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40 años de un gigante de Hollywood

Steve McQueen: el rebelde indomable

Se cumplen 40 años de la muerte del actor, exponente de una generación de ‘outsiders’ que, durante los años sesenta y setenta, alteró las reglas y la agenda del ‘star system’ hollywoodense

Steve Macqueen en La Gran evasión (1963), de John Sturges.

Steve Macqueen en La Gran evasión (1963), de John Sturges. / LP / ED

Claudio Utrera

Las Palmas de Gran Canaria

En el cine, la interpretación de un actor es en gran medida su presencia. No lo digo yo, lo dice el propio cine a través de esa formidable capacidad que tiene de galvanizar el poder hipnótico de una mirada; la fuerza descriptiva de un detalle inadvertido; la pulsión poética de un rostro mirando al vacío o hacer que retengamos en nuestras retinas las imágenes de una secuencia visualmente irresistible; de esas que quedan marcadas a fuego en nuestra memoria de por vida.

Por eso, cuando se dice que, actúen como actúen, Gary Cooper, Henry Fonda, James Dean, Cary Grant, Montgomery Clift, Marlon Brando, Kirk Douglas, Robert de Niro, Anthony Hopkins, Burt Lancaster, Richard Burton, Sean Connery, Dustin Hoffman, Gregory Peck, Jean Gabin o John Wayne, por citar quince stars masculinas fácilmente identificables por todo el mundo, son siempre ellos mismos, aunque trasmutados en personajes a los que reemplazan con una naturalidad pasmosa; no se falta a la verdad, al contrario, se reafirma su condición de iconos, de paradigmas inquebrantables de la integridad moral, de héroes sin mácula sobre los que proyectamos nuestros propios ideales, nuestras aspiraciones, nuestras ambiciones, nuestros deseos.

La casta de actores que han mostrado un talento arrollador

Existe, efectivamente, una casta de actores que, al socaire del cine, han mostrado un talento arrollador en el delicado arte de la actuación, un talento que brota no tanto de sus propias capacidades artísticas como del innato poder de seducción que les proporciona ese poderoso magnetismo personal que irradian desde la pantalla. Incluso en películas manifiestamente mediocres, caso que se ha dado en muchas ocasiones a lo largo de la historia, su mera presencia en cualquier reparto constituye un potente valor añadido, tanto en el plano artístico como en el de la rentabilidad comercial del filme en el que intervienen.

¿No se crece cualquier película, por insignificante que sea, con la participación en su reparto de un Anthony Hopkins, de un Jeremy Irons, de un Robert de Niro, de un Dustin Hoffman, de una Meryl Streep, de una Cate Blanchett o de una Juliette Benoche? ¿No explica este fenómeno la enorme influencia que puede ejercer un intérprete siempre que esté tocado por ciertos atributos?

Steve McQueen y su legado en el cine

Podríamos citar varias docenas de ejemplos que apoyarían nuestra tesis pero sólo con mencionar el nombre del venerado y emblemático Steve McQueen (Indiana, USA, 1930/Ciudad Juárez, México, 1980), exponente de una de las generaciones de actores más innovadoras de la época, comprenderíamos con toda suerte de detalles lo que trato de explicar pues, más que ninguno, McQueen, del que se conmemora este año el 40 aniversario de su fallecimiento, encarnó todas las virtudes que hacen que un intérprete trascienda de su condición de estrella para ocupar un espacio en el olimpo de los grandes mitos populares del pasado siglo.

Su muerte prematura víctima de un cáncer de pulmón a la edad de cincuenta años también ha contribuido, como ocurrió, veinticinco años antes, con el óbito de su colega y compatriota James Dean, a potenciar aún más su aura de outsider indomable, lacónico y rebelde que le acompañó durante casi toda su vida, lo mismo que su fundamentada fama de actor irascible e indisciplinado frente a la tiránica acritud de algunos productores.

Como casi todas las grandes estrellas de vida efímera, McQueen fue víctima de una infancia particularmente tóxica que perfiló muy pronto su personalidad de hombre enrocado en su propia rebeldía y en su soledad hasta el fin de sus días. Y aunque casi siempre le acompañó la fortuna en el plano profesional, en su vida personal se mantuvo bajo un frágil e inestable equilibrio del que solamente se libraría en contadas ocasiones. Sólo sus cuatro años junto a Barbara Minty, su cuarta y última esposa, y su pasión devocional por las carreras de coches le aportaron cierta estabilidad emocional a su atribulada existencia.

La velocidad y su influencia en la vida de McQueen

La velocidad, como también sucedió con James Dean, se convertiría, por tanto, en una de sus escasas fuentes de satisfacción personal y, paradójicamente, en el origen de uno de sus grandes fracasos como actor y productor. Las 24 horas de Le Mans (Le Mans, 1971), un filme casi documental, tedioso y previsible, que aburrió al gran público al tiempo que recibía las peores críticas de toda su carrera, no obtuvo los resultados esperados y el actor volvió a caer en un profundo abatimiento del que no se recuperaría hasta que Sam Peckinpah lo rescata para encarnar al protagonista de Junior Bonner (Junior Bonner, 1972), un personaje taciturno, solitario y esquivo que decide abandonar el mundo del rodeo, al que se ha consagrado durante toda su vida, para reconciliarse con su pasado a través del reencuentro con su familia.

La vuelta al cine de McQueen

La película, como todas las de su autor, de marcados tintes crepusculares, en la que ofrece una de las composiciones más brillantes de su carrera junto a viejas glorias del calibre de Robert Preston, Ida Lupino y Ben Johnson, nos devuelve al McQueen de los mejores tiempos, el antihéroe rudo y sin fisuras que busca su redención como última alternativa a una larga y solitaria existencia a lomos de un caballo. Ese mismo año, y tras la buena relación que presidió su experiencia anterior, volvería a ponerse a las órdenes de Peckinpah para interpretar a un héroe errabundo y violento en La huida (The Getaway, 1972), un abrupto y escabroso thriller con aires de western e inspirado en una formidable novela de Jim Thompson, que el propio actor siempre lo consideró como uno de sus trabajos favoritos.

Steve Macqueen en ‘Bullit’ (1968)

Steve Macqueen en ‘Bullit’ (1968) / La Provincia / El Día

En esta ocasión, el autor de Grupo salvaje (Wild Bunch, 1968) aborda las agitadas peripecias de una pareja por escapar de una peligrosa banda de atracadores. Con Ali MacGraw como compañera de reparto, con quien contraería matrimonio meses después, la película contribuyó, como Junior Bonner, a restaurar su deteriorada imagen profesional tras el rotundo fiasco artístico y taquillero que supuso para su carrera profesional Las 24 horas de Le Mans.

La carrera de Steve McQueen: una trayectoria de éxitos

En cualquier caso, la trayectoria de este actor irrepetible desde su incipiente debut en 1956 con Marcado por el odio (Somebody Up There Likes Me), de Robert Wise, nunca fue un camino de rosas. Su carácter indómito y malhumorado le granjeó no pocos conflictos, especialmente con sus productores a los que mantuvo siempre a raya con sus continuas admoniciones cargadas de adrenalina, lo cual no fue óbice para que entre su escasa filmografía figuren interpretaciones tan solventes e impactantes como la del joven y afanoso pistolero de Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960), el popular western que realizó John Sturges a partir de la monumental Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), de Akira Kurosawa; el empecinado oficial del Ejército estadounidense que no ceja en su reiterado empeño de escapar del campo de concentración nazi en el que está recluido en La gran escapada (The Great Scape, 1963), dirigida también por Sturges, o el insignificante, codicioso, pero excelente jugador de póker de El rey del juego (The Cincinnati Kid, 1965), de Norman Jewison.

Los éxitos que consolidaron su leyenda

Pero sus éxitos más clamorosos, los que contribuyeron a construir su mítica imagen en el Hollywood de los sesenta, pueden resumirse en cinco títulos canónicos del cine de esos años a los que McQueen les imprimió un sentido artístico muy especial al tiempo que demostraba la capacidad de la que hablábamos al inicio de esta pieza de aumentar la temperatura dramática de esos filmes, pese a que no todos respondían categóricamente a los mismos criterios de calidad artística. Nevada Smith (Nevada Smith, 1965), del veterano Henry Hathaway, un bellísimo western protagonizado por un joven mestizo durante los agitados tiempos de la fiebre del Oro en California cuya única obsesión es encontrar a los asesinos de sus padres y tomarse la justicia por su mano reforzó su mito y lo situó entre los grandes nombres propios de la década de los años sesenta.

La velocidad, tal como sucedió con James Dean, se convertiría en una de sus escasas fuentes de satisfacción personal y, paradójicamente, en el origen de uno de sus grandes fracasos como actor y productor con la tediosa y previsible , casi documental, ‘Las 24 horas de Le Mans’, un resultado que lo dejó abatido

El caso Thomas Crown y otros grandes papeles

En El Yang Tsé en llamas (The Sand Pebbles, 1966), de nuevo bajo la batuta de Robert Wise, McQueen se pone en la piel de un joven marine americano quien, en 1926, en plena guerra de China, emprenderá una complicada misión que podría ser la última de su vida, un trabajo por el que fue nominado al Oscar y que logró desatar el entusiasmo general de la crítica por la construcción de un personaje de un enorme calado psicológico.

Aunque muy lejos de sus registros habituales, en El caso Thomas Crown (The Thomas Crown Affair, 1968), de Norman Jewison, muestra una faceta insólita en su carrera al encarnar el papel de un sofisticado millonario cuyo hobby favorito consiste en robar enormes cantidades de dinero a importantes corporaciones financieras. Tan cool como su exquisita pareja protagonista (la bella e irresistible Faye Dunaway), la película se convertiría en uno de los éxitos populares más importantes de la época y en la consagración definitiva de McQueen como una figura irrepetible del Hollywood contemporáneo.

Los últimos éxitos de McQueen

Bullitt (Bullitt, 1968), de Peter Yates, y Papillon (Papillon, 1973), de Franklin J. Schaffner, otros dos grandes éxitos de la época, consiguen afianzar aún más la aureola triunfal de este intérprete excepcional sobre el que todos, crítica y público, se deshacen en elogios, a pesar de no haber obtenido jamás el reconocimiento de la Academia ni el homenaje de ninguno de los certámenes internacionales de referencia. Su figura, pese a todo, sigue agigantándose con el paso del tiempo, como la de algunos de sus más conspicuos colegas de su generación.

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