Reportaje
El eco de los Balcanes: el misterio eterno de las voces búlgaras
«Una música que parece venir de un pasado remoto suena más moderna que cualquier composición electrónica actual», dijo la crítica especializada

Moneva y Olga Cerpa, arriba en el centro, acompañadas por la veinticuatro integrantes del coro que participan en ‘Canarii’. / LP / ED
Manuel González Ortega
Más que un fenómeno discográfico de los años 80, el canto coral búlgaro representa una de las arquitecturas sonoras más complejas del mundo. Un viaje desde los campos de labor hasta las vanguardias internacionales. Por primera vez en Canarias, gracias al patrocinio del programa En Paralelo del Festival d e Música de Canarias, se puede disfrutar en vivo de uno de los patrimonios culturales más importantes de la cultura del país balcánico: el coro de voces de la Maestra Vanya Moneva
El coro de voces de la Maestra Vanya Moneva participará en una especial versión de concierto de Canarii en dos funciones que se ofrecerán los días 21 y 22 de enero en el Teatro Guiniguada de Las Palmas de Gran Canaria y en el Teatro Leal de La Laguna. junto a Olga Cerpa, Teddy Bautista, Hirahi Afonso y Félix Morales, acompañados por las percusiones étnicas de Jonnhy Olivares y los vientos de Jairo Cabrera. También lo harán en solitario, los días 24 y 25 del mismo mes, con un programa de canciones búlgaras tradicionales y del cancionero religioso ortodoxo en las localidades de Valle Gran Rey (La Gomera) y El Paso (La Palma).
Dentro de la partitura general de Canarii, que consta de ocho movimientos donde se interpolan sonidos étnicos y contemporáneos interpretados en directo, a veces fundidos con materiales sonoros secuencienciados, participarán con sus voces en varias piezas. Las tres principales, basadas en antiguas canciones tradicionales de La Palma y El Hierro y en una endecha aborigen, fueron arregladas por el compositor Yónatan Sánchez Santianes, que se guió por modelos de armonización vocal de la tradición búlgara.
Tuvimos la suerte de poder incluirlas como colaboradoras en la partitura musical de nuestra producción, con una música originalmente pensada como banda sonora de un ballet contemporáneo cuya coreografía fue ideada por el tinerfeño Daniel Abreu, Premio Nacional de Danza. Su presencia entonces en el estreno de la obra en la temporada de invierno del 2023 del Teatro Cuyás quedó restringida a un archivo sonoro que incorporaríamos al directo de las representaciones; fue el resultado de una grabación que realizamos en un estudio de grabación de Sofía meses antes de la presentación del espectáculo.
En la distancia hemos mantenido con su directora, Vanya Moneva, una comunicación regular que ha terminado de plasmarse en su próxima participación en el Paralelo del Festival de Música de Canarias, tanto en su ansiada participación en directo dentro de la producción de Canarii como en dos conciertos que ofrecerán en solitario con un programa de canciones folklóricas búlgaras.
Todo comenzó en 1986, con un disco con una portada austera y un título sugerente, Le Mystère des Voix Bulgares, que aterrizó en las tiendas de música de Londres y Nueva York con una modesta promoción publicitaria; era una producción que no contenía sintetizadores ni guitarras eléctricas, sino las voces de un coro de mujeres búlgaras que cantaban con una técnica que desafiaba cualquier lógica académica occidental. Lo que empezó como un hallazgo de etnomusicólogos terminó convirtiéndose en un objeto de culto para artistas de la talla de Kate Bush, George Harrison y David Bowie.
Pero, ¿qué hay realmente detrás de este sonido que parece suspendido entre lo ancestral y lo extraterrestre? La primera vez que se escucha el folklore búlgaro, el oído occidental experimenta una sacudida. La razón es técnica: la disonancia controlada. Mientras que nuestra música se basa en la búsqueda del equilibrio y la resolución de tensiones, el canto búlgaro abraza los intervalos de segunda —notas casi pegadas entre sí— que generan un fenómeno físico conocido como «batido». El aire vibra de tal manera que el oyente no solo escucha la música, sino que la siente físicamente en el pecho.
A esto se suma la técnica de la «voz abierta». A diferencia del vibrato de la ópera, que busca suavizar el tono, las cantantes búlgaras proyectan el sonido directamente desde la laringe con una potencia metálica y un brillo que permitía, antiguamente, que las canciones se escucharan de una colina a otra en las cordilleras de los Balcanes y las Ródope.
El tiempo no es lineal: ritmos cojos
Para el folklore búlgaro, el metrónomo es un concepto elástico. El compositor húngaro Béla Bartók fue el primero en documentar los llamados «ritmos asimétricos». En lugar del estándar 4/4 de la música pop, en Bulgaria es común encontrar compases de 5, 7, 9 o hasta 11 tiempos.
Estos ritmos, denominados por los lugareños como «ritmos cojos» (aksak), no son producto de una experimentación académica, sino del movimiento natural del cuerpo: son ritmos diseñados para bailar el horo (la danza circular) o para acompañar las tareas de la siega. Es una geometría musical que muchos niños búlgaros aprendían antes incluso de saber leer. El paso del campo al escenario fue una transformación orquestada durante el siglo XX. Compositores como Philip Koutev tomaron las canciones rurales —originalmente monofónicas o a dos voces— y las arreglaron para grandes coros polifónicos.
El resultado fue una hibridación única: la crudeza del canto campesino combinada con la sofisticación de la polifonía moderna. Este es el «misterio» que capturó el etnomusicólogo suizo Marcel Cellier en sus grabaciones originales. No era simplemente folklore preservado en ámbar, sino una tradición viva que se atrevía a ser vanguardista.
Detrás de la explosión global de este sonido hay una historia de amor y tenacidad que comenzó a mediados del siglo pasado. Todo nació de un encuentro fortuito a través de las ondas: Marcel Cellier y su esposa Catherine escucharon por primera vez las canciones populares búlgaras en una emisión de la Radio Nacional de Bulgaria (BNR). Aquel impacto sonoro no fue una anécdota pasajera, sino el inicio de una misión de vida que los vinculó para siempre al folklore de este país.
Gracias al empeño de Cellier el mundo pudo conocer las grabaciones del Conjunto musical de la Radio Nacional búlgara. Lo que hoy conocemos internacionalmente bajo el sugerente nombre de El misterio de las voces búlgaras es, en gran medida, el legado de este matrimonio que supo identificar en aquellas voces una joya oculta de la humanidad. Como recuerda el Archivo de la BNR, Cellier fue el puente indispensable entre la tradición rural búlgara y los oídos ávidos de autenticidad de todo el planeta.
El etnomusicólogo comenzó su colaboración con la Radio Nacional de Bulgaria comprando varias grabaciones para una emisión radiofónica en Suiza dedicada al canto coral búlgaro. Estos programas de radio, de 30 minutos de duración, se estuvieron emitiendo una vez al mes entre los años 1960 y 1990. En 1975 apareció el primer álbum con el título de El misterio de las voces búlgaras y el segundo álbum portador del mismo título, fue galardonado con un premio Grammy en la categoría de Mejor Grabación Folclórica Tradicional (Best Traditional Folk Recording) en 1989.
Un mapa de identidades
«Es una música que parece venir de un pasado remoto, pero que suena más moderna que cualquier composición electrónica actual», llegó a decir la crítica especializada tras la explosión internacional de la producción discográfica. Como fenómeno mediático y cultural fue el antecedente de lo que ocurriría, años más tarde, con el disco de canto gregoriano de los monjes de Santo Domingo de Silos.
Bulgaria no canta con una sola voz. El país se divide en regiones que son, en sí mismas, universos sonoros: Shopluk es la fórmula conocida por su canto a dos voces, donde una voz «vuela» mientras la otra mantiene un pedal constante, creando un efecto de zumbido eléctrico. En el macizo de Las Ródope es donde se canta las canciones más lentas y profundas, a menudo acompañadas por la kaba gaida (una gaita de sonido grave y telúrico); y en la región de Tracia es donde la ornamentación es tan intrincada que las voces, en la opinión de los amantes de la música búlgara tradicional, parecen imitar el trino de los pájaros.
Hoy, el fenómeno de Las Voces Búlgaras sigue más vivo que nunca. Más allá de los Grammys y las giras mundiales, este estilo coral representa la resiliencia de una identidad que sobrevivió a siglos de ocupación otomana y, más tarde, a la estandarización del bloque soviético. En un mundo globalizado donde la música suele sonar cada vez más uniforme, el misterio búlgaro nos recuerda que la voz humana es el instrumento más poderoso que existe. No es solo folklore; es una exploración de los límites de la acústica y una de las formas más hermosas de entender que, a veces, la belleza más profunda se encuentra en la disonancia.
Vanya Moneva y sus mujeres cantoras
En la Bulgaria actual, una de las figuras que mejor representa la unión entre tradición y modernidad en el ámbito de la cultura es, sin duda, la doctora Vanya Moneva. Su coro no es solo una institución musical, sino uno de los tesoros vivos más respetados de su país. Si en su día Philip Koutev fue el pionero de la estructura coral, Moneva ha sido la visionaria que ha roto moldes, llevando estas voces ancestrales hacia horizontes inesperados como el jazz contemporáneo, el pop de vanguardia y la música de cantata.
El prestigio de esta formación se ha forjado con proyectos y producciones que han dado la vuelta al mundo. Desde el premio ECHO de la industria alemana por su colaboración en el álbum Bulgarian Soul, hasta coronarse con el primer premio en Let the Nations Sing, el concurso coral más importante del planeta. Su trayectoria es una sucesión de éxitos que incluye la Lira de Cristal y el nombramiento de su directora como Músico del Año, celebrando décadas de excelencia con giras internacionales y discos tan profundos como The Way.
La huella del coro ha llegado incluso a renombrados espacios escénicos de Oriente: así, han conquistado Japón de la mano del compositor Jun Miyake, actuado en el legendario club Blue Note de Tokio y participado en citas icónicas como el Festival de Jazz de Montreux. Tal es su impacto que el Gobierno japonés les confió la grabación de su himno nacional para la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Río 2016.
Pero su voz no solo suena en los grandes auditorios; tampoco le hacen asco a la cultura popular moderna. Sus grabaciones forman parte de las bandas sonoras de superproducciones como Star Wars: Solo y la aclamada serie de HBO His Dark Materials. Escucharlas cantar el nai de Valentina la de Sabinosa o un romance tradicional palmero dentro del espectáculo Canariii, invocando una espacialidad y un territorio espiritual a través de la ancestralidad de sus voces, es una experiencia singular con la que acentúan una vocación de transmisión cultural sin fronteras que ha sido uno de los principales objetivos de esta singular formación coral desde su nacimiento hace más de dos décadas.
Con ese hábito y un talento educado en una rigurosa disciplina de trabajo y ensayos que la ha hecho merecedora de la biografía profesional que la precede, la Maestra Moneva aterriza por primera vez en Canarias con una formación de veinticuatro cantantes. Convierte su próxima gira por las islas en una cita obligatoria para cualquier amante de la música sin adjetivos.
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