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Amalgama

La estafa verde

El KGM Torres EVX eléctrico eleva su autonomía sin subir de precio

El KGM Torres EVX eléctrico eleva su autonomía sin subir de precio

Juan Ezequiel Morales

La historia del coche eléctrico no es la historia del progreso, sino la sustitución planificada del sentido común por una ideología de rentas. Hace ya dos décadas que el ecologismo institucional es el nuevo opio de las élites financieras. Quienes siguen especulando con los bonos de carbono y haciéndose fotografías con osos polares de peluche son quienes han construido, y están construyendo, la economía más contaminante y dependiente de la historia. Como dijo Naomi Klein en This Changes Everything (2014), el capitalismo se puso el manto verde, no para cambiar, sino para eternizarse bajo otro signo. Allí donde hubo crítica del límite de la contaminación hoy hay una industria de la culpa y del aire regulada. Y el coche eléctrico es el buque insignia de este dispositivo moral e hipócrita. Según un último estudio de la Universidad de Duke, publicado en PLOS Climate, en noviembre de 2025, los vehículos eléctricos de batería emiten un 30% más de CO2 que los vehículos de gasolina, durante sus dos primeros años de vida, por el altísimo coste energético de la extracción de litio y fabricación de baterías. La movilidad verde se basa en un ciclo industrial ferozmente opaco y abismalmente devastador, ambiental y socialmente.

Al Gore, Bill Gates, y World Trade Organization, y los grupos de presión alineados, comprendieron que el miedo al cambio climático podría convertirse en la nueva fuente de legitimidad global. Las guerras del futuro no se librarían por el petróleo, sino por el litio, el cobalto, el níquel y las tierras raras, los metales para el control digital. Y el coche eléctrico es su caballo de Troya. Según la Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles 2025 (ACEA, 2025), los vehículos eléctricos representan ahora el 16,1 % del mercado europeo, impulsados por enormes subvenciones públicas y campañas institucionales. Sin embargo, un análisis completo del ciclo de vida, desde la extracción hasta el reciclaje, revela que el coche eléctrico no es una alternativa sostenible, sino un cambio de dependencia. La extracción de litio, cobalto y níquel, principalmente del Triángulo del Litio y la República Democrática del Congo, consume millones de litros de agua dulce en regiones áridas, desplazando a comunidades indígenas y destruyendo ecosistemas. Mientras tanto, el «cambio verde» disfraza el neocolonialismo extractivo implantado bajo la bandera del progreso medioambiental. Esta política forma parte de lo que Timothy Mitchell (2011) denominó «carbon democracy», o sea, democracia del carbono, el poder mediante el control del suministro energético. Y en su segundo nivel, el poder no es el control sobre los yacimientos petrolíferos, sino sobre los depósitos y los flujos de datos. Al Gore y Bill Gates, ambos arquitectos del capitalismo climático, personifican el abundante vínculo entre el humanitarismo corporativo y la especulación tecnológica. Sus principales fondos de inversión, Breakthrough Energy Ventures y Generation Investment Management, poseen los desarrollos de energía «limpia» más destacados y gobiernan la política pública mundial.

Y lo mismo ocurre con el negocio de Chira-Soria en Gran Canaria, que por lo pronto, aparte el nivel de salmuera mortífera que va a producir, ya ha dejado secos, sin agua, a los agricultores de Cercados de Araña, o con los olivares milenarios de Andalucía, muertos o trasplantados de raíz para substituirlo todo por placas solares.

Y mientras el ciudadano paga impuestos al circular, el consorcio tecnológico hace fortuna en la bolsa vendiendo baterías fabricadas con 250 toneladas de roca para extraer unos pocos kilos de litio. Nos prometemos un futuro sin emisiones (con visión política, no científica), pero pagamos una economía de la obediencia, sostenida por Estados que pautan subsidios y vigilantes digitales. Prevemos así una nueva teocracia tecnológica, donde las nuevas corporaciones tracen los dogmas y los gobiernos parezcan feligreses. La gran paradoja del siglo XXI es que la polución ya no es el fallo del sistema, sino justamente el esquema del sistema.

El consumismo del sometimiento, el subsidio a los ricos, los impuestos a los pobres y una dependencia digital en autonomía material, lo previó Ulrich Beck al hablar de «la sociedad del riesgo», una civilización que produce desastres para luego gestionarlos. Por eso mismo, cuando nos vendan un coche eléctrico, pensemos con cuánta fe hemos comprado una batería de desierto y lágrimas, ensamblada por esclavos energéticos del siglo XXI, y bendecida por los nuevos sacerdotes capital verde.

El capitalismo verde que viene es un sistema de poder basado en dogmas, indulgencias y tributos. Todos somos pecadores por nacer, seremos redimidos al consumir, y estaremos vigilados por supremacías algorítmicas. Lo que en su día fuera un mero ejercicio de prudencia se ha convertido en la moralidad del carbono bajo la retórica hipócrita y falsa de la sostenibilidad. El eléctrico no nos va a salvar, no es el vehículo que salvará a la humanidad, pues el planeta no necesita salvadores eléctricos sino pensadores libres. Cuando los políticos de la estafa verde, los rimbombantes mentores del desastre Chira-Soria, los fastuosos ministrillos de la Transición Ecológica, nos culpabilizan periódicamente a los ciudadanos, devolvámosle el desprecio por el engaño del que son cómplices, no les demos las gracias ni les sonriamos agradecidos como sectarios de un culto maligno.

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