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La casa en llamas (II)

La casa en llamas (II)

La casa en llamas (II)

Meryem El Mehdati

Meryem El Mehdati

Hará cosa de dos años, justo en estas fechas, me encontré preguntándome qué hacía sentada en una mesa rodeada de personas a las que no parecía importarles. No realmente. Me sentía, al final de la noche, drenada por el esfuerzo de acomodar el principio de la ternura y el cariño ciegos. En algún momento las personas que crecimos en paralelo comenzamos a florecer en direcciones opuestas. Algunos toman ventaja y la brecha entre unos y otros se pronuncia cada vez más.

Me costó mucho responder a esa pregunta insidiosa y constante, ¿qué hago aquí con estas personas? Las semanas de las cenas de Navidad y de año nuevo, los amigos invisibles, los vuelos y los trenes y los barcos y las dos horas en guagua si no se conduce y no se dispone de automóvil propio son especialmente demoledoras.

Si el esfuerzo y el gesto de acomodar siempre recae en la misma parte ¿no cabe cuestionar el grado en el que se maniobra sobre los intereses propios para complacer a los demás? He visto a personas a las que creía conocer tan bien como a mí misma moverse de formas que se me hacían muy extrañas. Decidí permanecer en silencio más de lo que solía, observando los gestos, las bromas internas, la familiaridad que antes me envolvía y que ahora me incomodaba. Quizá la amistad debería entenderse como la suma del esfuerzo y la comprensión de varios seres humanos que han tomado la decisión consciente de acompañarse en la vida.

Quizá cada amistad sirve un propósito concreto, y una vez ese propósito se cumple el vínculo deja de tener sentido. Quizá... Se inició para mí entonces un proceso muy doloroso y extenuante en el que comencé a cuestionar muchas de las relaciones que había intentado mantener a flote fuera como fuese, bien por pura costumbre, bien por miedo a lo desconocido. El ser humano es una criatura tan curiosa, tan salvaje. Se puede romper lazos con una pareja y exiliarla al olvido. ¿Pero se puede hacer lo mismo con un amigo? Se antoja impensable, se convierte uno en un criminal, casi. Si existe un vínculo aún más idealizado que el materno filial o el del amor romántico es este, el vínculo de la amistad.

Bien sea por la educación religiosa o por la forma en la que se configura gran parte de la sociedad, me señalé a mí misma como la principal culpable y sobrellevé en silencio el sentimiento de profundo desasosiego que se instalaba en mí cada vez que se procedía a organizar una de estas reuniones. La verdad es que por más que me cuestioné, no fui capaz -sigo sin serlo- de encontrar ese momento preciso en el que las cosas cambiaron y comencé a desear casi con desesperación abandonar los lugares comunes y las noches de encuentro. Creo que todos nacemos con el instinto implacable de convencernos a nosotros mismos de no estar viendo lo que tenemos delante. ¿Cuántas mentiras no me habré dicho a mí misma para consolarme o para retrasar todo lo posible enfrentarme a algo? Quizá me hice tantas trampas en este juego que para cuando la realidad me golpeó ya no pude seguir fingiendo más. Me decía a mí misma que exageraba, que lomás probable era que solo necesitaba descansar y que al día siguiente lo vería todo con mayor claridad.

Esta claridad nunca llegaba, sin embargo. Solo me sentía más cansada, más incómoda, casi aplastada por el peso de un compromiso que ya no sabía muy bien por qué mantenía. Aun así seguí insistiendo en negarlo, como si admitirlo supusiera un fracaso personal. Experimenté en tantas ocasiones aquella pregunta insidiosa, mi propia voz dos decibelios más baja en mi cabeza cuestionándose ¿por qué sigo sentada aquí, por qué no me voy? que no quise ni pude alargarlo más. Ahora que ha pasado el tiempo entiendo mejor algunas cosas. El duelo por la amistad perdida se hace duro no por la otra persona, que sigue viva, sino por las versiones de nosotros mismos que existieron a su lado. Es un luto extraño. No hay rituales ni despedidas, solo una distancia paulatina que se extiende en el horizonte sin un punto final claro. Un día se existe, al siguiente no. El desvanecimiento es lento. Se puede fingir que no está sucediendo hasta que en el momento de cerrar la mano extendida no se encuentra nada.

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