Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Umberto Eco, o cómo analizar el presente escribiendo sobre el pasado

Se cumplen 10 años de la desaparición del semiólogo, filósofo y escritor italiano, que, más allá de ser el autor de ‘El nombre de la rosa’, fue uno de los intelectuales europeos más brillantes del siglo XX y que no despreció ningún contenido cultural a la hora de reflexionar sobre la humanidad

Umberto Eco, o cómo analizar el presente escribiendo sobre el pasado

Umberto Eco, o cómo analizar el presente escribiendo sobre el pasado / Laura Monsoriu

Eduardo Bravo

«El teórico italiano de la comunicación Umberto Eco ha obtenido el Premio Strega por su novela El nombre de la rosa, que será publicada próximamente en París. La edición española correrá a cargo de Editorial Lumen». Pocos podían imaginar la trascendencia que este breve tendría en la carrera del escritor italiano. Ni siquiera el propio Eco, de cuya muerte se cumplen este 19 de febrero 10 años y quien, unos meses después, coincidiendo con la presentación del libro en el Instituto Italiano de Cultura de Madrid, decía «ahora trabajo en cosas serias» y adelantaba que sería poco probable que repitiera la experiencia: «No es necesario que uno escriba dos novelas en su vida».

A pesar de competir con títulos como Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, La historia interminable de Michael Ende, Cosmos de Carl Sagan y La conjura de los necios de Kennedy Toole, El nombre de la rosa se convirtió en el éxito indiscutible de la temporada. Además de llenar las páginas de los suplementos culturales y ser comentado en artículos y columnas de opinión, fue ese libro comodín que solían citar los artistas, futbolistas y políticos de la época cuando les preguntaban qué estaban leyendo aunque, como sucedía con alguno de ellos, solo alcanzase a decir que se trataba de «una novela de ambiente medieval del autor Umberto Eco que es interesantísima».

El nombre de la rosa

El nombre de la rosa / La Provincia

Construir al lector

Bastaba con esas pinceladas para reconocer ese fenómeno editorial inesperado y que, en contra de lo que ha hecho creer la adaptación cinematográfica de Jean Jacques Annaud, centrada únicamente en su trama detectivesca, no era una novela sencilla. Convencido de que no es el lector el que tiene que buscar el texto sino el texto el que tiene que construir a su lector a medida que avanza en la lectura, Eco había dado a la imprenta una novela que, como apuntó admirado Fernando Arrabal, era «una pura discusión teológica en la que tres o cuatro líneas cada dos páginas están escritas en latín, sin traducción». Un libro ambicioso que, para el escritor italiano, tenía tres niveles de lectura: «La del lector que simplemente sigue la trama; la historia de la novela, que es una manera muy legítima de leer. Otra segunda, para los que gozan de seguir las discusiones teológicas o históricas sobre problemas de la cultura medieval, y una tercera para otro tipo de lector que puede reconocer el juego de citas porque esta es una novela de novelas». Una afirmación que tenía todavía más sentido cuando el autor explicaba que, si bien le había dedicado al manuscrito dos años de trabajo, El nombre de la rosa era «una acumulación natural de 30 años de experiencias y lecturas».

Apocalípticos e integrados

Apocalípticos e integrados / LP / ED

Erudito y popular

A principios de los años 80, Umberto Eco (Alessandria, 1932-Milán, 2016) ya era un viejo conocido de los lectores españoles desde que, en 1964, la editorial Horizonte publicó Diario mínimo, al que no tardarían en sumarse Obra abierta (Seix-Barral, 1965), La definición del arte (Martínez Roca, 1971) y La estructura Ausente (Lumen, 1972). Ensayos en los que abordaba la historia del arte y la cultura contemporánea desde la semiótica y el estructuralismo, y aportaba reflexiones que, si bien hoy son de uso habitual, en su momento resultaban revolucionarias. Por ejemplo, la muerte del autor o el concepto de obra abierta, que proponía que, en el disfrute de una obra de arte, la participación del receptor es casi tan relevante como la del autor, lo que provoca que haya tantas obras como espectadores.

La humanidad, según Umberto Eco

La humanidad, según Umberto Eco / Pablo García

Presencia habitual en congresos, seminarios y conferencias celebrados en España, durante los años 70 Eco destacaba tanto por la originalidad de sus reflexiones como por su campo de investigación. A pesar de ser catedrático de la Universidad de Bolonia, uno de los centros europeos del saber erudito desde hacía siglos, el pensador italiano acostumbraba a abordar en sus ensayos fenómenos tan cotidianos y populares como la televisión, la prensa, el cine o los cómics. Unos análisis en la línea de Marshall McLuhan -que diferían de las conclusiones del autor del célebre La galaxia Gutenberg-, en los que el escritor italiano advertía de los peligros de la publicidad, de la unidireccionalidad de la televisión o de los peligros de ciertas derivas históricas que, si bien podían resultar descabelladas en su momento, hoy en día, no lo parecen tanto.

La estructura ausente

La estructura ausente / LP / ED

Ese es el caso de sus reflexiones sobre los medios de comunicación, a los que calificaba de violación legal de la intimidad -mucho antes de que aparecieran las redes sociales- y a los que consideraba una amenaza para la democracia -«la civilización democrática se salvará únicamente si se hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, no una invitación a la hipnosis»-; de las posibilidades y limitaciones del lenguaje informático -«la inteligencia artificial es mucho más parecida a la humana cuando no sabe resolver el problema del deseo. Pero no es fácil construir una computadora perfectamente neurótica»- o su sensación de que la sociedad occidental había vuelto al medioevo. Como defendía en La nueva Edad Media (Alianza Editorial, 1974), el fin de la Pax Americana y la crisis ecológica estaban dando paso a un momento de transición en la historia de la humanidad del que se conocía el origen pero no el destino. Una teoría tosca e imperfecta, a la que neologismos como «tecnofeudalismo» podrían devolver a la actualidad.

No hay dos… sin siete

Aunque no había necesidad de escribir dos novelas en la vida, Eco escribió siete. No contento con ello, publicó unas apostillas a El nombre de la rosa y, en 2011, incluso reelaboró partes de esa novela con la que no tenía una relación cordial -«es la primera y, como es normal, la peor»- para aligerar su lenguaje y hacerla más accesible a los nuevos lectores. Una decisión que respondía sobre todo a las transformaciones que en el aspecto cultural que había experimentado la sociedad y a las dinámicas del mercado editorial, sobre las que el escritor italiano ya había reflexionado en la conferencia impartida en la Feria del Libro de Fráncfort de 1988 con el esclarecedor título de ¿Cómo se fabrica un best seller?

Número cero

Número cero / LP / ED

Convertido en un autor superventas tras la aparición de su primera novela, Eco revalidó ese título con sus siguientes trabajos, como El péndulo de Foucault, volumen en el que volvía a algunos de sus temas favoritos -entre los que se encuentran las organizaciones secretas, las conspiraciones, la ciencia antigua, la nigromancia o el mundo de los libros-, La isla del día de antes -en el que se percibe la influencia de Jorge Luis Borges y el Adolfo Bioy Casares de Plan de evasión-, Baudolino -donde emplea un lenguaje inventado como ya hizo James Joyce en Finnegans Wake-, así como en el resto de sus novelas, que no por exitosas estuvieron exentas de polémicas en su momento.

«Tenía ganas de envenenar a un monje», bromeaba Eco al hablar del origen de El nombre de la rosa y, tal vez por alusiones, L’Osservatore Romano decidió condenar la obra, la cual tuvo también que enfrentarse a un proceso judicial iniciado por Costas Socratus, escritor greco-chipriota que alegaba que el libro era un plagio de su novela El excomulgado (1964). La demanda no prosperó, pero mientras que Socratus desistió de sus intenciones, el Vaticano volvió a la carga, esta vez con ayuda del rabino de la sinagoga de Roma. La razón fue la publicación de El cementerio de Praga, que aborda el origen del libelo Los protocolos de los sabios de Sion, y que tanto la comunidad judía como la Iglesia católica calificaron de novela antisemita.

Contra el fascismo

Contra el fascismo / LP / ED

Además de esa polémica, El cementerio de Praga se vio envuelto en otro acontecimiento al margen de lo literario: las similitudes de su argumento con el escándalo Wikileaks, cuya filtración fue descubierta casi a la vez que el libro veía la luz. «[Benedetto] Croce decía que la historia es siempre historia contemporánea. Por eso, si escribo obre las costumbres del Imperio romano, escribiré para comprender mejor las costumbres de nuestro siglo», había declarado Eco que, si bien cumplió con ese principio en todos sus libros, en algunos de ellos la distancia entre lo narrado y la realidad fue aún menor. En Número cero (Lumen, 2016), su última novela, relataba la historia de un periodista fracasado que recibía el encargo de dirigir un diario dedicado a publicar noticias falsas para controlar el rumbo de la República italiana. Aunque la historia estaba ambientada en 1992 y atravesada por el escándalo Tangentopoli, la Propaganda Due de Licio Gelli y la Operación Gladio, Eco ya escribía sobre algo para lo que, por entonces, ni siquiera se había acuñado un término: las llamadas fake news.

El filósofo que cuidaba a Charlie Brown

El cómic no es territorio exclusivo de los superhéroes. También hay antihéroes como Charlie Brown, el compañero de Snoopy importunado constantemente por Lucy, incapaz de ganar un partido de béisbol, al que nadie envía tarjetas de San Valentín y que no es capaz de volar una cometa sin que se enrede en las ramas de un árbol. Unas tramas que hacen que Peanuts -nombre que, por cierto, abominaba su creador, Charles Schulz- no sea solo una obra para niños. Pero y si lo fuera, ¿qué?

Así de contundente se mostraba Umberto Eco al analizar esos productos de cultura popular en Apocalípticos e integrados, título que, desde su publicación en 1964, se convirtió en un clásico del pensamiento del siglo XX. En él, el filósofo italiano analizaba dos modos habituales de enfrentarse a la cultura de masas: la de los integrados -aquellos que veían en los mass media un canal amable para acercar la cultura a todo el mundo sin importar el mensaje hegemónico que la oligarquía transmitía a través de ellos- y la de los apocalípticos, que consideraban que la cultura de masas era de menor calidad que la erudita y, por tanto, despreciable.

Partiendo de esas dos formas de entender un mismo fenómeno, Eco repasaba el kitsch, la televisión, la canción de consumo y, por supuesto, los cómics, lenguaje que, si bien no es «una diversión inocua que, hechos para los niños, puedan ser disfrutados por adultos […] sin daño y sin preocupaciones», había cómics y cómics. Por ejemplo, Krazy Kat -la obra maestra de George Herriman cuya originalidad hizo que, tras su muerte, nadie pudiera continuarla a pesar de su éxito comercial- o Peanuts. «Estos niños -decía Eco- nos tocan de cerca porque en cierto sentido son monstruos: son las monstruosas reducciones infantiles de todas las neurosis de un ciudadano moderno de la civilización industrial […]. Sin embargo, continuaba Eco, «los niños de Schulz no son un instrumento malicioso para pasar de contrabando problemas de los adultos; estos problemas son vividos en ellos según modos de una psicología infantil, y precisamente por ello nos parecen conmovedores y sin esperanza, como si reconociésemos de improviso que nuestros males lo han cambiado todo, hasta la raíz». Y como síntesis de esa demolición de los límites entre alta y baja cultura, Eco ponía al mismísimo Honoré de Balzac a la altura de la publicación de quiosco al decir: «El mundo de los Peanuts es un microcosmos, una pequeña comedia humana para todos los bolsillos».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents