Primeros auxilios emocionales: así trabajan los equipos de apoyo psicosocial de Canarias durante una erupción o un gran accidente
Un grupo de voluntarios de Cruz Roja acompaña y apoya psicológicamente a las víctimas, a los familiares y a los equipos que trabajan en emergencias como la ocurrida en Adamuz

Así trabajan las emergencias en Canarias / E. D.
En el accidente ferroviario de Adamuz, en Córdoba, fallecieron 45 personas y otras tantas permanecen heridas. Detrás de cada uno de ellos -y de sus familiares- hay una historia diferente. Una familia que volvía de visitar al Santiago Bernabéu, un cordobés que cumplía años, un trabajador que había esquivado otra tragedia, un grupo de opositores y su profesor y una pareja formada por un periodista y una fotógrafa, entre otros muchos relatos. Un año y medio antes, otras 227 personas perdieron la vida en la dana de Valencia y, en 2021, un volcán tuvo a los palmeros en vilo durante 85 días.
Detrás de todas estas emergencias, escondidos entre bomberos, sanitarios y autoridades, hay un equipo que se encarga de dar apoyo psicológico a las víctimas, a sus familiares e, incluso, a quienes trabajan en la zona para recuperar la normalidad lo antes posible. La asistencia que prestan va desde ayudar a una persona a cargar su teléfono para que pueda mantenerse en contacto con un ser querido, hasta acompañar a un padre en su duelo porque, de manera repentina, ha perdido a su hijo en un accidente.
Cuando ocurre una tragedia, las primeras 24 horas son fundamentales. En esos momentos iniciales, los voluntarios tienen una misión clara: ayudar a los afectados a comprender qué está pasando para que esas primeras reacciones no terminen convirtiéndose en una patología.
15 años de emergencias
El psicólogo y responsable de Cruz Roja en la Comarca de Acentejo, José Luis Camisón, forma parte del Equipo de Respuesta Inmediata en Emergencia (ERIE) de Apoyo Psicosocial de la entidad. Como voluntario ha participado en catástrofes nacionales, como la dana, e internacionales, como el terremoto y tsunami que afectó a Chile. Durante la erupción del Tajogaite, también coordinó al personal desplazado a la Isla Bonita.
Tras más de 15 años en primera línea, tiene claro que en la mayoría de ocasiones las palabras ni siquiera son necesarias. “Muchas veces no hay que decir nada, el mero hecho de estar, de acompañar y de ayudar ya es suficiente, con eso vas a identificar lo que el afectado necesita porque cada persona precisa una noticia o una actuación diferente”, explica. Lo más importante, añade, es manejar la información porque los datos “tranquilizan mucho”. “También les ayuda muchísimo que actuemos de forma calmada, por su puesto, dentro del escenario en el que estamos. Todo eso lo transmites, les das mucha seguridad”, señala.
Normalizar las emociones
Esta labor, sobre todo, requiere mucha empatía, para entender la desesperación de alguien que busca a un familiar o la ira de quien sabe que lo ha perdido. “No podemos mentir, ni transmitir falsas esperanzas porque eso no ayuda, si no tienes la información es mucho más honesto comunicárselo”, subraya. Estos profesionales también ayudan a normalizar todo ese batiburrillo de emociones que suele experimentarse en las primeras horas. En palabras del responsable, estos sentimientos son herramientas que el cuerpo utiliza para afrontar una situación complicada.
¿Cuándo arrancó?
Este equipo de apoyo psicosocial nació en 1996, a raíz de la riada que arrasó el camping Las Nieves, en Biescas (Aragón), y que provocó la muerte de 87 personas. Tras esa tragedia, Cruz Roja comenzó a plantearse si era necesario tener equipos preparados en atención psicológica porque se dieron cuenta de que, aunque había una amplia cobertura sanitaria, se estaba dejando a un lado la parte emocional. “Era una demanda de la gente, nos encontramos con muchos afectados sufriendo por lo que había ocurrido y no había ningún equipo que trabajara con esas situaciones”, argumenta.
A partir de ese momento, se empiezan a crear varios equipos multidisciplinares formados por psicólogos, trabajadores sociales y socorristas de acompañamiento porque, en esa primera parte de la emergencia, en esas primeras horas o días, lo que realmente ayuda a los afectados es tener formación en primeros auxilios psicológicos.
El 7 de agosto de 2026 se cumplirán treinta años de la tragedia de Biescas. En estas tres décadas, los equipos de apoyo psicosocial han tenido que reinventarse o más bien, como apunta el propio Camisón, se han ido “reciclando”. La preparación es continua, se forman durante todo el año para intervenir en momentos como el accidente ferroviario de Adamuz, que ocurrió en pocos segundos, o la erupción del volcán de La Palma, que duró cinco meses.
Una mochila pesada
Cada emergencia es diferente y cada territorio enfrenta unas amenazas distintas. Aun así, los protocolos de intervención son únicos para todos los equipos del territorio español, así como de los diferentes países. Este método les facilita la coordinación entre unidades, es decir, que si hay un incendio en la zona norte de Tenerife, los voluntarios de Barcelona o de Galicia podrían venir a ayudar.
Según detalla, esta formación que reciben es la que también les permite estar siempre al pie del cañón en cualquier tragedia. “Tenemos compañeros que nos ayudan a descargar nuestra propia mochila emocional, cuanta más experiencia tienes, más sencillo es desahogarte. Sobre todo te afectan las situaciones en las que te puedes identificar, a mí por ejemplo me impacta mucho trabajar con niños porque me recuerdan a mis hijos”, relata.
La tragedia de Spanair
En su caso concreto, el accidente del vuelo 5022 de Spanair fue un antes y un después. Después de graduarse en Psicología comenzó a trabajar en Cruz Roja, recibiendo a migrantes que llegaban a las costas. La primera gran emergencia con la que se topó fue este accidente aéreo, considerado el cuarto peor de la historia. «Fue como encontrarme de lleno con la realidad más dura, un avión que se cae, muchos fallecidos y muchas familias con las que trabajar», recuerda. Ante un escenario de ese tipo, sostiene que no hay preparación que valga.
En ese momento inicial afloran todas las emociones y apenas hay herramientas para controlarlas. «Ahí fue cuando descubrí que quería dedicarme a esto y desde entonces no he parado de formarme. Lo que me gusta es ese subidón de adrenalina que se produce tras cada activación», reconoce.
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