Los veleros fantasmas canarios: la emigración clandestina a Venezuela en la posguerra
Pesqueros sobrecargados, travesías sin garantías y una salida forzada que marcó a miles de isleños

Una fotografía del barco Telémaco en 1950. / ED
Buena parte de la comunidad canaria que hoy permanece en Venezuela desciende de quienes emigraron allí en los años cuarenta y cincuenta. Muchos huían de la represión; otros, simplemente del hambre, todos en busca de una oportunidad. Quienes pudieron vendieron lo poco que tenían para embarcarse en viejos barcos de pesca, sobrecargados, con la esperanza de alcanzar, tras travesías que podían prolongarse durante semanas, e incluso más de dos meses, las costas venezolanas.
El viaje se hacía en condiciones extremas. Viajaban hacinados, con una grave escasez de agua —apenas un cuarto o medio litro diario cuando se podía— y de alimentos, alimentándose casi exclusivamente de gofio. El salitre y el ácido de los vómitos desgastaban la ropa, las enfermedades se propagaban con rapidez y no todos sobrevivían a la travesía.
La llegada no significaba el final del trayecto. Muchos eran interceptados y trasladados a islas como La Orchila o Guasina, donde permanecían recluidos durante semanas —a veces, meses—. Dormían en el suelo, no recibían ropa limpia y la alimentación era irregular. En Guasina, la situación fue especialmente severa y se registraron muertes durante la reclusión.
Tras este periodo, la mayoría era trasladada al interior del país, donde se integraban en el trabajo del campo. Sin papeles y en condiciones semiclandestinas, pasaban a formar parte de un sistema de trabajo precario del que resultaba difícil salir.
Entre 1948 y 1950 partieron desde Canarias alrededor de 65 embarcaciones rumbo a Venezuela. En ese breve periodo emigraron miles de personas, en su mayoría hombres jóvenes, agricultores y jornaleros, muchos de ellos en edad militar o señalados por el régimen franquista, para quienes la salida legal resultaba prácticamente imposible y la huida solo podía hacerse de forma clandestina, por mar.
Travesía clandestina
Muchos de aquellos barcos no estaban preparados para una travesía transatlántica. Eran pesqueros pequeños, sin instrumentos de navegación adecuados y con tripulaciones sin experiencia en alta mar. Dependían de los vientos alisios y de las corrientes marinas, se quedaban sin combustible y no siempre alcanzaban su destino: algunos terminaron en Martinica, Trinidad o Brasil; otros no llegaron a pasar de la costa africana.
La emigración tuvo un impacto directo en las islas. En territorios como El Hierro, de donde procedía en torno al 10% de la emigración clandestina de esos años, la salida de población alteró la vida social y económica, cuya recuperación fue más lenta que en otras zonas. Quedaron explotaciones abandonadas y familias separadas durante largos periodos.
Quienes llegaron a Venezuela hicieron allí su vida. Algunos regresaron años después a las islas; otros formaron nuevas familias; y muchos reunieron a la que había quedado en Canarias para establecerse definitivamente en América.
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