La revolución del aburrimiento
En un mundo cada vez más frenético, buscar la paz en un ocio más pausado, tranquilo e incluso, aburrido, supone una auténtica señal de protesta que, sin embargo, se mantiene fuera del alcance de la mayor parte de la población, obligada a asumir las lógicas capitalistas

El aburrimiento productivo puede ser una herramienta para el desarrollo de la salud mental. / Freepik.

La incesante vibración del teléfono móvil a las siete de la mañana recuerda que ha empezado un nuevo día. La inercia lleva a desbloquear el aparato casi de inmediato y a revisar, aún con los ojos entreabiertos, las primeras diez notificaciones del día. La luz azul atrapa en una espiral de mensajes de buenos días, la noticia del conflicto armado que se recrudece al otro lado del mundo, la foto de una excompañera del colegio que salió a pasear con sus hijos en el parque y el mail de una tienda de ropa que recuerda que ya han empezado las rebajas. No hay tiempo, sin embargo, para ponerse triste, aturdido o siquiera reflexionar, pues otro día frenético acaba de comenzar. Durante las siguientes 16 horas, el día se basará en esquivar sin suerte incesantes notificaciones, producir en cada una de nuestras acciones, consumir sin control y asumir -no sin cierta desazón- que, por mucho que corramos, nunca vamos a llegar.
Es la descripción del modelo de vida hegemónico en el que toda la sociedad se ha visto obligada a entrar casi sin desearlo. Una vida donde la productividad fagocita el ocio y donde el tiempo se convierte en moneda de cambio. Un mundo en el que se asume la necesidad de disponer de un bombardeo incesante de información que llega en formato de notificación a un gesto de distancia y que tiende a consultarse de manera compulsiva para alimentar la obsesión de no perderse nada. Irónicamente, cada uno de los segundos del día resulta menos fructífero, pues el asedio informativo satura el cerebro hasta tal punto que es incapaz de centrar su atención más de 47 segundos, tal y como lo advierte la psicóloga Gloria Mark. Mientras, la búsqueda de un minuto de paz es un mantra imposible que no encuentra más que obstáculos para hacerse realidad.
Contra ese frenesí es ahora el hartazgo social el que pide calma, tranquilidad e incluso derecho al aburrimiento. Es la revolución de la vida contemplativa por la que apuestan pensadores como el filósofo Byung-Chul Han -recientemente reconocido por el Premio Princesa de Asturias- y que empieza a encontrar un hueco en la música, los videojuegos, la televisión e, incluso, en la sobreestimulada plaza pública de internet. Cada vez es más frecuente el fenómeno de la contemplación online, donde los usuarios se deleitan con el vídeo infinito de un tren pasando a través de Noruega o Aragón o con retransmisiones en bucle de chimeneas y fondos oceánicos. El movimiento slow se ha convertido en una tendencia social de la que ya emanan ensayos, videojuegos, discos, películas, artistas e, incluso, streamers que defienden el encanto de la pausa.
«Estamos en un estado continuo de hipervigilancia», resume Verónica Doval, portavoz del Colegio Oficial de Psicología de Santa Cruz de Tenerife. Todo el mundo tiene que hacer algo a continuación. «Igual ni siquiera es una urgencia, pero existe una cierta imposición de la sociedad para que así sea», insiste Doval. Así, incluso acciones de ocio o autocuidado como puede ser salir a salir a correr o ver una serie se convierten en una tarea pendiente que el cerebro almacena en su checklist personal. «Esto genera que cuando por fin tenemos un momento para parar y descansar, nos inunde un irrefrenable sentimiento de culpa», apunta la psicóloga.
La lógica de la productividad laboral ha traspasado barreras y ahora se cierne sobre el resto de los ámbitos de la vida
El estrés se ha convertido en el rasgo más característico de la sociedad del siglo XXI. Pero lejos de ser inocuo, los continuos picos de cortisol tienen un reflejo en el estado anímico y en el organismo. Así, por un lado, «puede ponernos más irritables y de mal humor, así como alterar el sueño o modificar los patrones de alimentación», revela la psicóloga. Y ahí se mantiene, hasta que «el cuerpo estalla». La vorágine de sobreestimulación puede entonces provocar problemas tan variados como tensión muscular, dermatitis o, incluso, fatiga crónica.
La productividad del ocio
Para Saturnino Martínez, sociólogo de la Universidad de la Laguna (ULL), el origen de esta situación se remonta a los años 80, cuando la lógica de la productividad laboral -piedra angular de la sociedad capitalista- traspasa barreras y se cierne sobre el resto de los ámbitos de la vida, incluido el privado. «Antes tenías a tu jefe en el trabajo, ahora lo tienes dentro de tu cabeza, lo que propicia la autoexplotación y la organización del día a día en torno a la productividad», sentencia Martínez. El sociólogo Hartmut Rosa da una vuelta de tuerca a este diagnóstico añadiendo el concepto de «aceleración social».
Este término se resume en la «angustia y el estrés» generado por ese continuo estado de sobreestimulación que impide «conectar con las cosas que haces». Como diría Karl Marx, la población se encuentra así «alienada». En esta ocasión, sin embargo, dicha alienación no se ceñiría solo al entorno laboral, sino a una multitarea constante que divide la atención en mil pedazos y dificulta la posibilidad de disfrutar, o siquiera atender, a cualquier simple gesto. Esto es lo que ha construido, con el paso de los años, la concepción social de la «hostilidad» reconocida en el entorno de trabajo. Una idea alimentada, a su vez, por la precarización laboral. El mayor volumen de trabajo, la falta de manos y los sueldos indignos acaban generando -incluso en quienes más disfrutan de su profesión- una frustración debida tanto al uso de su valioso tiempo en una labor que no ha disfrutado como por la imposibilidad de conectar con el resto de sus compañeros para cambiar el escenario. No en vano, también ellos se encuentran en la misma situación, pues la inercia obliga a entrar en esa perversa rueda de la productividad.
La eterna lucha
En este contexto, no es de extrañar que la población se haya sumido en una eterna lucha entre el descanso y la productividad. Una contienda que, sin embargo, se libra en un terreno definido para favorecer las lógicas del segundo: la sociedad capitalista. Tal es así que, a día de hoy, incluso «los descansos están diseñados para el rendimiento», tal y como apunta Sara Alvarado, también socióloga de la ULL. «Descansamos para estar mejor en el trabajo al día siguiente», sentencia. Con dicha concepción de la calma, a menudo se olvida que «parar no es solo descansar: es interrumpir la lógica de estímulo constante, de autooptimización y de visibilidad permanente», tal y como sentencia la socióloga.
En la búsqueda de una salida de la vorágine de la ultraproductividad, son varios los autores que han sugerido soluciones. La propuesta de Han, que bebe más de la psicología, apuesta por «salir de esa dinámica para tener una vida más lenta y contemplativa», explica Martínez. En esta definición entrarían actividades de carácter más «místico», como las clases de yoga, cursos de mindfulness, consejos de meditación o los retiros espirítuales. «Se trata de buscar un lugar de autocontemplación donde poder deshacerte de esas presiones», indica Martínez.
Actividades como el mindfulness, el yoga o la meditación sirven para devolver a la persona al tiempo presente
Doval certifica que este tipo de actividades pueden tener un efecto muy positivo en la salud mental de la población. «Se trata de dedicar tiempo a uno mismo y parar un poco, yo a veces mando meditaciones como tarea porque hay gente que nisiquiera tiene en mente la posibilidad de hacerlo», insiste la psicóloga. Estas actividades tienen como objetivo devolver a la persona «al tiempo presente» para conseguir que pueda contactar con lo que está haciendo. «El mindfulness aboga por hacer ejercicios de atención plena, que pueden ser tan básicos como, al ducharte, atender a la temperatura del agua, el olor del jabón o el tacto de la esponja», resume.
Y se puede hacer. Para Doval basta con conectar con el cuerpo a través de ejercicio físico, salir a disfrutar del contacto con la naturaleza o intentar «buscar ratitos» donde poner freno a la oleada de pensamientos.
Sin embargo, la obsesión por la productividad también ha conseguido introducirse de lleno en este tipo de actividades. Lo ha hecho en varios sentidos. Por un lado, la demanda de cursos, talleres o retiros es tan alta que ya ni siquiera son los profesionales de la psicología los que los imparten. «Hay mucho intrusismo; un montón de personas se presentan como terapeutas o coaches tras haber hecho un curso de 100 horas online», denuncia Doval, que insiste en que aunque estas terapias pueden ser beneficiosas, «no todo vale». Por otro lado, el alto precio a pagar (ya sean económico o de tiempo) por este tipo de recetas milagrosas acaba teniendo implícito «un importante status de consumo» que no está al alcance de cualquiera, como manifiesta Martínez.
El lujo del descanso
Y es que si en algo se sustenta el capitalismo es en detectar necesidades para luego fagocitarlas hasta encontrar una solución que pueda vender. La respuesta, por tanto, siempre estará basada en el mercado. Por esta razón, una de las flaquezas sociales de la propuesta de Han es que la vida contemplativa, como él la define, solo está al alcance de unos pocos privilegiados. Y no solo porque el precio de tres días de aislamiento y vida en comuna puede ser prohibitivo, sino porque hay quien no tiene la posibilidad siquiera de dejar el móvil a un lado durante un rato o tomarse con calma una tarea, ya sea por trabajo, por cuidados o por otras condiciones sociales. Así es como el descanso se convierte, a la vez, en un privilegio y una imposición. «Si te digo que tienes que ser zen para vivir mejor, te lo estoy imponiendo», insiste Doval. Esta idea, además, se ha reforzado y acrecentado en este siglo debido a la acción de las redes sociales.
La población se ha sumido en una eterna lucha entre el descanso y la productividad. Una contienda que se libra en el terreno del capitalismo
Tiktok o Instagram están inundadas de videos y fotografías que representan lo que aspira a convertirse en un movimiento social: el #slow. Como explica Alvarado, experta en sociología en redes, esta propuesta surge para demostrar que se puede tener una vida contemplativa. El problema es que ni siquiera esa idealización es realista. «El protagonista de esas publicaciones está performando, lo que denota una mercantilización del descanso como diferencia de clase y es una manera de marcar un status y sentirse moralmente superior a otras personas», indica Alvarado.
En las lógicas de ultraproductividad y del mercado que muestra los beneficios de las experiencias pausadas, el descanso ya no es una opción: es un producto exclusivo. De ahí que, en los últimos años, esto también se haya manifestado en un cambio en los patrones de consumo. «El consumo ostentoso se ha transformado, la moda ya no es vestir con ropas de determinada calidad, sino mostrar al mundo que puedes disfrutar de ciertas experiencias», insiste Martínez.
Tanto los sociólogos como la psicóloga coinciden en que esta modificación de los patrones de comportamiento social no se hubiera dado si no fuera por «las redes sociales». Y es que antes de que Facebook, Twitter, Instagram o Tiktok se convirtieran en una parte inseparable de nuestra vida, la única manera de mostrar al mundo la capacidad adquisitiva era a través de lo material.
Ahora, el hecho de que una chica neoyorkina de 23 años cuelgue en sus redes sociales su paseo matutino por Central Park en un domingo en el que se ha dado el gusto de levantarse tarde, puede ser el motivo de que otra joven de 22 años en Tenerife sienta culpabilidad porque sus condiciones de vida no permiten siquiera levantarse tarde y dar un paseo. Pese a lo cotidiano que pueda resultar, este tipo de circunstancias tiene unas consecuencias perversas. «Si no soy capaz de reconocer esas actividades como propias, entonces para mí será inalcanzable», sentencia Alvarado.
Por eso, para algunos sociólogos, como Martínez, la propuesta de Rosa parece la que más se ajusta a la realidad. «Él se centra en el concepto de reverberación: de estar conectado con lo que uno hace», explica Martínez, que insiste que, para ello, lo que debe cambiar no es uno mismo, sino el entorno. «Hay que transformar el uso del tiempo y hacerlo a nivel colectivo», insiste.
En las lógicas de productividad y el mercado de las experiencias pausadas, el descanso ya no es una opción: es un producto exclusivo
En este punto, las medidas que propone para ralentizar el ritmo frenético de la vida serían aquellas que tienen relación con la conciliación familiar y laboral, la reducción de jornada o el aumento salarial. En este sentido, Martínez recuerda que si lo que «se fomenta es que trabajar es malo porque las condiciones no son las adecuadas para tener satisfacción, al final la gente tira la toalla».
A la espera de una solución milagrosa, la vorágine de la vida continúa su afán por devorar el tiempo, consumir los momentos personales y reducir la capacidad de atención, en una peligrosa senda hacia la pérdida de uno mismo, solo reversible con un regreso a la conexión real con la vida.
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