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Análisis

Mantuana divina y extraviada

Trump recibió a María Corina Machado en su otro despacho de trabajo en el ala este

Mantuana divina y extraviada

Mantuana divina y extraviada / LP / ED

Alfonso González Jerez

Alfonso González Jerez

La imagen era deprimente. María Corina Machado avanzaba por una acera con una sonrisa postiza. A pocos metros coreaban su nombre algunas docenas de venezolanos. A Machado la acompañaba Magali Meda, amiga íntima y directora de su equipo de campaña, tan leal en lo personal como limitada en lo político. Con Meda se ha adaptado un viejo chiste que se empleaba con Nixon: «Cuando Corina está con Magali Meda, ¿con quién habla?». Pero es la sombra de la dirigente venezolana, mucho más que Pedro Urruchurtu, politólogo y su encargado de relaciones internacionales, o la periodista Claudio Macedo. Machado y Meda llegaron juntas a Washington y juntas se trasladaron a la Casa Blanca. Y fue una decepción. Donald Trump no ofreció una reunión de trabajo. Ni un intercambio de información. Ni avanzó un programa de actuación en el que María Corina y su gente tuvieran un papel reconocido. Ni siquiera una foto en el Despacho Oval y mucho menos una rueda de prensa conjunta. Trump la recibió en su otro despacho de trabajo en el ala este, mucho más modesto, y la invitó a almorzar en su pequeño comedor. Solo al servir el café -como buen cubano- llegó Marco Rubio. Fue entonces, vergonzosamente, cuando Machado le quiso entregar la estatuilla del Premio Nobel de la Paz a Trump, que lo recibió sonriente: se tomó entonces la única foto del encuentro.

Algunos mariacorinistas insistieron mucho en una supuesta amabilidad de Trump. «Le estuvo enseñando varias dependencias de la Casa Blanca», dijo uno. Machado ya había estado en la Casa Blanca, siendo recibida por George W. Bush en el Salón Oval como la figura de la oposición venezolana más prometedora. Y, paradójicamente, después de demostrar durante casi veinte años que el equipo de Bush no se equivocaba, veinte años de activismo, enfrentamientos, amenazas, muertes y detenciones muy próximas, brutales campañas de desprestigio y una penosa clandestinidad, María Corina Machado luchaba contra una convicción creciente: la caída de Nicolás Maduro no era necesariamente el fin de la dictadura, pero podía ser el de su carrera política. ¿Quién de los dos está ahora mismo (física y políticamente) más lejos de Venezuela?

Una millonaria para un pueblo

Hace ya algunos años el más inteligente de los humoristas venezolanos, Laureano Márquez, describió zumbonamente a María Corina Machado: «Es una mantuana divina». En Venezuela se llamó mantuanos a la élite criolla hasta principios del siglo XIX, dueños de grandes explotaciones agrícolas y de miles de esclavos, que funcionaban, bajo la autoridad virreinal, como una aristocracia local. Machado procede de una larga estirpe de empresarios cuya figura central fue su padre, Henrique Machado Zuloaga, impulsor de negocios siderúrgicos y manufacturas, un empresario astuto y ambicioso obsesionado por modernizar la gestión de sus empresas y extenderlas incluso fuera del país. Estudió en Caracas Ingeniería, en la Sorbona Planificación Industrial y en la London School of Economic economía y dirección de empresas. A los cuarenta años era el empresario metalúrgico más importante de Venezuela. Su empresa matriz, siderúrgica de Venezuela (Sivensa), cotizaba en Bolsa, y aunque sufrió lo suyo desde los años ochenta, seguía siendo una compañía pujante a finales de los años noventa.

El chavismo significó el principio del fin. Machado Zuloaga detestó desde el primer minuto a Hugo Chávez y a los anhelos revolucionarios que escondió el teniente coronel de paracaidista hasta que llegó al poder en 1999. El empresario financió muchos grupos de la oposición a la naciente dictadura hasta que el régimen decidió liquidarlo después de asaetearlo con denuncias y multas durante una década. El activismo de su hija María Corina fue la guinda para Hugo Chávez, que en 2012 anunció -por la tele incluso- que había aprobado abonar 298 millones de dólares a Sivensa por la expropiación de su principal filial. Lo peor fue que el Gobierno chavista jamás pagó un céntimo. Los hijos y nietos de Machado se recuperaron empresarialmente en Miami. María Corina decidió quedarse. El chavismo ya era una dictadura. Y quería aniquilarla.

Licenciada en Ingeniería como su padre y con un posgrado en Yale, María Corina Machado se deslizó desde las obras de caridad hacia el activismo político en el cambio de siglo. Le costó despegarse de la imagen de una joven rica que pedía venganza contra el héroe de los pobres y oprimidos. Pero lo consiguió. Su principal instrumento fue la audacia táctica y la decisión estratégica de no dar tregua a la dictadura. Montó una plataforma cívica, Súmate, y desde ahí consiguió demandar un referéndum revocatorio en 2004. Antes de un año debió enfrentarse a cargos de conspiración criminal. Desde Vente Venezuela pudo ser elegida diputada en la asamblea nacional. Una sola vez, brevemente, confrontó con Chávez, que se negó a responderle porque «usted no tiene ranking para debatir conmigo». Al año y medio fue expulsada del escaño y empezó la lucha directa contra un chavismo cada vez más autoritario, emporcado y brutal. Pero también contra una oposición rota, fragmentaria, cainita, una y otra vez dispuesta a apaños y corruptelas con el régimen, con líderes tan execrables como Henrique Capriles. Machado se alzó sobre esa oposición titubeante y falsaria, y aunque fue inhabilitada en las elecciones presidenciales de 2024, consiguió urdir una candidatura unitaria con Edmundo González como candidato. Ganaron las elecciones pero Nicolás Maduro las robó con un cinismo vomitivo. En ese esperanzado verano de 2024 decenas de miles de hogares venezolanos tenían una foto de Machado en la pared, junto a la figurita del doctor José Gregorio. Pero entonces, precisamente entonces, la líder opositora más popular cometió un error: creerse lo que le dijeron varios oficiales de las Fuerzas Armadas («un 80% hemos votado por ti, hasta en Fuerte Tiuna ha ganado Edmundo») y esperar que los gringos acabaran con Maduro. Un mal cálculo: a Donald Trump, Machado, la heroína que se jugó la libertad y el pescuezo, no le servía. Quería un gobierno títere y una presidenta chavista para que pudiera controlar a los chavistas y, sobre todo, al Ejército. No estaba dispuesto a que muriera un solo marine para que Edmundo o María Corina durmieran en Miraflores y se iniciara un arriesgado proceso de democratización en Venezuela. Ahora la señora Machado duerme a veces en París y otras en Londres, mientras se va apagando una llama a la que le ha dedicado media vida, porque Trump ni siquiera le garantizó que pudiera volver a su patria sin riesgo de ser automáticamente detenida por los esbirros del ministro del Interior, Diosdado Cabello.

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