Amalgama
13 de noviembre 2026, el apocalipsis

¿Ya estamos en camino hacia el Apocalipsis o aún existen alternativas para cambiar el rumbo? / Crédito: JL G en Pixabay.
Juan Ezequiel Morales
En 1960, tres matemáticos, Heinz von Foerster, Patricia Mora y Lawrence W. Amiot, publicaron en la revista Science un artículo con un título que parecía escrito para provocar: Doomsday: Friday, 13 November, A.D. 2026. A primera vista, una fecha exacta para el fin del mundo demográfico. A segunda vista, un ejercicio matemático elegante.
Heinz von Foerster y compañía no predijeron un apocalipsis en el sentido vulgar del término, pues no hablaron de guerras, ni de plagas, ni de meteoritos, sino que ajustaron una curva hiperbólica a los datos históricos de crecimiento de la población humana y extrapolaron el resultado. El cálculo producía una singularidad matemática, una población tendiendo a infinito, en una fecha concreta, si el crecimiento continuaba comportándose como lo había hecho durante los dos milenios anteriores.
El catastrofismo numérico funciona siempre igual, toma una tendencia pasada, la proyecta linealmente hacia el futuro y convierte el resultado en destino. Es una forma de fetichismo matemático, pero el problema no es la matemática, sino su aislamiento del sistema completo en el que opera, porque la población humana no es una partícula en caída libre, sino un sistema complejo, adaptativo, con retroalimentaciones, umbrales culturales, decisiones políticas, transformaciones tecnológicas, cambios en los roles reproductivos, en la longevidad, en la urbanización y, sobre todo, en el deseo. Nada de eso cabe en una extrapolación hiperbólica simple.
De hecho, el propio crecimiento poblacional empezó a desacelerarse poco después de la publicación del artículo. El máximo de tasa de crecimiento se alcanzó alrededor de 1963. Desde entonces, la curva se ha ido doblando, no por intervención consciente de «los gobiernos del mundo» como si hubieran leído Science y activado un botón secreto, sino porque los sistemas complejos tienden a cambiar de régimen cuando las condiciones estructurales se transforman.
Aquí está la cojera fundamental del catastrofismo numérico, como el del supuesto Cambio Climático, que confunden continuidad estadística con continuidad ontológica, asumen que el mundo seguirá siendo el mismo mientras los números crecen, pero el crecimiento mismo altera el mundo que lo sostiene. Más población implica más tecnología, más control reproductivo, más urbanización, más costes de crianza, más fricción social... y, por tanto, menos natalidad. El modelo se muerde la cola.
Llegaremos a noviembre de 2026, salvo cataclismo exógeno serio, por ejemplo, una guerra nuclear, con algo más de ocho mil millones de habitantes. Muy lejos del infinito matemático. ¿Significa eso que von Foerster se equivocó? Significa que su modelo fue leído como profecía cuando era, en realidad, una demostración por el absurdo, que llega a concluir que si se trata a la historia como una línea recta se acabará en el infinito.
Y esta lección sigue vigente hoy, quizá más que nunca, el mismo error se repite en discursos sobre colapso climático inmediato, explosiones de inteligencia artificial, hundimientos económicos finales o fines de la civilización fechados con precisión. Se toman datos parciales, se extrapolan sin considerar cambios de régimen, y se vende el resultado como destino ineludible.
Lo que falla no es la matemática, sino la idea de que los sistemas humanos se comportan como funciones limpias en un eje temporal neutro. El 13 de noviembre de 2026 no será el fin del mundo.
Malthus también erró por suponer una tecnología constante, y la Inteligencia Artificial introduce hoy un factor nuevo, pues no es un simple multiplicador de productividad ni un acelerador demográfico, sino, más bien, un cambio de régimen cognitivo que altera simultáneamente producción, decisión, deseo y reproducción. Y eso vuelve a dejar cojo cualquier catastrofismo numérico. El protagonismo de la IA en este momento consiste en desacoplar variables que antes estaban acopladas. Malthus suponía que más producción requería más brazos, pero la IA rompe esa identidad. Por primera vez en la historia, el crecimiento de la capacidad productiva puede no requerir crecimiento demográfico, y esto invalida tanto el miedo malthusiano clásico como su versión invertida, la de la explosión infinita, pues la población deja de ser el motor principal del output. Von Foerster extrapolaba el crecimiento humano como si toda inteligencia fuese biológica, pero la IA introduce una segunda línea evolutiva, la de la inteligencia no reproductiva, no sexuada, no demográfica. El error aquí no es matemático, sino ontológico: la variable «inteligencia» ya no coincide con la variable «humanos». Malthus pensaba en siglos, Von Foerster en milenios, y la IA introduce bucles de retroalimentación en años o incluso meses. El sistema ya no deriva lentamente hacia el colapso o la explosión, pues corrige en tiempo real. Y esto hace que las singularidades fechadas sean cada vez menos plausibles. La IA no confirma a Malthus ni refuta a von Foerster, sino que los vuelve obsoletos como marcos exclusivos. La pregunta correcta, hoy, sería: ¿qué papel tendrá el humano en un sistema donde la inteligencia ya no necesita multiplicarse biológicamente para expandirse? El problema no es que los matemáticos se equivocaran; es que el mundo no es una función continua, y cada vez que la humanidad acelera, cambia de naturaleza, y ningún modelo que ignore los cambios de régimen, biológicos, técnicos, o libidinales, puede reclamar el derecho a fechar el fin de nada.
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