipetas se vivía de una manera muy diferente. En un contexto en el que la ciencia en Canarias empezaba a despegar, con figuras reconocidas como el químico Antonio González, Díaz Hernández no se lo pensó dos veces cuando decidió ser madre. «Eran otros tiempos», argumenta. En su época, las mujeres no dejaban de acudir al laboratorio durante el embarazo, una situación que hoy día, debido a la estricta normativa para garantizar la seguridad tanto del bebé como de la madre, sería impensable.

«No me condicionaron en nada en absoluta, trabajé hasta el último día para lograr que todo estuviera a punto para cuando volviera», explica Díaz Hernández, que admite que, en algunos momentos, sus propios compañeros eran los que le insistían en que no hiciera esfuerzos. La química tuvo así a tres niños a los que pudo criar sin problemas gracias a las facilidades que le brindaron en todo momento el centro y sus compañeros. «Si me tenía que marchar del trabajo por algún tema familiar, me animaban incluso a hacerlo», afirma. Sus hijos llegaron a pasar muchas tardes en las inmediaciones de su laboratorio, jugando en los grandes jardines del centro de investigación o haciendo sus deberes en algún aula cercana.

La incertidumbre de la ciencia

Pese a la facilidad con la que pudo crear una familia, Díaz Hernández es la primera en admitir que la situación actual a la que se enfrentan las investigadoras es muy diferente. «Ya no es por el hecho de ser mujer, es que el futuro es muy incierto en general y si, como mujer, te ves obligada a parar, ese parón puede añadir más incertidumbre», admite la química. A esto se añade, como reseña Ana Díaz Marrero, la competitividad del sistema. «Nos movemos en un campo altamente competitivo, el que quiere tener una carrera científica tiene que darlo todo y no se puede notar que estuviste seis meses fuera», recuerda Díaz Marrero, que insiste que eso supone «tener un montón de publicaciones y dedicar muchas horas a trabajar en proyectos» lo que, en última instancia, «también condiciona tu vida personal».

Para mejorar esta situación, las investigadoras abogan por crear mecanismos que permitan consolidar la carrera científica desde edades tempranas. «Como un MIR pero para científicos, para que mientras se forman puedan recibir un salario y tener algo de estabilidad», concluye Díaz Marrero.

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