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Parques desiertos o tardes de fútbol: el relato de contrastes en el barrio más pobre y el más rico de Las Palmas de Gran Canaria

La Minilla, con una renta bruta anual de 138.758 euros, se posiciona como el barrio más rico del Archipiélago, mientras que San Francisco, con 25.000 euros, es el de menor poder adquisitivo de la capital grancanaria

De izquierda a derecha, los parques de San Francisco y La Minilla, barrios de Las Palmas de Gran Canaria

De izquierda a derecha, los parques de San Francisco y La Minilla, barrios de Las Palmas de Gran Canaria / José Carlos Guerra

Nayra Bajo de Vera

Nayra Bajo de Vera

Las Palmas de Gran Canaria

Estrechas aceras sin espacio para ambulancias y amplias avenidas llenas de comercios. Olor penetrante a comida casera y ocio nocturno en las terrazas. Las desigualdades en los barrios con mayor y menor poder adquisitivo de Las Palmas de Gran Canaria trascienden las cifras. El último Atlas de Distribución de la Renta de los Hogares, actualizado este año con datos de 2023, coloca la lupa en unas estadísticas cuya aplicación se vuelve palpable en la vida cotidiana y la vivienda de los residentes de cada zona. Así transcurre una tarde cualquiera en el barrio más pobre y el más rico.

La manzana más rica no solo de la ciudad, sino de todo el Archipiélago, goza de una amplia avenida aledaña repleta de negocios especializados y un cuidado parque con césped natural. Se trata de La Minilla, concretamente de la calle Federico García Lorca, cuyos residentes tienen una renta bruta anual que asciende a los 138.758 euros. La balanza se inclina en el barrio más pobre de la ciudad, donde unos descascarillados edificios sin ascensor que se construyeron en la década de los 60 enmarcan la estrecha calle Gobernador Marín Acuña, que tiene escasas y pequeñas tiendas de alimentación. Se trata del barrio de San Francisco, donde los ingresos brutos anuales llegan a los 25.000 euros.

Niños que van al parque a las 17:00 y niños que se quedan en casa

San Francisco

Las canchas del barrio están desérticas. Los niños, "todos en sus casas", apunta Mari, que atiende el bazar todos los días. Piensa que se debe a que está "todo destrozado" y "ese parque no es para jugar los niños", pero Ramón, desde el bar, opina que es por culpa de los teléfonos y las tablets. Allí se juntan los hombres a ver la televisión, jugar al dominó o ver el tiempo pasar una hora tras otra. Las mujeres tienen otro ocio: salen a hacer algunas compras para tener la excusa de detenerse a charlar o se asoman por la ventana con la mirada en busca de algún chisme.

Una fisioterapeuta llega tarde a su visita con una mujer mayor que la recibe sonriente. Cargando su equipo de trabajo mientras mete un pie en la vivienda, exclama entre disculpas: "¡Qué horror de guagua y de todo!". También un técnico sanitario tiene problemas para llevar a otra mujer, que va en silla de ruedas, hasta la puerta de su casa. Tras la ambulancia, que tiene los intermitentes puestos, los vehículos esperan ante la falta de espacio para rebasarla.

La Minilla

El ocio no se detiene con el frío. Un grupo de madres columpia a sus hijas en el parque, algunos residentes pasean a sus perros y varias amigas hacen deporte juntas mientras van charlando. También aparece por allí el pequeño Óscar, con 11 años recién cumplidos, chutando un balón de fútbol que su padre, Borja, le devuelve a cada toque. Esa es una afición que heredó de él, exfutbolista de segunda división y actual representante de jugadores.

Otros transeúntes aprovechan para hacer algunas compras en la amplia diversidad de negocios que se despliegan por el barrio. Algunos son muy específicos: una tienda de cocinas de diseño, un espacio de pilates, academias de danza y de inglés, una peluquería orgánica, un centro para ecografías hiperrealistas o multitud de clínicas especializadas, entre las que se incluyen ramas como la estética, la podología o la veterinaria.

Recogerse en casa o salir a las terrazas a las 20:00 horas

San Francisco

Unos pocos gatos salvajes se refugian bajo los coches aparcados del frío nocturno que empieza calar a través de la ropa. Apenas quedan plazas libres en la silenciosa calle, donde los coches dejan poco hueco entre ellos para aprovechar al máximo el espacio. También descansan algunas motos, entre las que se encuentra una con la mochila amarilla de una empresa de reparto a domicilio. Queda ya poca vida en la calle, salvo por el bazar de Mari, que seguirá abierto una hora más, y el pequeño bar donde los hombres siguen entrando a cuentagotas, arropados por el brusco grito de "¡ay, mi niño!".

Los edificios descascarillados se visten con luces de Navidad que suman colores vivos a la sutil iluminación amarillenta de las farolas. Guían el camino de las vecinas y los vecinos que, ataviados con abrigos y bufandas, regresan a casa. Pero aún quedan otros que salen en coche o patineta de camino a los turnos nocturnos de sus puestos de trabajo o a encontrarse con sus amistades.

La Minilla

La noche se ilumina con el alumbrado navideño del centro comercial y las luces altas de las farolas. El barrio respira vida sobre todo en el parque, donde un grupo de niños se ha reunido para jugar al fútbol, los vecinos pasean a sus perros –muchos de raza– y una mujer alimenta a un gato callejero, subido en el muro de una zona ajardinada.

La tranquilidad de las calles contrasta con el movimiento en los alrededores del centro comercial, donde continúan algunas compras y la gente disfruta el ocio nocturno entre cervezas y copas de vino en las terrazas. Pizzas, hamburguesas o algo de picoteo son algunas de las comidas que se ven en las mesas de los clientes que charlan animados entre familia, amigos o con sus parejas. Un niño rebosa ilusión navideña, a las puertas de las fechas señaladas, con una diadema de reno y una inmensa cara de alegría.

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