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Amalgama

¿Dónde están?

Francesc Punsola, sin saberlo, inquietando a los ufólogos.

Francesc Punsola, sin saberlo, inquietando a los ufólogos.

Juan Ezequiel Morales

En una sobremesa en el hotel Montbrió del Camps, de Tarragona, con su dueño, de la Singularity University, acompañando a una dama arquitecta que, con otros colegas, investigaban allí, de manos de otro arquitecto, una extraña disciplina geotérmica, surgió una discusión acerca de la paradoja de Enrico Fermi, quien formuló su célebre pregunta «¿Dónde están?». Se refería a supuestos seres vivos de otras partes del universo. La paradoja que lleva su nombre ha girado en círculos entre tres grandes explicaciones, la de los pesimistas, la de los silenciosos y la de los invisibles. La primera escuela, encabezada por Frank Tipler, defendió que no vemos civilizaciones avanzadas porque no duran, y el universo sería un cementerio de inteligencias autodestruidas antes de alcanzar la expansión interestelar. La segunda escuela, deudora de Brandon Carter y su principio antrópico, afirmó que la vida inteligente surge tardísimo y de forma extremadamente rara. La tercera, que es la más reciente, con autores como David Brin o Jason Wright, introdujo la idea de «ventanas temporales breves», es decir, civilizaciones que, aun existiendo, apenas solapan sus fases tecnológicas.

Todas esas hipótesis comparten un nervio común, que es que el tiempo importa más que la distancia. Pero ninguna de ellas se atreve a dar el salto ontológico y evolutivo que, quizá, sea el único capaz de romper el círculo vicioso de Fermi.

Pongamos las cifras sobre la mesa. La estrella más cercana a la Tierra, Alpha Centauri, se encuentra a unos 4,3 años luz. Con nuestras naves más rápidas tardaríamos más de 18.000 años en llegar. Y aunque ese vecindario galáctico es el más próximo, lo cierto es que la mayoría de estrellas habitables están a cientos o miles de años luz.

Por otro lado, el Homo sapiens anatómicamente moderno lleva unos cientos de miles de años sobre la Tierra. Pero la humanidad tecnológica, esa capaz de detectar o emitir señales interestelares, no alcanza ni los cien años. Es una rendija minúscula en un muro de millones de años. El astrofísico Brian Schmidt lo recordaba recientemente, y proponía que, para encontrarse, dos civilizaciones no solo deben estar cerca en el espacio, sino vivas en el mismo tramo temporal. Y ese mismo tramo es desesperadamente estrecho.

A partir de ahí, la pregunta de Fermi se disuelve. No los vemos porque aún no ha dado tiempo. Aquí es donde, en Montbrió, planteé mi tesis, que viene a exponer que el universo no está vacío ni muerto, está asincronizado. Alex, el dueño del hotel termal y exponente de la Singularity University, asentía, pero para paliar ese problema, proponía estudiar la inmortalidad, de forma que en ese caso el tiempo no fuera un problema.

La vida inteligente no es un conjunto de luces dispersas en la noche cósmica, sino un proceso emergente, simultáneo, pero desfasado. Lo que propuse es que existe una explosión cámbrica universal, un momento en la historia galáctica, equivalente al Cámbrico terrestre, en el que innumerables líneas evolutivas están dando el salto a la inteligencia tecnológica dentro de un intervalo relativamente estrecho de millones de años. En la Tierra, la vida compleja estalló en el Cámbrico, y en pocos millones de años aparecieron casi todas las formas corporales conocidas. A escala geológica fue un parpadeo; a escala biológica, fue una revolución. Y ahora imaginemos eso no en un planeta, sino en una galaxia.

Miles o decenas de miles de civilizaciones emergiendo dentro de un mismo arco temporal cósmico… pero con ventanas tecnológicas tan cortas que casi ninguna coincide con otra en fase.

Tipler veía la extinción. Carter veía el azar. Brin veía breves solapamientos. Wright veía huellas fantasmales de civilizaciones ya extinguidas. Pero yo propuse otra cosa, un cosmos que está naciendo a la inteligencia, no fracasando en ella. Si esto es así, el silencio cósmico no es evidencia de soledad ni de fracaso evolutivo, sino de juventud intelectual. El cosmos, como organismo, aún no ha sincronizado las frecuencias de sus nodos conscientes, de forma que no hay fracaso, sino que hay infancia. Acabamos de empezar.

Nuestra especie acaba de abrir su ventana perceptual. Apenas llevamos cien años mirando al cielo con instrumentos adecuados. Pretender que una civilización nos haya encontrado ya es como exigir a un recién nacido que descifre los murmullos del mercado de Atenas. El universo no calla, es que todavía no ha empezado a conversar.

Lo verdaderamente importante es lo que esta idea implica, que la inteligencia tecnológica no es un accidente raro, sino un proceso evolutivo distribuido; que no somos el ápice, sino una de las primeras señales de esa explosión cámbrica galáctica; y que, si sobrevivimos lo suficiente, entraremos en fase con otras inteligencias emergentes.

Será, simplemente, cuando el cosmos termine de afinar sus relojes. Y la pregunta de Fermi dejará de tener sentido, porque el universo habrá alcanzado la madurez suficiente para reconocerse a sí mismo en la suma de todas sus inteligencias. Y hasta entonces, nuestro deber es simple, el de existir el tiempo suficiente para escuchar la música que aún no ha empezado. Alex está en ello, yo me voy con la Inteligencia Artificial, y esto marcha de forma que las catástrofes son, a escala universal, una pequeña tos, antes de que todos nos unamos en un festín como el Star Wars.

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