Jairo

Barranco de Los Cernícalos, Gran Canaria / La Provincia
Luis Rivero
Ahí más allá, en una caminata desde Las Haciendas (Valsequillo) siguiendo la cañada que sube hacia la cumbre sobre la vertiente norte del barranco de Los Cernícalos, nos encontramos tres corderitos de pocos meses («jairos», por lo que sabríamos después) que se habían perdido al quedarse rezagados del resto del ganado. Apenas nos vieron se acercaron y nos siguieron balando en un tono quejumbroso y de reclamo. Hasta que logramos localizar al pastor que había regresado con sus ovejas al redil, echando en falta a los tres corderillos. El pastor me explicó que los animales nos siguieron «porque son jairos». «¿Sabe usted lo que son jairos? -preguntó retóricamente- jairos son las crías a las que la madre no quiere y no les da de comer». Al ser repudiados por la madre, vienen alimentados por el pastor con el biberón y/o amamantado por otra oveja. Así hemos accedido a un significado de “jairo” que desconocíamos por no haberlo escuchado antes y que no hemos encontrado documentado en los léxicos consultados. Esta otra acepción de jairo se refiere a aquel animal que viene aborrecido por la madre y es alimentado con biberón o amamantado por otra hembra distinta a la madre y difiere, con mayor o menor evidencia, de todas las demás acepciones conocidas.
La población prehispánica de las Islas conocía el pastoreo como una actividad económica de subsistencia desde antes de la llegada de los europeos. Los mismos «guanches» que practicaban este tipo de ganadería prosiguieron, sin solución de continuidad, en dicha actividad durante el periodo de colonización posterior a la conquista. No es de extrañar, pues, que buena parte de los vocablos que han sobrevivido en el argot del pastoreo sean de origen guanche; así, por ejemplo: «baifo», «beletén», «guanil» o el mismo «jairo» son voces que ofrecen pocas dudas sobre su ascendencia prehispánica como apuntan distintos estudiosos. «Jairo» y «jaira», en sus diversos significados, van desde aquel empleado para denominar a la cabra o al macho cabrío que se crían junto a la casa del dueño o, lo que es lo mismo, se dice de la cabra doméstica; se le llama también ‘ganado jairo’ al criado por el sistema de estabulación en corral o a mano; en La Gomera se llama jairo a cualquiera de los animales que se crían en la casa, como el burro, el perro, el gato, etc.; en lugares como La Palma se dice de las cabras pintadas; jaira, en femenino, es también voz que se usa en sentido genérico para llamar a las cabras; jairo en sentido metafórico se dice del ‘marido burlado’ y jaira igualmente por aplicación metafórica puede referirse a ‘mujer casquivana’; también por aplicación metafórica se emplea para expresar ‘pesadez, inercia, desánimo’ («¡Fuerte jaira!»). Pero se ha asentado en el lenguaje coloquial la comparativa que dice: «estar como una jaira», que literalmente quiere decir ‘estar como una cabra o como una baifa’ y en sentido figurado significa ‘estar chiflado’.
La acepción apuntada al inicio de jairo difiere de la mayor parte de las restantes en cuanto recurre al masculino como uso natural (animal jairo) y a la circunstancia de que el animal es repudiado por la madre, que le niega el alimento, hecho determinante este que provoca la adopción por el pastor o por otra hembra que sustituye a la madre en la lactancia. Lo que provoca como respuesta la mansedumbre en el animal, que se manifiesta en su tendencia a seguir al pastor o a cualquier ser humano, a quien identifica como fuente de alimento.
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