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Entrevista | Javier Castañeda Tramunt Psicólogo

Javier Castañeda Tramunt: «Se ha asumido la idea de que estar siempre ocupados es sinónimo de vida plena»

En la sociedad actual, parar se ha convertido en una experiencia cada vez más difícil. La prisa ya no es solo un ritmo externo, sino un estado interior que se ha normalizado

El psicólogo Javier Castañeda Tramunt en consulta

El psicólogo Javier Castañeda Tramunt en consulta / E. D.

Las Palmas de Gran Canaria

La sociedad actual está marcada por la prisa y la sobreestimulación. ¿Por qué cree que resulta tan difícil parar hoy en día?

Parar se ha convertido en una de las tareas psicológicas más complejas de nuestro tiempo porque va a contracorriente del modelo sociocultural dominante. Vivimos en un contexto que refuerza como valores positivos la velocidad, la disponibilidad permanente y la respuesta inmediata. Desde muy temprano aprendemos, directa o indirectamente, que estar ocupados y producir equivale a ser valiosos y que detenerse es sinónimo de pereza, debilidad o fracaso. Sin embargo, el cerebro humano no está diseñado para la hiperactivación constante, aunque sí es altamente moldeable por el entorno. La dificultad para parar no es solo cuestión de voluntad individual, sino el resultado de una interacción continua entre factores sociales, tecnológicos, económicos y psicológicos. El ritmo acelerado se normaliza, se interioriza y acaba convirtiéndose en un automatismo. Muchas personas no eligen no parar, simplemente ya no saben cómo hacerlo sin experimentar ansiedad, culpa o sensación de vacío.

¿De dónde nace esa sensación de culpabilidad de la que habla?

La culpa asociada al descanso o a la inactividad no es innata, es aprendida y cultural. La sociedad ha vinculado el valor personal con el rendimiento y la productividad. Desde edades tempranas interiorizamos la idea de que merecemos descansar después de haber hecho lo suficiente, pero ese ‘suficiente’ rara vez está claramente definido. Esta culpa actúa como un mecanismo de control interno que nos mantiene activos incluso cuando estamos agotados. Además, en muchas personas se combina con creencias relacionadas con la autoestima y rara vez son cuestionadas de forma consciente, lo que contribuye a perpetuar la sensación de malestar.

¿Qué efectos tiene en la salud mental, el hecho de vivir expuestos a estímulos, pantallas y notificaciones de forma permanente?

La exposición continua a estímulos, especialmente digitales, tiene un impacto profundo en la salud mental. En primer lugar, genera un estado de hiperalerta sostenida. Y es que el cerebro interpreta las notificaciones, mensajes y cambios constantes como señales potencialmente relevantes, manteniendo activado el sistema atencional de forma crónica. Esto se traduce en dificultades de concentración, irritabilidad, fatiga mental y problemas de memoria. A largo plazo, este estado de activación constante se asocia con un mayor riesgo de sufrir ansiedad, insomnio, trastornos del estado de ánimo y agotamiento emocional. Otro efecto relevante es la fragmentación de la atención. Saltar constantemente de un estímulo a otro reduce la capacidad de pensamiento profundo, reflexión sostenida y procesamiento emocional. Vivimos más reaccionando que elaborando. Cada vez se observan más personas que no están especialmente deprimidas ni ansiosas en términos clásicos, pero sí profundamente desconectadas de sí mismas, con una sensación persistente de vacío o de estar funcionando en automático.

Por tanto, ¿es probable que la sociedad en general esté confundiendo cada vez más la actividad constante con la productividad o el bienestar?

No solo es probable, sino que es una de las mayores confusiones actuales. Desde un punto de vista psicológico, actividad no equivale a productividad, y productividad no equivale a bienestar, aunque culturalmente hayamos fusionado estos conceptos hasta hacerlos casi indistinguibles. La actividad constante ofrece una ilusión de control y eficacia, pero muchas veces va acompañada de una disminución real del rendimiento, del pensamiento creativo y la capacidad de tomar decisiones complejas. Con el bienestar, la confusión es aún más peligrosa. Se ha asumido la idea de que estar siempre ocupados es sinónimo de una vida plena. Sin embargo, el bienestar psicológico incluye la capacidad de descansar sin culpa, tolerar el vacío y el aburrimiento, conectar con las propias emociones y dar sentido a la experiencia por sí misma.

«Vivimos en un contexto que refuerza como valores positivos la velocidad y la disponibilidad permanente»

¿Qué se entiende por la contemplación y en qué se diferencia de descansar o desconectar?

Desde la psicología clínica, la contemplación se relaciona con procesos como la mentalización, la autoconciencia emocional y la regulación afectiva, algo que no siempre ocurre cuando descansamos consumiendo más estímulos. Contemplar implica estar presente de forma consciente y receptiva, sin un objetivo productivo inmediato. No se trata de no hacer nada, sino de permitirse percibir, sentir y observar tanto el entorno como la propia experiencia interna. A diferencia de descansar, que suele asociarse únicamente a recuperar energía, o de desconectar, que a menudo implica distraerse o evadirse, la contemplación supone un tipo de atención abierta y no instrumental. En este sentido, es una práctica reguladora del sistema nervioso y que favorece la integración emocional.

¿Qué otros beneficios aportan la contemplación o el silencio a nivel emocional y cognitivo?

Como he comentado, la contemplación permite regular el sistema nervioso, favoreciendo el paso de un estado de activación constante a uno de mayor calma que reduce los niveles de estrés, ansiedad e irritabilidad. Por otro lado, a nivel emocional, el silencio facilita el contacto con las propias emociones. Además, en el plano cognitivo, la contemplación mejora la claridad mental, la capacidad de reflexión y la integración de las experiencias.

¿Considera que se puede hablar de una revolución cultural en torno a la necesidad de parar y mirar hacia el interior?

Probablemente, estamos en una fase inicial de esa revolución. Por un lado, existe una creciente conciencia social sobre la importancia de la salud mental, el autocuidado y los límites, entrando en el discurso público y en las organizaciones. Sin embargo, también existe el riesgo de que esta supuesta revolución se convierta en una nueva forma de exigencia: ahora no solo hay que rendir, sino también saber parar, meditar bien y gestionarse emocionalmente de manera eficiente. Hay que tener en cuenta que el verdadero cambio cultural no consiste solo en introducir prácticas individuales, sino en revisar los valores colectivos: qué entendemos por éxito, por tiempo bien empleado y por vida digna. En este sentido, estamos aún ante un proceso de cuestionamiento, todavía lleno de contradicciones.

¿Qué señales psicológicas alertan de que es necesario bajar el ritmo antes de llegar al agotamiento?

Existen múltiples señales, y el conflicto radica en que muchas se han normalizado. Entre las más frecuentes, encontramos la fatiga persistente que no mejora con el descanso, la sensación constante de prisa sin causa objetiva, la irritabilidad o la dificultad para disfrutar de actividades que antes resultaban gratificantes. Otras señales importantes son la desconexión emocional, sentirse ‘apagado’, funcionar en automático o experimentar una pérdida de sentido. También son indicadores de alarma los problemas de sueño, la rumiación constante, la sensación de desbordamiento ante pequeñas tareas y la dificultad para poner límites. Ahora bien, el agotamiento no aparece de golpe, sino que se construye poco a poco cuando se ignoran estas señales. Aprender a escucharlas no es un acto de debilidad, sino una forma responsable de cuidado psicológico.

«La contemplación regula el sistema nervioso y favorece la integración emocional»

¿Qué papel juega la ansiedad en esta incapacidad para detenerse, incluso cuando la persona es consciente de que lo necesita?

La ansiedad cumple un papel central en la dificultad para parar. No es solo un conjunto de síntomas, sino un estado interno de anticipación constante, una disposición hacia el futuro marcada por la necesidad de prevenir amenazas, errores o pérdidas. Cuando una persona vive con niveles elevados de ansiedad, su sistema nervioso permanece hiperactivado y parar no se percibe como descanso, sino como riesgo. Detenerse implica bajar la guardia y soltar el control, y para una mente ansiosa puede vivirse como peligroso, incluso cuando racionalmente la persona sepa que necesita descansar. La actividad constante funciona entonces como una estrategia de regulación emocional desadaptativa: mantiene a raya los pensamientos intrusivos, los miedos y las sensaciones corporales desagradables. Así, se genera un círculo vicioso.

¿Parar es un privilegio o puede convertirse en una herramienta accesible para cualquiera, con independencia de su ritmo de vida?

Es innegable que existen desigualdades reales en cuanto a tiempo, recursos y condiciones de vida. No todas las personas tienen las mismas posibilidades objetivas de detenerse, sobre todo aquellas que viven situaciones de sobrecarga laboral, precariedad o responsabilidad constante de cuidados. Sin embargo, es importante introducir un matiz clave: parar no siempre significa disponer de mucho tiempo, también cambiar la relación que tenemos con él. La pausa no es solo una cuestión cuantitativa, sino cualitativa. No se trata solo de tener horas libres, sino de permitirse momentos, aunque sean breves. El descanso no es un privilegio, sino una necesidad básica para un funcionamiento mental saludable.

¿Cómo influyen las redes sociales y la cultura de la inmediatez en la relación con el tiempo y la atención?

Las redes sociales y la cultura de la inmediatez han transformado radicalmente nuestra experiencia del tiempo y la atención. Vivimos en un entorno que fragmenta la atención, interrumpe los procesos mentales y refuerza la gratificación inmediata, reduciendo la tolerancia a la espera, al aburrimiento y al silencio. Así, el tiempo deja de vivirse como algo continuo y se experimenta como una sucesión de microinstantes. Además, se genera una sensación permanente de urgencia que dificulta parar sin sentir que se está llegando tarde. La atención, que es un recurso limitado, se ve colonizada por estímulos externos, dejando poco espacio para la introspección, la contemplación o el pensamiento profundo.

Desde su experiencia clínica, ¿qué le diría a quienes sienten que no pueden tener ni un segundo de tranquilidad?

En primer lugar, que tienen que tener claro que esa sensación es comprensible y compartida. No es un fallo individual, sino una respuesta humana a un entorno exigente y acelerado. También les diría que no esperen a que el mundo cambie para permitirse parar, pues tal y como está organizado, raramente les concederá pausas de manera espontánea. Parar no significa rendirse ni desaparecer, sino reaprender a habitar el tiempo de otra manera. A veces no se trata de cambiar todo, sino de empezar por algo pequeño y posible. Por otro lado, hay que saber pedir ayuda cuando se siente que no se puede más, y asumir que no es una derrota. En definitiva, recuperar la tranquilidad no es un destino, más bien es un proceso que comienza cuando dejamos de preguntarnos si tenemos permiso para parar y empezamos a ser capaces de descansar sin culpa. En realidad, se trata de aprender a reconstruir el valor personal.

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