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Un canario estafa a 40 personas con falsas inversiones en criptomonedas: "Tenía las tácticas más que estudiadas"

La jueza deja a las puertas de juicio a un empresario por cometer un engaño piramidal para sufragarse una vida llena de lujos e inversiones particulares

Uno de los testigos que declaró en el juicio por el caso Tradex, en la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife.

Uno de los testigos que declaró en el juicio por el caso Tradex, en la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife. / E. D.

Benyara Machinea

Las Palmas de Gran Canaria

Una estafa piramidal para sufragarse una vida llena de lujos. Un engaño bajo falsas promesas de inversiones en criptomonedas con más de 40 afectados en Gran Canariay Tenerife, que adoptó una apariencia tan creíble como para engatusar incluso a aquellos policías acostumbrados a perseguir a este tipo de criminales. Un investigado que "tiene todas las tácticas de venta más que estudiadas", según señalan las víctimas, y que logró crear una red que prometía beneficios mediante una estrategia agresiva y altamente rentable.

En definitiva, una farsa que ha caído por su propio peso y en la que ahora se depuran responsabilidades penales. La magistrada de la plaza número 5 de la Sección de Instrucción del Tribunal de Instancia de Las Palmas de Gran Canaria, Ana Isabel de Vega, ha acordado la apertura de procedimiento abreviado contra el presunto responsable, Raúl F. G., una decisión que deja el caso a las puertas de juicio y que da pie a la Fiscalía y a las acusaciones particulares para formular las penas e indemnizaciones por estos hechos, que oscilan entre los seis y los ocho años de cárcel.

La instructora considera que existen suficientes indicios para que el investigado, de 45 años, sea juzgado por presuntos delitos de apropiación indebida, estafa y blanqueo de capitales. A partir de las diligencias practicadas, determina que pudo haber engañado a 40 personas aprovechando su falta de conocimiento en temas relacionados con la minería de las criptomonedas, con el único objetivo de mantener su alto estatus social.

El investigado, Raúl F. G., retiraba el dinero de los inversores para comprarse coches

Se valía de técnicas de venta y de marketing para contactar con las víctimas y lograr que estas le entregaran distintas cantidades de dinero, que supuestamente iba a invertir en minado de la criptomoneda Ethereum. Les prometía que esta operación no tenía riesgo alguno porque adquiría los ordenadores y el software necesarios para su desarrollo, asegurándoles que en caso de no obtenerse beneficios siempre se podían vender.

Así, les manifestaba que la inversión se iba a realizar a través de la empresa Racimo Farm, de la que era propietario junto con un socio ficticio llamado José, y que la inversión se canalizaba a través de otra empresa propia, Vaclaudez. De esta forma, logró que medio centenar de personas, algunos de ellos agentes de la autoridad que se dejaron llevar por el boca a boca, invirtieran en su farsa. Les prometía que disponía de naves con ordenadores mineros y que tenía un contrato formalizado con Endesa para abaratar los costes de producción.

Esquema piramidal

Sin embargo, todo era una cortina de humo. Montó una estafa piramidal, con una inversión tipo Ponzi como es habitual en estos casos, a través de la cual iba consiguiendo distintas cantidades, con cuya inversión pagaba los intereses prometidos a los primeros. Como consecuencia de estos supuestos beneficios, que en realidad procedían del dinero aportado por otras víctimas, lograba darle una apariencia de credibilidad y de seriedad a su red, con lo que los afectados animaban a otras personas próximas a su entorno a invertir de la misma forma.

El supuesto estafador les hacía creer que estaban adquiriendo un hardware y softwate (Rings y Botc) para el minado de criptomonedas, con lo que logró ingresos con una actividad ficticia que poco a poco se fue derrumbando. Finalmente, se vio atrapado en su propio engaño al no poder pagar los supuestos intereses generados ni devolver el capital, bien porque no había suficientes inversoras o porque el dinero fue sustraído para su propio beneficio. Fue así como se descubrió la farsa y los afectados pudieron comprobar que no iban a recuperar lo invertido, perdiendo cuantías que van desde los 500 hasta los 85.000 euros.

La jueza concluye a partir de la documentación analizada que «esa minería que alegaba para atraer el dinero de inversiones no existía». No hay constancia de que tuviera alquilada ninguna nave ni que hubiera adquirido ordenadores para ello y los recibos de electricidad son los propios de un consumo familiar. Tampoco presentaba impuesto de actividades económicas ni de la Renta de las Personas Físicas y presentaba deudas con la Seguridad Social.

"Eran prácticas de dilación, pero no podía pagar porque no invertía ese dinero"

En sus cuentas bancarias constan muchos ingresos procedentes de los inversores engañados, que a continuación eran retirados para cubrir sus gastos personales. Fue así como logró incorporar a su patrimonio dos vehículos por importe de 25.000 euros y 177.000 euros en inversiones en criptomonedas para sí mismo.

«Era un vendehúmos, como suele ser el perfil de este tipo de estafadores, y siempre tenía una respuesta para todo», asegura una de las víctimas, un agente de la Policía Nacional que prefiere declarar desde el anonimato. En su caso, fue un compañero de trabajo quien le comentó que había comprado con este empresario una máquina para minar criptomonedas y había obtenido ganancias económicas. Fue así como él también decidió animarse y seguir sus pasos y, como vio que conseguía beneficios, fue invirtiendo más y más hasta llegar a perder cerca de 14.000 euros.

Recomendaciones entre socios

El propio afectado le recomendó el negocio a otras personas de su entorno porque veía que Raúl F. G. cumplía con los pagos y respondía a sus dudas. Sin embargo, «llegó un momento en el que se empezó a retrasar con los pagos y a poner excusas. Decía que no estaba en casa, que estaba malo o que tenía que cuidar a su madre. Hasta que dejó de pagar por completo», recuerda.

Para darle credibilidad al engaño, le pasaba fotos de las máquinas que supuestamente había comprado. «Lo vendía como un negocio con una rentabilidad brutal, nos decía que era seguro y que llevaba tiempo en el mundillo, pero al final nunca existieron esas máquinas», señala el perjudicado.

El investigado tiene causas pendientes de juicio por otras supuestas estafas y los inversores lo describen como una persona con temple, que mantenía el tipo incluso cuando empezaron a caer sus mentiras. «Era un profesional que sabía lo que estaba haciendo y había dolo por su parte, porque sabía que nos estaba engañando», afirma el afectado. Aunque hay 40 personas en la causa, el número de víctimas es superior, pero algunos de los que perdieron menos dinero renunciaron a denunciar para no verse involucrados en un proceso judicial que puede extenderse varios años.

"Era un profesional que sabía lo que estaba haciendo y era consciente de que nos estaba engañando"

Otro de los perjudicados, del mismo sector profesional, perdió alrededor de 15.000 euros tras caer en las redes del empresario. Un amigo se lo recomendó para obtener ganancias con el negocio de las criptomonedas porque confiaba en él, ya que se conocían desde pequeños y habían crecido juntos. El agente se mostró reticente en un primer momento porque conocía algo del negocio y era consciente de que «el 90% de esas cosas son estafas». Sin embargo, tras ver a través de un compañero de trabajo que pagaba con regularidad y que le mostraba vídeos de las naves y de las máquinas que supuestamente compraba, decidió arriesgarse.

«Se veía que el chico pilotaba bastante el tema y era capaz de venderle la moto a cualquiera, pero a mí no fue su personalidad la que me convenció, sino el hecho de que era amigo de un compañero y eso me daba cierta tranquilidad», señala el perjudicado. Utilizó con él sus tácticas de venta y le convenció para invertir más de lo que había previsto en un primer momento. «Desde el minuto uno empezó ya con las excusas para los pagos y a mí me empezó a sonar raro. Empecé a indagar y, de hecho, fui yo el que le abrió los ojos a mi compañero, que se salió», apunta.

A partir de ese momento, el perjudicado centró sus esfuerzos en intentar recuperar lo invertido, pero solo recibía largas y justificaciones de que las máquinas estaban de camino y tendría su dinero de vuelta. «A lo mejor a una persona de nuevas lo engañan, pero nosotros ya sabíamos que todo eran prácticas de dilación, pero no podía pagar porque no se estaba invirtiendo ese dinero», asegura el policía.

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