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Fallece a los 94 años Cristino de Vera, el artista canario que encontró la luz y la belleza en la muerte

Durante buena parte de su vida, Cristino de Vera reflexionó sobre la muerte a través de su producción pictórica. Este viernes, falleció a los 94 años y fue el momento de abordar, desde ese rincón del pensamiento, su prolífica vida. Ampliamente condecorado, el artista tinerfeño deja un legado repleto de calidad artística y filosofía.

El pintor tinerfeño Cristino de Vera posa durante la inauguración de una de sus exposiciones en el Instituto Valenciano de Arte Moderno.

El pintor tinerfeño Cristino de Vera posa durante la inauguración de una de sus exposiciones en el Instituto Valenciano de Arte Moderno. / Efe

Patricia Ginovés

Patricia Ginovés

Santa Cruz de Tenerife

La muerte era una certeza inevitable para Cristino de Vera, quien este viernes, finalmente, se encontró con ella a los 94 años. El pintor tinerfeño, Premio Nacional de Artes Plásticas en 1998 y Premio Canarias de Bellas Artes e Interpretación en 2005, falleció en Madrid, donde vivía desde hacía décadas, tras varios días en los que su salud se había ido deteriorando notablemente. La pintura canaria queda ahora huérfana de uno de sus mayores exponentes, de quien rubricó algunas de las pinturas más emblemáticas del arte contemporáneo de las Islas. Unas obras las que la muerte, a través de la luz, lo conquistaba todo. No en vano, sus obras pueblan las más diversas colecciones de arte del país, desde el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Instituto Valenciano de Arte Moderno, la Fundación César Manrique, el Centro Atlántico de Arte Moderno o TEA Tenerife Espacio de las Artes, entre muchas otras. Además, está representado en la Colección de Arte de la Fundación CajaCanarias y en la Colección de Arte del Gobierno de Canarias. Esta última, compuesta por 35 óleos y dibujos donados por el pintor, se encuentra en depósito en la Fundación CajaCanarias–Cristino de Vera, la iniciativa que abrió sus puertas en 2009 en La Laguna para incentivar el acceso al estudio y la investigación de su obra.

Cristino de Vera nació en Santa Cruz de Tenerife el 15 de diciembre de 1931, por lo que la posguerra marcó su niñez y puso los cimientos de lo que más tarde fue una personalidad retraída. Precisamente en la pintura encontró una forma de plasmar su rico mundo interior, por lo que en 1946 ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Santa Cruz de Tenerife, donde tuvo como primer maestro a Mariano de Cossío. Con 17 años, en 1951, se trasladó a Madrid para estudiar arte bajo la tutela del pintor Daniel Vázquez Díaz. Fue en la capital donde entró en contacto con algunos de los grandes maestros que se muestran en el Museo del Prado, donde quedó prendado de las obras de Zurbarán. De hecho, llegó a comentar: «Me siento discípulo de Cézanne, pero fue muy fuerte la impresión que me produjo la pintura de Zurbarán cuando la vi en el Prado».

En 1962, recibió la beca de la Fundación Juan March para descubrir Europa y, desde entonces, se convirtió en un viajero incansable. Aunque sin dejar de visitar, tanto por su labor artística como por su vida personal, Canarias, a lo largo de su vida tuvo la oportunidad de pasear por los más diversos países y conocer a grandes artistas de todas las épocas. A pesar de que aquellos fueron años complicados en España, puesto que la transición democrática también estaba dando lugar a los cimientos de una nueva forma de cultura, en todo aquel tiempo la propuesta artística de Cristino de Vera se mantuvo como congelada en el tiempo.

Cristino de Vera.

Cristino de Vera. / JOSE LUIS ROCA

En el año 2024, Cristino de Vera se convirtió en la primera persona en obtener la Gran Distinción de Nivaria, la máxima condecoración del Cabildo de Tenerife, y con la que la Isla vino a honrar la figura de este pintor que se empeñó en mezclar a través de sus pinceladas la luz y la muerte. El artista canario puso, así, su obra al servicio de la meditación y de la contemplación y dio forma a una nueva mística que convirtió a Cristino de Vera en un artista enigmático y, a la vez, fundamental en el arte español de finales del siglo XX.

Obra poética

La pintura de Cristino de Vera presume por ser un canal a través del cual el tinerfeño volcó los sentimientos más profundos del ser humano –y también suyos–, como el dolor, la angustia, el sufrimiento, el tiempo, la soledad o la muerte. Todos esos elementos constituyen una producción artística caracterizada por la coherencia y la continuidad desde sus inicios y hasta el final de su trabajo, hace muy pocos años.

En una época en la que las vanguardias pictóricas conquistaban la escena canaria, Cristino de Vera supo mantenerse fiel a su esencia y a la potente simbología de cada una de sus obras. Su trabajo nació de varios elementos vitales de su propia experiencia y su aportación al mundo del arte se traduce, en palabras del crítico de arte y exdirector del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid y del Instituto Cervantes Juan Manuel Bonet, en «su excepcional pureza». Así, Cristino de Vera era, según aquellos que lo conocieron, una persona solitaria, un gran lector y un gran melómano, capaz de entender a un músico contemporáneo, capaz de dialogar con los poetas, capaz de asimilar también las conquistas de la abstracción, Tàpies o Rothko incluidos.

De pincelada inconfundible, como inconfundible fue su dibujo, supo darle una mirada especial a esas velas, cráneos, pañuelos o tazas, que ahora definen sus cuadros y los hacen plenamente reconocibles, incluso para el ojo inexperto. A través de la luz de sus piezas, accedió al plano más místico, e invitó a su público a viajar por los paisajes manchegos, al más puro estilo de Miguel de Unamuno. La iconografía y la poética intrínseca a su obra genera un elemento diferenciador y forman parte de la esencia de pintura a través de los años.

Cristino de Vera.

Cristino de Vera. / Jose Luis Roca

Todo ello lo convirtió en un referente para muchas generaciones de artistas quienes, aunque no imitaron directamente sus pinceladas puntillistas, se sumergieron en la historia del arte a través de su propuesta, plagada de referencias que eran la viva imagen de la sabiduría y el respeto que Cristino de Vera siempre demostró hacia el lenguaje y las formas del arte.

La luminosidad metafísica que irradian los objetos de las obras de Cristino de Vera encuentra un aliado inesperado en la poesía. Así, la palabra escrita ocupó también una parte importante de la vida y el trabajo del canario. Precisamente, la directora de la Fundación CajaCanarias-Cristino de Vera, Clara Armas, expresó este viernes desde Madrid, a donde acudió para despedirse de Cristino de Vera justo antes de su fallecimiento, que el pintor jamás perdió su relación con las Islas, que también queda reflejada en escritos como su autobiografía: «Se entienden muchas cosas de su obra a través de esos relatos, de su infancia en Granadilla de Abona, de su niñez junto a su abuelo, que era colombófilo y le enseñó a diferenciar las palomas, y le descubrió el cielo».

El velatorio de Cristino de Vera abrirá sus puertas este sábado, a partir de las 10:00 horas, en el Tanatorio de San Isidro de Madrid y la misa se oficiará el domingo, a las 12:00 horas. A pesar de la lejanía de esa despedida, el talento y el legado del pintor tinerfeño está asegurado en su tierra natal, esa que se puede descubrir si se mira fijamente entre el particular puntillismo de sus obras.

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