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Amalgama

La conjura de los necios

Michel Foucault

Michel Foucault / LP / ED

Juan Ezequiel Morales

En septiembre y noviembre de 1978, Michel Foucault viaja dos veces a Irán como corresponsal especial del Corriere della Sera. Irán estaba en plena ebullición revolucionaria contra el Sha. Jomeini aún no había tomado el poder, pero ya era el símbolo del movimiento. Foucault no fue como analista geopolítico, sino como filósofo. En sus artículos introduce una idea explosiva: «Lo que está en juego en Irán es la posibilidad de una espiritualidad política». (Corriere della Sera, octubre de 1978). Para Foucault, el islam chií no era solo religión, sino una fuerza de resistencia no occidental capaz de producir un sujeto político distinto al liberal y al marxista. Foucault romantizó el momento y defendió públicamente que la revolución no era reaccionaria, sino antiimperialista: «El islam no es el opio del pueblo, precisamente porque es un espíritu que despierta». Y añadió: «El levantamiento iraní no es una regresión, sino una invención histórica». Rechazó explícitamente que la religión fuese incompatible con emancipación. Insistía en que Jomeini «No quiere gobernar. Quiere retirarse a Qom». Pero Jomeini sí tenía un proyecto teocrático claro, ya formulado años antes. Foucault no lo ignoraba, sino que lo subestimó. Tras el triunfo de la revolución en 1979, llegaron las ejecuciones sumarias, la persecución de disidentes, la imposición del velo, y la represión de mujeres y minorías. Foucault recibió críticas feroces, especialmente de feministas francesas e iraníes, pero su respuesta, defensiva y ambigua, fue: «¿Es preferible el orden sangriento de los regímenes modernizadores?». Y también: «No me corresponde juzgar desde Europa lo que otros arriesgan con su vida». Nunca condenó explícitamente a Jomeini. Tras 1979, Foucault abandonó completamente Irán y no volvió a escribir sobre el tema. Este episodio hoy (excepto para los extintos fósiles podemitas que reciben dinero iraní) es tan incómodo porque Foucault era el gran crítico del poder, y aquí se dejó seducir justo por el tipo de poder que luego aplasta y mata cuerpos y subjetividades.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Sartre vio en la URSS el único contrapeso real al capitalismo. Su tesis implícita era que la verdad histórica está del lado del socialismo, aunque sus medios sean brutales. Sartre no ignora los crímenes, las purgas, los gulags, la censura, pero los suspende en nombre del «proceso». Es decir, elige no decir la verdad para no debilitar la causa. Esta es su criminal ceguera voluntaria. Para Sartre, la Unión Soviética no es un paraíso, pero es la dirección correcta de la Historia. La Historia, en Sartre, absuelve, y el sujeto individual queda sacrificado al Sujeto-Historia. Sartre tuvo un giro tardío, y parcial. Tras 1956 (Hungría) y más tarde con el testimonio de Aleksandr Solzhenitsyn, Sartre matizó, pero nunca hizo una autocrítica radical. Cambió de causa (viró al maoísmo y al tercermundismo), pero no de estructura mental.

Ambos filósofos suspendieron el juicio moral cuando el poder pareció antioccidental. Ni Sartre ni Foucault son ingenuos, pues ambos saben que hay violencia y dominación. Sartre dice que es duro, pero es necesario, y Foucault dice que es peligroso, pero es fascinante. Entre tanto caen cientos de miles y millones de víctimas, pero estos títeres, estos fantoches, siguieron filosofando. Como la actual izquierda académica. Donde Sartre tenía el Proletariado, y Foucault el Cuerpo disciplinado, la izquierda académica actual tiene la Víctima Abstracta, que es interseccional y moralmente incuestionable (Free Palestine o sujeto trans-Lgtbi). Surgen listas de palabras prohibidas, protocolos de daño, cancelaciones preventivas y comités de corrección ideológica. La moda salvoconductual de «soy de izquierdas» se ha convertido en «soy idiota», y siguen diciéndolo sin pudor.

La clave psicomoral está en la existencia de un Síndrome de Estocolmo intelectual. El Síndrome de Estocolmo clásico consiste en identificación con el agresor, gratitud por no ser castigado, y lealtad al captor. En la izquierda académica sociopsicoanalíticamente se presenta, asimismo, la culpa cristiana secularizada. Hay un Pecado original, que es la situación de privilegio. Hay una Redención, cual es la confesión pública, el Manifiesto. Hay una Penitencia, y lo es la autocensura. Hay una Salvación, que está en el alineamiento discursivo. Y hay una Herejía que se ataca con la cancelación, toda una cultura de represión. La izquierda es represión, inquisición, tortura. Occidente se vive como culpable estructural, y toda fuerza antioccidental aparece como redentora, incluso si es brutal.

El resultado patológico es una mezcla letal, donde el Síndrome de Estocolmo, la Culpa cristiana sin trascendencia y la Sumisión moral voluntaria, producen intelectuales capidisminuidos que piden ser corregidos, aceptan ser vigilados, agradecen no ser expulsados, y delatan al disidente. El académico agradece no ser castigado; interioriza el lenguaje del captor; confunde pertenencia con virtud. La obediencia se vive como ética. La culpa no se redime, sino que se administra. Toda fuerza antioccidental adquiere aura redentora; y todo dato incómodo se vuelve sospechoso. Se trata del fracaso del conocimiento. Es, literalmente, «La conjura de los necios».

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