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Crónica desde Pekín

Los chinos no quieren ser incinerados

Una directiva que ordena la cremación de los difuntos desata protestas en un país con gran apego a las tumbas y a peregrinar a los cementerios

Los chinos no quieren ser incinerados

Los chinos no quieren ser incinerados / LP / ED

Adrián Foncillas

Adrián Foncillas

Cientos de personas protestaron en Shidong, provincia de Guizhou, contra la nueva directiva que ordena la cremación de los difuntos. «Si el Partido Comunista quiere desenterrar las tumbas de nuestros ancestros, que empiece por los de Xi Jinping», se escucha a un vecino en una de las grabaciones que llegaron a las redes sociales. Guizhou es una provincia rural con seculares tradiciones aún vigentes tras medio siglo de veloz desarrollismo y, para complicarlo aún más, con muchos miao, una etnia que considera innegociable el entierro.

La relación con los antepasados es un asunto muy serio en China. Cada 4 de abril, la festividad de Qingming o Día de Barrido de Tumbas, abundan las pequeñas hogueras con papeles que representan objetos de lujo que los seres queridos disfrutarán en la otra vida. Antes solo se quemaban cigarrillos o billetes de dinero falsos, pero la oferta incluye ya esforzados trabajos de papiroflexia en forma de mansiones, coches de lujo, joyas o botellas de alcohol. El giro gubernamental hacia la incineración choca contra ese peregrinaje anual a los cementerios.

China suma ya más de un siglo intentando embridar los rituales excesivos. Durante la época de la República, en la primera mitad del siglo anterior, muchos se persiguieron por anticuados. Con la llegada de los comunistas aumentaron las restricciones. Mao desdeñó las tradiciones funerarias como reliquias feudales que trababan la modernización del país y restaban tierra a la agricultura. Durante la Revolución Cultural ordenó la cremación obligatoria aunque dejó más manga ancha a las etnias minoritarias. En muchas zonas rurales no son raros los diminutos montículos sin identificar.

Ya en este milenio, las reformas legales incentivaron las formas más civilizadas. Era necesario poner orden en un paisaje que ofrecía crónicas funerarias impagables. Algunas familias se arruinaban en ceremonias extravagantes, vulgares y multitudinarias. Surgieron los espectáculos con bailarinas de striptease: cuanta más gente acuda al funeral, argumentaban, más honra para el finado. Arreciaron complejos contratos con plañideras que detallaban la intensidad y la duración de llantos y quejidos.

Delirios de piedad filial aparte, el énfasis de la incineración descansaba en el mismo motivo: China tenía que alimentar a la quinta parte de la población mundial con una treceava parte de la tierra de cultivo mundial. Las últimas décadas han agravado aún más esa relación. La intención era que China alcanzara un 100% de cremaciones en 2020 pero un año después, el último con registros oficiales, apenas sumaba el 59%. Baste el dato para desmentir la obediencia ciega de los chinos. La campaña descansa en la persuasión y los incentivos. Esparcir las cenizas en el mar o enterrarlas junto a árboles son modalidades ecológicas estimuladas. Shanghái, por ejemplo, ofrece 3.000 yuanes (362 euros) a los que eligen una ceremonia marina. En 2012 se prohibió el uso de la fuerza tras una ola de indignación nacional por las 400.000 tumbas arrasadas en la provincia de Henan.

Así que los gobiernos locales han de cumplir las cuotas de incineración sin dinamitar la sacrosanta armonía social. La tozudez de sus administrados no facilita las cosas. Años atrás fueron detenidos dos funcionarios por comprar una veintena de cadáveres a saqueadores de tumbas y enviarlos al horno crematorio con nombres ficticios para cuadrar los números. En otras ocasiones, escasas pero mediáticas, les ha sobrado celo. Autoridades de la provincia de Jiangxi ordenaron en 2018 una razzia contra ataúdes. Los funcionarios registraron casa por casa, los arrancaron de las manos de los vecinos y los amontonaron para que las excavadoras los astillaran antes de quemarlos. Algunos ancianos fueron extraídos a la fuerza de los ataúdes en los que se habían encerrado para evitar la pira. El Diario del Pueblo, principal órgano de propaganda, calificó la campaña de «brutal y bárbara».

La expresión de morirse sin ataúd ni tumba es una maldición en China y el destino habitual de los villanos de la literatura clásica. En algunas zonas del país se fabrican los féretros cuando se alcanza la sesentena por la creencia de que estimulará la longevidad y traerá suerte a la familia. En ocasiones son guardados en oscuros cobertizos antes de su uso. No se repara en gastos y ese contexto explica aquellos fieros combates. También explica que cuatro años antes, en la provincia de Anhui, seis ancianos se suicidaran en las vísperas de la entrada en vigor de la cremación obligatoria. Prefirieron acortar sus vidas para asegurarse la eternidad en una lujosa caja.

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