El reinado con complejo de culpa
España ha sido históricamente feroz con sus reyes. Los idealiza mientras sirven al mito nacional y los demoniza cuando dejan de encajar. Es un rasgo patológico: la plebe se culpa por la historia del imperio español en vez de estar orgullosa de su historia

Juan Carlos I / EP
Juan Ezequiel Morales
Juan Carlos I cuenta su abdicación como una historia del cuerpo que se rinde, no de la política que le expulsa. El viejo rey no se concibe como un monarca caído por la corrupción o el escándalo, sino como un soldado agotado que, tras décadas de servicio, decide entregar la espada a tiempo para que otro continúe la batalla.
Sin embargo, el resultado histórico es el de un padre escondido en Abu Dabi, un hijo que gobierna mirando de reojo a los que quisieran acabar con la Corona, y un país que vuelve a repetir su viejo patrón, devorar a sus reyes y luego fingir que nunca los quiso.
El libro de memorias del Rey Juan Carlos se titula Réconciliation: Mémoires, y lo ha editado Éditions Stock, el 5 de noviembre de 2025.
En 1975, cuando Franco muere y Juan Carlos es proclamado rey, la monarquía en España es, ante todo, un injerto franquista. El príncipe ha jurado los Principios del Movimiento, y en pocos años, ese mismo rey se convierte en el símbolo de la Transición, apoya la reforma política, sanciona la Constitución del 78, acompaña la legalización del Partido Comunista, y tolera y respalda el desmontaje del aparato franquista.
Ese es el primer acto del mito juancarlista, un Rey designado por Franco que ayuda a enterrar políticamente a Franco y normaliza a España en Europa.
Luego viene el 23-F. El relato oficial lo consagra como el rey que, en la noche del golpe, aparece en televisión con uniforme de capitán general y frena a los tanques a golpe de discurso. La historiografía matizará muchas cosas con los años, pero el mito queda grabado. Sin él, España se habría deslizado hacia alguna forma de involución autoritaria.
Incluso los más críticos con Juan Carlos pueden percibir una dimensión humana, de hijo a padre, que se ha quebrado
Ese capital simbólico le permite atravesar las décadas de la alternancia PSOE-PP como una figura casi intocable.
Juan Carlos recuerda con nitidez la atmósfera en los cuarteles de 1981, un poder paralelo, autónomo, que se consideraba a sí mismo el auténtico guardián del Estado. Los generales franquistas (Milans, Armada, los nostálgicos del «orden») no obedecían al Gobierno, sino a una idea abstracta y superior de España; estaban convencidos de que podían intervenir cuando la política civil se desviara del camino correcto.
Hoy, salvando las distancias históricas, ese papel estructural lo ocupa la Unión Europea. Bruselas es ahora lo que antes eran los altos mandos del Ejército, la instancia que vigila, la autoridad que limita, el poder al que hay que rendir cuentas cuando el país se desordena.
Antes era la Brunete la que «corregía» los excesos del parlamentarismo; hoy es la Comisión Europea la que levanta la ceja ante cualquier deriva fiscal, territorial o institucional. España pasó de tener una tutela militar interna a una tutela tecnocrática externa.
Y si el rey temía a los generales porque podían romper el país por la fuerza, nuestros gobiernos actuales temen a la UE porque puede rompernos económicamente, diplomáticamente, financieramente.
En ambos casos, la misma verdad persiste. España, excepto en su pretérito imperial, nunca ha sido completamente dueña de su destino, siempre ha tenido un poder superior, uniformado antes, burocrático ahora, que determina los límites de lo posible.
Durante los ochenta, los noventa y gran parte de los 2000, Juan Carlos I encarna la monarquía arbitral, no manda, sino representa. Y el país, bastante ocupado en enriquecerse, modernizarse, viajar en low cost y endeudarse con hipotecas, acepta ese pacto tácito, él no molesta, y nosotros no preguntamos demasiado.
La crisis de 2008 lo cambia todo. De repente, España conoce el paro masivo, los desahucios, la precariedad brutal. Y entonces, en 2012, aparece la famosa fotografía del rey en Botsuana, posando con un elefante abatido, mientras el país se desangra.
El «Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir» es una escena de confesión a destiempo, no tanto porque pida perdón, sino porque la imagen desmiente la fábula del rey sobrio y sacrificado.
Al mismo tiempo, el caso Nóos convierte al yerno y a la infanta Cristina en protagonistas de un guion de malversación, influencias y dinero público canalizado a través de la cercanía a la Corona.
Más tarde llegarán las revelaciones sobre cuentas en Suiza, fundaciones pantalla, regalos saudíes de cien millones de dólares y toda la arquitectura patrimonial que rodea al monarca.
El Rey hace mal como hijo al esconder a su padre. Convierte la vejez del padre en castigo perpetuo no en examen sereno
Ahí es cuando la opinión pública empieza a ver que la Corona no es solo bandera, discursos de Navidad y campechanía. También es poder económico, redes, opacidad. Y la figura de Juan Carlos, hasta entonces incontestable, empieza a oxidarse.
Frente a ese contexto, las memorias del Rey ofrecen otra historia. Juan Carlos I se pregunta: «¿Cómo saber que es hora de retirarse?» y, acto seguido, despliega una galería de abdicaciones ejemplares: Washington, Eduardo VIII, Carlos V, reinas holandesas.
Es decir, Juan Carlos construye un árbol genealógico de las retiradas nobles y se inscribe en él. Frente al axioma de su padre y de Isabel II, «un rey nunca abdica», él se presenta como el monarca que, comprendiendo la fragilidad del tiempo presente, decide no morir en el trono, sino dejarlo a tiempo.
Pero el núcleo de su relato no es político, sino fisiológico. Alude a la apnea del sueño que no le deja dormir, caderas destrozadas, infecciones, analgésicos en dosis altas que le nublan la vista.
El episodio del 6 de enero de 2014 no es, en su versión, una resaca londinense, sino una crisis médica. El miedo a acabar en una silla de ruedas, como su madre, aparece casi como imagen traumática.
En paralelo, subraya que sigue trabajando como una bestia, viajes comerciales, cumbres, funerales, «ruta de los dátiles» en el Golfo, promoción de la marca España mientras el cuerpo se cae a pedazos.
No hay una palabra de duda sobre el uso de esas relaciones con las monarquías petroleras; solo orgullo de haber conseguido contratos para las empresas españolas.
Cuando decide abdicar, la escena que evoca es la de un ingeniero constitucional responsable. Reúne a sus «cuatro mosqueteros», jefes de la Casa Real y director del CNI. Llama a Landelino Lavilla para diseñar la ley orgánica de abdicación.
Coordina el calendario con Rajoy, Rubalcaba, González, Aznar. Se preocupa de que no contamine elecciones, ni referéndum catalán, ni partidos del Mundial.
Él se va porque el cuerpo ya no aguanta, Felipe está magníficamente preparado, y el país entra en una era de inestabilidad política donde la monarquía debe llegar fuerte.
La conclusión de Juan Carlos Rey es que no abdica por escándalo, abdica por responsabilidad y por cansancio.
Hasta aquí, su versión es la de una retirada estratégica. Sin embargo, lo que sigue revela el giro dramático, pues la abdicación no le lleva a una dulce vejez institucional, como a las reinas holandesas, sino a una especie de muerte civil en vida.
Y él mismo lo cuenta con un tono amargamente melancólico, que odia la palabra «emérito», que en España suena más a descarte que a honor.
El sistema le va quitando funciones, patronazgos, fundaciones; lo van apartando. La Zarzuela ya no es su casa, sino un palacio donde el hijo reina y el padre estorba.
Y llega el exilio de facto en Abu Dabi, cuatro años de vida discretísima, visitas contadas, viajes medidos con cuentagotas.
Mientras tanto, la nostalgia se desborda, las rías gallegas, Toledo con niebla, la Semana Santa sevillana, el olor a jazmín, la caza de la perdiz.
España se le convierte en un paisaje interior al que no puede volver plenamente. Juan Carlos se siente no solo exiliado del territorio, sino del relato.
Siente que le han robado su historia y que otros la están reescribiendo.
En el último tramo del libro se reafirma con fuerza, dice que pocos reyes en Europa han hecho tanto por sus países como él por España, reclama haber devuelto la libertad, modernizado la economía, proyectado el país al mundo.
Reconoce «desvaríos» de vida privada, pero los coloca como apéndice, no como eje, y acusa al gobierno actual de practicar un revisionismo que erosiona la Transición, desacredita su figura y, con ello, debilita la Constitución.
La frase final es brutal: quiere ser enterrado en España, con honores, como un hombre que se entregó por completo a su país.
Y aquí entramos en el presente. Porque el libro, leído así, no solo es la defensa de un rey viejo; es también una acusación velada contra su hijo.
¿Qué ha hecho Felipe VI? Romper públicamente con la herencia económica potencial del padre. Permitir que su figura desaparezca casi por completo del circuito institucional. Aceptar, por cálculo o convicción, que la presencia del emérito es tóxica para la imagen de la Corona.
Desde el punto de vista frío de la gestión de riesgos, la jugada tiene lógica, y cuanto menos se vea al viejo rey, menos munición para republicanos, independentistas y críticos de la Transición.
Pero desde el punto de vista histórico y simbólico, el movimiento es letal. Transmite miedo. Una monarquía que no se atreve a mostrar a su propio padre parece una institución acomplejada.
No genera respeto; genera compasión o desprecio. Deja el relato en manos del adversario.
Esta actitud confirma el viejo patrón español, el de usar al rey y luego tirarlo. Alfonso XIII acaba en el exilio. Juan de Borbón, «Conde de Barcelona», muere sin reinar.
Juan Carlos I, después de 39 años de reino, termina en un desierto dorado, tolerado a ratos, escondido casi siempre.
La moraleja para cualquier futuro rey o reina es terrible, es la de que España no cuida a sus monarcas; los devora cuando dejan de ser funcionales.
Y eso desgasta al propio Felipe VI.
Porque la ocultación tiene algo de ingratitud filial. Incluso quienes son muy críticos con Juan Carlos pueden percibir que hay una dimensión humana, de hijo a padre, que se ha quebrado.
Y eso erosiona la figura actual, un rey que parece más rehén de sus asesores de comunicación que señor de su propia casa.
Se puede ser republicano y admitir que la actitud con el emérito roza la cobardía histórica. Se puede ser monárquico y reconocer que Juan Carlos cometió actos que, en cualquier otro cargo, habrían significado la inhabilitación moral.
Lo que no tiene sentido es esta mezcla de amnesia selectiva y puritanismo tardío.
Durante décadas, el país se benefició de su figura para anclar la Transición, para vender en Europa una imagen de estabilidad, para mediar con monarquías y gobiernos de medio mundo aprovechando el tesoro histórico que es una monarquía de siglos.
Y cuando estallan las sombras, que estaban ahí desde siempre, y simplemente no se miraban, en lugar de hacer una lectura adulta (ni canonizarlo ni crucificarlo), se opta por el truco más infantil, el de meter al abuelo en un armario lejano.
España ha sido históricamente feroz con sus reyes. Los idealiza mientras sirven al mito nacional y los abandona o demoniza cuando dejan de encajar.
Es la constatación de un rasgo patológico. Probablemente el mismo que hace que la plebe se culpabilice de la propia historia del imperio español.
Se puede decir con toda claridad que el nuevo rey hace muy mal en esconder a su padre.
Hace mal como hijo, porque convierte la vejez del padre en castigo perpetuo, no en examen sereno.
Como jefe del Estado, porque renuncia a explicar ante la nación cómo se convive con un legado brillante y manchado a la vez.
Como monarca constitucional, porque acepta que la política del día (los intereses coyunturales de un gobierno, el miedo a los sondeos) dicte el tratamiento del símbolo que funda su propia legitimidad.
España, si quiere que sus instituciones sobrevivan, monárquicas o republicanas, tendrá que aprender alguna vez a no sacrificar siempre a quien las encarna para salvar, cobardemente, las apariencias del momento.
España pasa de un millón de vítores en la plaza de Oriente al saqueo talibán de una tumba medio siglo después de muerto el dictador, España pasa con facilidad asombrosa de un efusivo monarquismo a un ansia republicana liderada por rufianes.
Mientras tanto, un viejo rey mira desde Abu Dabi hacia un país que le debe mucho y le soporta poco.
Y un hijo que reina en Madrid, temeroso, sigue creyendo que esconder al padre apacigua a los enemigos de la Corona, cuando en realidad, alimenta a todas las hienas dueñas del patológico complejo de la culpa.
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