Bendita agua
A diferencia de su más íntimo contrincante, el fuego, esta no puede ser generada por la mano del hombre

Cascada de agua de las últimas lluvias en Gran Canaria. / José Pérez Curbelo
Antonio Puente
Después del diluvio universal, viene la calma local. Contradicción insularia insalvable: agua casi siempre escaseante en los centros, por embalses y barrancos, y, en cambio, infinitos borbotones en las costas, de un agua que, además, no solo no apaga la sed, sino que ahoga. Por algo alertaba César Vallejo de que el agua es la desmedida de todas las cosas, capaz de erigirse en la «Ilusión Monarca». Su ubicuidad, entre la saciedad y la sed da para hablar de «Manos de agua», como agregó el poeta peruano, o de «dedos de agua», que escribió Octavio Paz. O de «cintas de agua», como llama a los cuerpos Luis Cernuda, para quien somos agua anhelando el agua; y de ahí el «Líquido lamento», como define la existencia: “Escucha el agua... / Esa es tu vida: / Líquido lamento fluyendo...”.
El agua como la base de la poesía
Sólo alcanzamos a pensar agua pasada por agua, al decir de Octavio Paz: «Mis pensamientos se deslizan como agua». Y embajonarse proviene de que esta se estanca, según el Alberti de Marinero en tierra: «Agua muerta en la sien, el pensamiento / color halo de luna cuando llueve».
El agua es el manantial de la poesía. Es, de hecho, la cordura analógica de todas las metáforas, y aquello que garantiza la liquidez entre los términos de un símil, entre lo que se representa y lo representado. Porque hay, sobre todo, una íntima y necesaria correspondencia entre la búsqueda afanosa del agua (como la de un hidroavión, diría probablemente Marinetti) y la creación poética. En su poema Manantial, Paz concibe a esta como un culto al «dios-agua». “Una piragua enfila hacia la luz / una palabra ligera avanza a toda vela [...] Dulzura del agua en las hierbas dormida... Agua clara vocales para beber...”, expresa el autor de Piedra de sol, para agregar que «en el centro de la plaza la rota cabeza del poeta es una fuente».
A la lograda extracción del agua en la superficie, contribuye necesariamente el limo del fondo marino, según lo observa Cernuda: «... Había [en el fondo del mar] sorprendentes maravillas, y cuando el agua pasaba, rozándolas suavemente parecía como si quisiera invitarlas a que la siguieran en cortejo centelleante».
También Fernando Pessoa describe, en “Lluvia oblicua”: «...Y los navíos pasan por dentro de los troncos de los árboles / y van soltando al agua amarras / dentro de las hojas una a una». El poeta -que, según su célebre definición es “un fingidor”- no tiene ni idea de lo que escribe, sabedor tan solo de que «el agua susurra en el cuenco que elevo a la boca. / “Suena a frescor», me dice quien no la está bebiendo. Sonrío. El son es solo el del susurro. / Bebo el agua sin oír nada con mi garganta».
Le acompañaba el mentado Vallejo, para describir in situ la desolación de los árboles secos y cenicientos: «Una mano de agua que injertó en el pino / resinoso de un tedio malas frutas». Si la llama perdura, el agua se coagula en «vidrio de agua en mano del hastío», al decir de Cernuda. “El agua murmura y no se calla ni de noche ni de día”, escribió Baudelaire en el poema “El salto de agua”, alertando, además, de la urgente necesidad de repostar cuando, al agotarse, el agua “se difunde moribunda en una ola de triste languidez, / como una lluvia de largos sollozos”. En Árbol adentro, Paz le reza de este modo al dios-agua de la poesía: “Abres mi pecho con tus dedos de agua, / cierras mis ojos con tu boca de agua, / sobre mis huesos llueves, en mi pecho / hunde raíces de agua un árbol líquido”.
El agua murmura y¡ no se calla ni de noche ni de día», escribió Baudelaire en el poema «El salto de agua», alertando de la urgente necesidad de repostar cuando, al agotarse, el agua se difunde moribunda en una ola de triste languidez
Lezama Lima (para quien la poesía es, justamente, “un caracol nocturno en un rectángulo de agua”) se figura la creación del poema tan pesada y ardua como el andar de un asno que, para extinguir su propio incendio, acarrea mangueras y herramientas en el abismo. “Cajas de agua soportadas por peldaños de agua”, llamaba a los ojos del rucio alongado en el risco. Lo que, a su entender, cerca el fuego es “el espacio de agua comprendido entre sus ojos y el abierto túnel”. Y quienes participan en apagarlo componen, entre todos, algo así “como un oscuro cuerpo hinchado por el agua de los orígenes”.
Ni que nos estuviera describiendo, Pablo Neruda habló de “Radiantes días balanceados por el agua marina, / concentrados como el interior de una piedra amarilla / cuyo esplendor de miel no derribó el desorden”. Habló también de la milagrosa precariedad de “construir un edén con unas cuantas hojas”, y de la ubicua “Sed del fuego”, siempre tan abrasivo y despótico, tan quemante, frente al agua, porque, a diferencia de los disparos de aquel, esta no puede ser generada por la mano del hombre.
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