Música
Artistas y salud mental: las razones detrás del auge de los parones como el de Valeria Castro
Rozalén, Carmen Boza o Lola índigo son otros de los nombres que han anunciado una retirada de los escenarios para tomar perspectiva y darse un respiro. Otras artistas de las Islas como Marilia Monzón destacan la importancia del descanso y de saber escuchar al cuerpo

La artista palmera, Valeria Castro. / Darío Vázquez
el cuerpo después de todo es el título del último disco de Valeria Castro, pero también puede ser la frase que resume lo que hay detrás de la retirada temporal de los escenarios y de las redes sociales que la artista palmera anunció el pasado mes de octubre y que terminó el 26 de noviembre cuando recibió el Premio Ondas en la categoría de Fenómeno Musical del Año. Porque el cuerpo es el que da las señales de que hace falta parar cuando la mente va a mil revoluciones y se pierde en ese querer-llegar-a-todo.
Un dolor de espalda prolongado en el tiempo, un tic en el ojo que dura semanas o una mano invisible que aprieta en la garganta y que impide que salga la voz: las formas que tiene el organismo para hacerse oír son múltiples, a veces inesperadas, si no se le da el descanso que necesita.
«El ruido del mundo a veces nos hace pensar que hay que tirar palante con lo que sea y yo creo que está muy bien siempre y cuando no pasemos por encima de nosotras mismas», apuntó Valeria en el discurso que dio tras recoger el galardón, momento en el que también reivindicó la «transparencia», la «fragilidad», el ser «un cristalito».
Esa honestidad -desde la que compone, desde la que dijo estas palabras-, también es la que le hace de salvavidas. No solo por las canciones, que canalizan las pequeñas y grandes inquietudes del alma, sino porque ser honesto con uno mismo, con una misma, es la única forma de poder estar a la altura de todas las exigencias que trae consigo un mundo como el de la música, donde la exposición es constante y el ritmo frenético. Hay que escuchar el interior para saber cuando es el momento de apretar el botón de pausa.
Rozalén ha sabido hacerlo y también decidió, hace pocos días, abrazar la calma después de 15 años de trayectoria y de productividad constante. Su parón, que por ahora es indefinido, arrancará el próximo 1 de enero, dándole un tiempo que aprovechará para, en sus palabras, «viajar sin trabajar» o «devorar libros». Un tiempo de silencio.
«Es curioso que hoy en día anunciemos con importancia estas decisiones, pero creo que también es lógico debido a la presión y a la velocidad a la que se nos empuja. Necesito apartarme de las redes sociales, necesito estar en casa, en mi pueblo, con la gente que quiero», expresó en un vídeo en su cuenta de Instagram.
Otra artista que tomó la decisión de darse un respiro fue la gaditana Carmen Boza, que en octubre de 2024 anunció en redes que se retiraba de los escenarios para «priorizarse, atender y sanar su salud mental». «Siento que la industria musical se ha ido transformando en un entramado sumamente complejo y completamente atravesado por el capital donde el espacio para la autenticidad, la artesanía e incluso la música en sí misma, tristemente, es cada vez más pequeño y a menudo quedan relegadas a un segundo plano», detalló en una publicación que, todavía, es la última en su feed de Instagram.
También Lola Índigo anunció un parón musical en septiembre de este año: «Necesito un break», expresó durante un concierto, confesando también que estaba «agotada mentalmente», así como la artista argentina María Becerra decidió poner en pausa sus redes sociales en julio de 2024. Tanto sobre las tablas como online, la exposición al mundo, a los ojos que miran con más o menos crítica, está ahí. La diferencia es que del escenario se puede bajar, pero el de las redes es un torrente constante de opiniones, de notificaciones, de tener que decir todo el rato estoy aquí.
Los artistas canarios hablan
Teniendo esto en cuenta, ¿qué ocurre con esos artistas que aún no han parado pero sienten el peso de la exposición constante sobre sus hombros? ¿Cómo conviven con el algoritmo, con ese ser visibles y estar disponibles todo el rato, con las giras, los bolos o el miedo a que un descanso se interprete como debilidad?
La compositora y cantante canaria Marilia Monzón, que inició su trayectoria tras su paso por Operación Triunfo, manifiesta que la presión «cada vez se vuelve más recurrente» a su alrededor. Para ella, el choque entre su ritmo interior y el de la industria es evidente. Nacida en una isla, la de Gran Canaria, se siente marcada por un hacer más pausado y al golpito, por un horizonte compartido que te recoge en un trozo de tierra y te hace sentir parte de un todo. Siete años viviendo en Madrid le han dado perspectiva: «Agradezco tener un oasis alejado de la ciudad, donde poder desconectarme de los ritmos frenéticos que esta sociedad nos impone», confiesa.
A diferencia de otras artistas, Marilia no ha necesitado desaparecer del todo, en parte porque ha aprendido -a base de terapia y de escucharse- a respetar el descanso antes de llegar al límite. El cuerpo, de nuevo, es el que le da los avisos: «Somatizo muchísimo. Mi cuerpo me avisa de que no estoy yendo a un ritmo sano». La compositora hace alusión a la importancia de dormir después de cada concierto, de cuidar la voz como principal herramienta de trabajo y de alejarse del ruido, pero no puede evitar observar con preocupación cómo parte del sector se mueve por métricas, seguidores u oyentes mensuales.
«Se están olvidando de lo más importante, que son las canciones», declara. La validación externa y el ritmo de producción generan vértigo, pero la clave para ella está en reconocerse a tiempo. «Mi salud mental y mi creatividad van de la mano. Si mi cabeza no está bien, no puedo crear», sentencia.
Herramienta de trabajo
La saxofonista grancanaria Alba Gil Aceytuno nunca ha tenido que parar de forma oficial, aunque reconoce que la presión está ahí, manifestándose de formas menos obvias. Ella afronta las redes sociales con una mezcla de distancia y pragmatismo: «Intento cuidarme. Alguna cosa personal comparto, pero trato de ceñirme a que sea una herramienta de trabajo. Lo que me apetece compartir, lo comparto, pero intento que no sea una gran exposición de mi vida privada y se centre más en la música», reflexiona.
Sabe que la visibilidad importa, pero también que no quiere vivir pendiente del móvil. «Lo único que sí me gustaría cambiar es el acto reflejo de estar revisando todo el rato. No solo las reacciones, sino el scrolling sin sentido. Nos pasa a todos, no solo a los artistas, y nos deja ahí medio bobos», apunta entre risas.
Aceytuno nunca ha hecho una pausa como tal en su trayectoria -«me gustaría», reconoce-, y explica que la propia forma de ser de la profesión dificulta ese descanso. El calendario artístico no funciona como una agenda laboral común: las oportunidades llegan sin avisar y es muy complicado decir que no. «Aunque digas que te vas a coger vacaciones, si te viene un concierto tienes que salirte del calendario. Estratégicamente no te queda otra que meterte en la rueda. Empatando cosas no paras nunca. Me cuesta mucho decir que no por miedo a que no te vuelvan a llamar o por la inseguridad económica, pero hay que hacerlo por bienestar», expone.
En su caso, la salud mental y la creatividad aún se mantienen en equilibrio. «Cuando me siento a componer no pienso en el alcance que pueda tener la canción. Tengo suerte de que me es fácil conectar con la música sin pensamientos intrusivos». Aun así, sabe que en algún momento querrá permitirse un descanso real, uno sin promociones ni conciertos que interrumpan el silencio.
El artista canario Javier Auserón, más conocido como Ant Cosmos, también siente que tiene que ir a un ritmo más elevado del que su propio bienestar le permite. «Me he acostumbrado a tener que estar continuamente produciendo para poder tener la oportunidad de poder crecer y seguir trabajando de esto, que por suerte hace años que ya lo hago. Pero a veces se siente insostenible. Entonces toca parar, alejarte de esos números, rodearte de personas que te quieren y que quieres y volver conectar con el porqué de todo», confiesa.
«Hago el ejercicio de ver la sección de comentarios de gente a la que admiro mucho. Veo mucho odio indiscriminado, malas palabras, insultos... Entonces pienso que, si a esas personas las critican sin justificación, me pasará lo mismo a mi», añade.
Por su parte, la cantautora canaria Salomé Moreno se refiere a las redes como ese espacio en el que «tienes que defender el personaje de manera constante»: «La presión es muchísima. Es un estar pensando todo el rato en lo que quiere todo el mundo y no tanto en lo que te gusta hacer a ti. Es agotador. En los artistas es más evidente, pero es un reflejo de lo que nos pasa a todos ya. Estamos muy condicionados por las opiniones ajenas y así es difícil encontrar tu propio camino», reflexiona.
Parar es un privilegio, tal y como recalcó Rozalén en el anuncio de su retiro temporal. Un privilegio que no debería de ser tal cosa y al que la mayoría recurre cuando el cuerpo ya no puede más y lanza señales de alarma evidentes, como le ocurrió a Castro. Ese cuerpo que, después de todo, es todo lo que se tiene. Desde aquí, y robándole a Valeria parte del título de una de sus canciones, un alegato: tiene que ser más fácil el cuidarse.
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