Lucidez, emoción y oficio
En ‘La lucha’, su segundo largometraje como director, Alayón muestra el lirismo que envuelve el rito ancestral de una de las tradiciones deportivas más populares de Canarias. La película se estrena en cines el próximo viernes

Miguel, interpretado por el luchador canario Tomasín Padrón, en un fotograma de ‘La lucha’. / el viaje films /blond indian films
Claudio Utrera
Con la película La lucha, del director productor y guionista José Alayón (Tenerife, 1980), el cine canario recibe otro importante espaldarazo que, como sucedió tras el estreno hace dos años de La hojarasca, de Macu Machín (Gran Canaria, 1975), nos ha aportado imaginación, fuerza, originalidad, vigor y contenido a quienes, desde distintas trincheras, hemos mantenido intacta nuestra fe en la potencialidad creativa de una cinematografía que, aunque joven, sigue proporcionando resultados que a cualquier buen amante del cine dialogante, moderno e innovador nos genera un verdadero chute de satisfacción.
No en vano la presencia de Alayón como director de fotografía, productor y/o guionista en producciones de marcado marchamo autoral, como La hojarasca, Blanco en blanco (2019), La ciudad oculta (2018), Las carpetas (2011), Malpaís (2013), En el insomnio (2010), Gente de sal (2014), La vida según era (2008) o La estrella errante (2018) pone claramente en evidencia su infatigable adicción a un cine ajeno a los dictados estéticos de la producción mainstream.
No solo por el rastro que estos resultados van dejando en el cambio de actitud de muchos espectadores sino porque el lenguaje cinematográfico se transforma así en un medio de expresión de vuelo libre, profundamente reflexivo y lejos por tanto de cualquier tentación simplificadora. Objetivo que, nos consta, llevan también en su ADN algunos de nuestros mejores cineastas desde sus contactos iniciales con el mundo de la producción, con una sensibilidad más acorde con nuestro zeitgeist (espíritu del tiempo) y con el empuje de la modernidad que contrasta con la impronta normativa que preside la inmensa mayoría del cine que circula a diario por nuestras escuchimizadas carteleras.
Por eso, cada vez son más las razones que nos llevan a reconocer abiertamente el creciente estado de capacitación artística e intelectual de la que gozan, como Alayón, algunos nombres propios de la última hornada de cineastas isleños (Victor Moreno, Guillermo Ríos, Rafael Navarro, Samuel M. Delgado, David Pantaleón, Dailo Barco, David Baute, David Delgado, José Victor Fuentes, Alba González, Octavio Guerra, Iván López, Daniel León, Mercedes Afonso, Nayra Sanz, Dácil Manrique de Lara, Miguel G. Morales…) y su consiguiente reconocimiento, tanto en la esfera nacional como en la internacional, como ha quedado sobradamente acreditado con el nutrido palmarés que llevan atesorando muchos de estos creadores desde el comienzo de sus respectivas carreras en certámenes tan prestigiosos como los de Venecia, Berlín, San Sebastián, Palermo (Sicilia), Punta del Este (Uruguay), La Habana, El Cairo, la Seminci (Valladolid), Thessaloniki (Grecia), el Bafici (Buenos Aires), Sao Paulo (Brasil), Vancouver (Canadá) o Locarno (Suiza).
Y Alayón, responsable -como director de fotografía como cortometrajista, guionista y/o productor- de algunas de las piezas más sobresalientes de la producción canaria más reciente, ha logrado multiplicar los reconocimientos obtenidos en 2013 con Slimane, su primer largometraje como director, que, antes de su estreno en salas, viene cosechando con La lucha, película que emprenderá su recorrido comercial el próximo viernes en los cines españoles tras su paseo triunfal por algunas de las citas cinematográficas más representativas del calendario festivalero mundial.

José Alayón y Tomasín Padrón en el rodaje de 'La Lucha'. / ©El Viaje Films | Selu Vega
A partir de un formidable guion de Marina Alberti, Samuel M. Delgado y del propio director, así como la oportuna incorporación como director de fotografía del gran Mauro Herce, responsable de esta tarea en filmes de la relevancia estética de Samsara (2023), de Lois Patiño; O que arde (2019), o Sirât (2025), ambas del cineasta franco español Oliver Laxe, Alayón construye un potentísimo relato de enorme magnetismo visual, inspirado en las vicisitudes cotidianas de Miguel (un Tomasín Padrón en clave bressoniana) y de su hija Mariana (Yazmina Estupiñán), dos renombrados puntales de la lucha canaria en la isla de Fuerteventura, que sobreviven arrastrando el dramático recuerdo de la pérdida de la esposa de Miguel y madre de Mariana en plena cúspide de sus respectivas carreras deportivas. Un suceso de enorme calado emocional que atravesará, de lado a lado, la estructura narrativa del filme y que contribuirá por lo tanto a predecir el futuro que ambos personajes elegirán ante la crisis sentimental que embarga sus precarizadas vidas y su fracasado proyecto de vida.
«La historia, apunta el director, está enfocada para interrogarnos sobre cómo habitamos el sentimiento de la pérdida familiar, cómo transmitimos la fuerza de generación en generación, cómo nos sostenemos unos a otros para no caer, en un relato doble: el de un pueblo que se reconoce en un rito ancestral y el de una familia que aprende a vivir con la ausencia. Se trata de una lucha colectiva y otra íntima que dialogan, a la par, sobre la necesidad de resistir».
De ahí que la arriesgada pero inteligente decisión de haber prescindido de actores profesionales a cambio de incluir como protagonistas de la historia a dos auténticos luchadores constituya, sin lugar a dudas, uno de los principales aciertos de esta extraña, bella e inclasificable película sobre la liturgia que acompaña la escenificación de la lucha canaria como símbolo de la fortaleza interior de una práctica deportiva milenaria que hunde sus raíces en la cultura aborigen y que pervive en la memoria colectiva de la población canaria como nota referencial de nuestras tradiciones más genuinas.
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