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Cinema Rif

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Meryem El Mehdati

Meryem El Mehdati

He perdido un poco la cuenta de la cantidad de volúmenes dedicados a la ciudad de Tánger que han llegado a mis manos en el último año. Tánger, ciudad mágica. Atardecer en Tánger. Una conversación sobre Tánger. Tánger Internacional: secretos y misterios. Me genera cierta flojera este boom nostálgico del orientalismo porque no es otra cosa que pura endogamia académica disfrazada de literatura (o intento de). Se habla de salones perfumados, de la figura de Tahar Ben Jelloun y Mohamed Chukri, de cafés míticos, pero nadie se pregunta por qué son míticos esos cafés, ni qué es lo que aporta misticismo a una cafetería cochambrosa como otra cualquiera. He estado en todos esos cafés, tanto de niña en verano con mis padres como ahora de adulta con amigos y con mi marido y sigo sin verle la magia a nada. El té con naanaa en un vaso alto vale 14 dirhams. El café de cápsula también. ¿Será porque no soy tangerina? Pero verán, ellos tampoco lo son.

En la medina antigua de Tánger, en una de las callejuelas detrás de Bab Al Kasbah, hay una tienda pequeña de antigüedades, pósters, camisetas, tote bags, postales y libros que se llama Interzone Tánger. O Tangier. No lo recuerdo bien, a base de amoldarse al turista los lugares pasan a llamarse como uno quiera. Coronan la entrada al local, justo en el arco de la puerta, los nombres de varios escritores, artistas y personajes célebres de la ciudad, como Ibn Batuta o Chukri (quien parece ser, si uno habla con uno de esos entendidos de la literatura, el único escritor que Marruecos ha producido). De adolescente, uno de mis familiares señaló varios de mis tomos de Chukri y me hizo saber que aquel hombre con el que se había juntado en muchas ocasiones durante su juventud no había sido más que un tremendo patán enfermo de alcoholismo.

Este juicio y veredicto sobre el escritor quedó en mi memoria durante gran parte de mis años formativos, sobre todo porque muchos de los escritores asociados al manidísimo Tánger Internacional, por no decir todos, eran precisamente eso: una banda de alcohólicos que habían huido de sus países de origen y habían decidido esconderse en esta ciudad, un lugar en el que desarrollaron una labor extractivista haciéndose con las vivencias de personas de las que se aprovecharon para construir sus respectivas carreras. ¿Quiénes pagaron el precio del supuesto esplendor cultural? Por ejemplo, Paul Bowles escribió más de trece libros basados en los cuentos que Mohamed Mrabet le contaba, y aún así, según explica él, el estadounidense no le pagó ni un franco. Por eso me resulta tan sospechosa la idea del Tánger Internacional como refugio de genios malditos, además de por el carácter tan complaciente del relato. La ciudad aparece descrita como un escenario exótico, un telón de fondo indulgente en el que todo está permitido. Nunca es un lugar habitado por personas reales, con nombres, lenguas y vidas propias, que se ven reducidas a caricaturas o figurantes en una narración ajena.

Basta un paseo rápido por la medina para darse cuenta de que ese imaginario persiste hoy en forma de souvenirs, citas descontextualizadas y fotografías en blanco y negro que recogen una mirada complaciente, conveniente. Los rostros locales, cuando aparecen, lo hacen como símbolos. El niño descalzo. El anciano sabio. El grupo de mujeres trabajadoras en el campo. Nunca son sujetos completos. Esta simplificación no es inocente, es la condición necesaria para que el mito funcione y siga vendiéndose, ya sea en forma de libros, camisetas o experiencias culturales empaquetadas en varios idiomas para su consumo rápido. Quizá por eso Interzone Tánger me produce una incomodidad difícil de explicar. No porque el lugar carezca de interés, sino porque actúa como una cápsula de memoria selectiva. Los nombres sobre el arco de la puerta parecen más una lista de presencias que ocuparon la ciudad. Ibn Batuta no está ahí por las mismas razones que los otros. Sin embargo, comparte espacio simbólico con ellos, como si todo formara parte de una misma genealogía cultural sin fisuras ni conflictos. ¿Será por eso que lo llaman mito?

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