La carrera de un prócer inactual

La carrera de un prócer inactual / ED
Yo estaba ahí de baranda, porque los que dialogaban eran Ricardo Melchior, presidente del Cabildo de Tenerife, y el máximo responsable de una empresa en la capital tinerfeña, una conversación cortés y ligeramente innecesaria, que se deslizaba por un apriorismo pulido y barnizado. En resumen: los mejores profesionales eran los ingenieros industriales. La prosodia del discurso de Melchior era la de un junker prusiano que hablaba en español por caridad cristiana, agradeciéndole su interlocutor con un admirativo silencio la sabiduría desplegada entre dos cafés, entre dos toses, entre dos series estadísticas.
—Por supuesto, tenemos aquí abogados y economistas y arquitectos, pero lo cierto es que lo necesario para la toma de decisiones políticas se analiza mejor, en toda su complejidad, por una mentalidad de ingeniero, por una formación técnica rigurosa, lo acepten mejor o peor los demás.
— Creo que tiene razón.
— Por supuesto. ¿Usted es ingeniero industrial, no?
— Sí.
— Pues dos ingenieros industriales no pueden equivocarse sobre un mismo asunto –y se río muy brevemente, como un taconazo–.
A los cuarenta años nadie podía imaginar que Ricardo Melchior llegaría a ser Ricardo Melchor. Hijo y nieto de una familia burguesa muy conservadora y bien relacionada, fue un joven serio y muy competitivo en la diminuta, intrauterina y muy clasista Santa Cruz de Tenerife de los años sesenta. Veranos y bailes en el Real Club Náutico y muchos partidos de baloncesto, porque perteneció a principios de los setenta al primer equipo del RCNT, llegando a competir fugazmente en la máxima categoría del baloncesto español de entonces. El joven Melchior, muy amigo de sus amigos pero muy reservado fuera de su círculo social, centraba su competitividad en el baloncesto y los estudios. Se formó como ingeniero industrial en la Universidad de Navarra y se especializó en ingeniería económica y construcción de máquinas en la Escuela Técnica Superior de Aquisgrán, donde mejoró todavía más su alemán. También estudio inglés, un idioma que leía sin dificultades, pero que se le resistía al hablar. Muchos años más tarde Melchior recibiría en el Cabildo a Bill Clinton y le costó arrancarse para explicarle al expresidente de Estados Unidos la estampa de una campesina de José Aguiar:
— This is la maga…eeeeh…La maga is… the wife of the farmer.
La cara de Clinton era otro cuadro.
En 1977 es nombrado director de la Compañía Auxiliar de Puertos (Capsa) adscrita a la Junta de Obras del Puerto de Santa Cruz de Tenerife y más tarde, en 1981, fue contratado por Union Eléctrica de Canarias (Unelco) para dirigir un flamante departamento, Nuevas Energías. Algunos aseguran que en ese tránsito entre finales de los setenta y principios de los ochenta fue objeto de interés de la UCD y sus gentes en Canarias. Melchior parecía hecho a medida para la sastrería ucedea: un exitoso profesional en la treintena, sin una ideología definida y bien conocido y valorado socialmente. Un ingeniero industrial, como Manuel Hermoso y Adán Martín. Pero Melchior dijo que no, que no le interesaba la política, y así se mantuvo hasta 1987 cuando finalmente Martín lo convenció para encabezar la lista de ATI al Cabildo de Tenerife. Ambos estaban convencidos de que su destino era la oposición, pero sorprendentemente los insularistas consiguieron más votos que el socialista José Segura y pudieron formar gobierno con el apoyo de Alianza Popular, y de repente, con Adán Martín como presidente, Ricardo Melchior se vió convertido en vicepresidente y consejero de Planificación y Desarrollo. Y quizás entonces comenzó a entender que la actividad política también era un espacio para la competitividad, para el triunfo, para un éxito terminante e incontestable más allá de un rótulo en un despachito de Capsa o de Unelco. Lo realmente curioso es que a medida que transcurría la era Adán Martín (doce años dirigiendo el Cabildo tinerfeño) Melchior fue a la vez ganando peso político y perdiendo influencia administrativa hasta concentrarse en la agricultura y las aguas. Cuando en 1999 Martín se fue al Gobierno de Canarias su opción, después de algunas dudas iniciales, fue Melchior. Muchos no lo entendieron. Para el presidente estaba claro. Melchior era inteligente, honesto, muy trabajador, concitaba el respeto de los funcionarios, conocía las tripas administrativas y técnicas del Cabildo, se identificaba los objetivos básicos. Los votantes no querían un joven valor ni un discurseador, sino un hombre maduro que trasmitiera solvencia y capacidad. Quizás se le podría achacar cierta tendencia autoritaria, pero nadie es perfecto.
Los hechos demostraron que Martín tenía razón. Con Melchior de candidato presidencial CC ganó las elecciones ampliamente. Lo hizo luego otras tres veces. En 2011 fue el primer y único presidente que consiguió mayoría absoluta en el Cabildo tinerfeño. Por entonces su poder parecía (era) omnímodo e indestructible. Gobernaba el Cabildo como un príncipe elector del Sacro Imperio Romano Germánico. Prescindió de cualquier ambición externa para que lo dejaran en paz. Fue senador. Construyó el personaje del abuelo de Tenerife: un anciano enérgico y patriarcal que solo pensaba en su isla. Sus logros –aguas, el impulso planificador en energías renovables, la protección a la capidisminuida industria y a la agricultura tinerfeña, la rápida puesta en marcha del tranvía– estuvieron empeñados por el gigantismo burocrático expansivo que hipertrofió el Cabildo. Como Adán Martín, era un liberal fascinado por la intervención en la economía, que se materializaba a través de una docena de sociedades públicas: el Cabildo mantenía cooperativas lecheras y gestionaba casinos. No llegó a creerse Napoleón, pero tal vez solo porque era demasiado alto, y perdió por soberbia el escaño en el Senado por negarse a debatir con una pibita llamada Patricia Hernández. Rechazó las ínfulas papales de Paulino Rivero, empeñado en sucederse a sí mismo durante el resto del siglo, pero al final acabó enemistado con casi todos, incluso con Carlos Alonso, su discípulo bien amado. Con Ana Oramas no: fue su amigo hasta el final. Hizo una despedida política interminable y colmada de nostalgia de anteayer y la última vez que lo vi fue conduciendo su coche en una cola interminable y parecía hirviendo y agotado, como en un purgatorio.
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