El gimnasio como nuevo epicentro social: cuerpo, comunidad y mercado

El gimnasio como nuevo epicentro social: cuerpo, comunidad y mercado
Rubén Rodríguez Rodríguez
Durante décadas, el bar fue, y en buena medida sigue siendo, uno de los grandes espacios de socialización. Allí se cerraban tratos, se cultivaban amistades, se compartían rutinas y se combatía la soledad. Hoy, sin embargo, ese papel se comparte con otro escenario inesperado: el gimnasio. Un lugar al que acudir para entrenar y un espacio donde socializar, trabajar, comer, cuidar a los hijos y, en muchos casos, tejer vínculos personales y profesionales. El gimnasio ya no es únicamente un sitio al que se va a sudar: se ha convertido en uno de los nuevos epicentros de la vida cotidiana.
Esta transformación conecta con una idea bien conocida desde la psicología, tal y como se recoge en la teoría de la necesidad de pertenencia, ya que los gimnasios ofrecen algo cada vez más escaso como son relaciones presenciales que se sostienen en el tiempo. Entrenar juntos crea rutina, familiaridad y una sensación de estar dentro de algo. Verse varias veces por semana, compartir esfuerzo, comentar progresos o dificultades genera lazos que no dependen tanto de la conversación como de la experiencia compartida. No hace falta hablar demasiado para sentirse parte de ese algo.
También ha cambiado la manera de entender la salud. Ya no se trata solo de verse bien, sino de sentirse mejor. El ejercicio se asocia cada vez más al bienestar emocional, gestión del estrés y equilibrio vital. El gimnasio aparece como un espacio de autocuidado que no siempre es individual, sino también social. Para muchas personas, entrenar se convierte en una forma de estructurar la semana, sostener vínculos y dar cierto orden a una vida marcada por la prisa y la incertidumbre.
Sin embargo, este nuevo papel social del gimnasio convive con una tensión evidente. Porque el gimnasio es también un escaparate. Los cuerpos se muestran, se comparan y se evalúan constantemente. La comparación social es inevitable y, como ya explicó el psicólogo social Leon Festinger en su teoría sobre la Comparación Social, los individuos determinan su propio valor social y personal con base en la manera en que se comparan con los demás. En un entorno donde el cuerpo ocupa un lugar tan central, esta dinámica se intensifica.
El riesgo aparece cuando el ideal de salud se confunde con un único modelo corporal y el bienestar empieza a medirse en términos de rendimiento, constancia o apariencia.
Ahí surge una frontera delicada entre el cuidado y la autoexigencia. El cuerpo puede vivirse como una fuente de placer, fuerza y vitalidad, pero también como un proyecto interminable de mejora con frases como «sé tu mejor versión». Cuando entrenar deja de ser una elección y se convierte en una obligación moral, el gimnasio pierde parte de su potencial protector de la salud y se transforma en un espacio de presión silenciosa.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno. El gimnasio ya no termina en sus paredes: se extiende a Instagram, TikTok o Youtube, entre otras. Móviles apoyados en botellas, trípodes discretos entre máquinas y grabaciones constantes forman ya parte del paisaje cotidiano. Compartir el entrenamiento puede motivar, inspirar o normalizar el ejercicio, pero también refuerza la idea de que el cuerpo necesita ser visible para ser validado.
La línea entre compartir y exponerse es cada vez más fina. En ese tránsito entre lo físico y lo virtual, el entrenamiento deja de ser solo una experiencia íntima para convertirse en un gesto de valoración expuesto.
Como ha señalado la psicóloga e investigadora del Instituto de Tecnología de Massachusetts, Sherry Turkle, vivimos cada vez más conectados y, al mismo tiempo, más frágiles en lo relacional. Una lógica que encaja con lo descrito por el catedrático en Psicología Mariano Pérez en El individuo flotante, donde retrata a sujetos que se mueven entre espacios, identidades y vínculos de forma provisional, buscando reconocimiento más que arraigo. Por lo que, el gimnasio, en este contexto, aparece como uno de los pocos lugares donde anclarse, aunque sea de manera temporal.
El auge del fitness entre adolescentes y jóvenes adultos se explica, en parte, por su flexibilidad, dado que el gimnasio no exige compromisos rígidos ni estructuras cerradas. Permite adaptar horarios y compatibilizarlo con estudios o trabajo. Esta autonomía resulta atractiva. El problema surge cuando el principal motor para entrenar no es el disfrute ni la salud, sino el miedo a no encajar o a no cumplir con un ideal corporal dominante.
En paralelo, el mercado del fitness se ha diversificado de forma notable. Conviven gimnasios asequibles con espacios boutique y clubes de lujo que integran restauración, coworking y eventos sociales. No se trata solo de entrenar, sino de pertenecer a un determinado ecosistema. El acceso al bienestar también se convierte, en ocasiones, en una forma de distinción.
Aun así, reducir el gimnasio a una simple herramienta del mercado sería simplificar demasiado. Como todo espacio social, puede ser un lugar de comparación y presión, pero también de bienestar, apoyo, amistad y desconexión del trabajo. Para muchas personas, entrenar es uno de los pocos momentos del día en los que el foco está en la liberación y no en la producción.
El gimnasio no es exactamente el nuevo bar, pero sí un espejo bastante fiel de nuestro tiempo. Un espacio donde se entrelazan la salud, la identidad, el mercado y las relaciones personales, y donde el cuidado del cuerpo convive con la presión por alcanzar una supuesta perfección. El desafío no pasa tanto por renunciar a estos lugares como por aprender a habitarlos de otra manera: entrenar sin convertir el cuerpo en una mercancía y socializar sin vivir bajo la lógica permanente de la comparación, recordando que, entre máquinas, rutinas y sudor compartido, también se construyen formas de estar con otros y de sentirse, aunque sea por un rato, menos solos.
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