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50 años de la Marcha Verde: Memorias del final del Sáhara español

Antonio el hamaquero: el panadero de Villa Cisneros

Una vida entre el desierto y la playa: la historia de Antonio Santana, desde los hornos en Dajla hasta convertirse en una de las personas más conocidas de Las Canteras

Antonio el hamaquero de Las Canteras de joven Villa Cisneros con un amigo saharaui.

Antonio el hamaquero de Las Canteras de joven Villa Cisneros con un amigo saharaui. / Cedidas por Antonio Santana

Las Palmas de Gran Canaria

Cuando murió en septiembre de 2020, a los 86 años, Las Canteras perdió a uno de sus rostros más queridos. Antonio Santana Fuentes –Antonio el hamaquero– había pasado veintiséis años cuidando la playa como si fuera su casa. Era el hombre de las tumbonas y las sombrillas del sector ocho, frente a la Clínica San José, pero sobre todo era el guardián de una forma de entender la vida: amable, servicial y profundamente isletera. Pero su historia empezó mucho antes, lejos de la orilla, en una franja de arena muy distinta: el Sáhara español, en concreto Villa Cisneros, actual Dajla.

Su hijo, Antonio Santana, rememora su niñez en el 50 aniversario de la Marcha Verde y de los Acuerdos de Madrid, firmados el 14 de noviembre de 1975, un episodio que obligó a miles de españoles, muchos canarios, a abandonar el Sáhara Occidental, que aún hoy mantiene abierto un conflicto con Marruecos por su autodeterminación.

Antonio Santana, el hamaquero de la Las Canteras en Las Palmas de Gran Canaria.

Antonio Santana, el hamaquero de Las Canteras en Las Palmas de Gran Canaria. / Lp

Orígenes familiares

La historia de la familia Santana, como tantas otras de canarios, comenzó en La Isleta, Las Palmas de Gran Canaria. Allí vivía Antonio Santana padre, nacido en 1934, hombre emprendedor, trabajador incansable y dueño de un triciclo con el que hacía pequeños repartos y trabajos de logística para su hermano mayor, Manuel, que ya se había marchado antes a Villa Cisneros, donde había levantado un pequeño puesto de comestibles en el soco. Desde allí pedía mercancías que su hermano le enviaba desde la capital grancanaria: repostería, conservas y artículos básicos.

Cuando surgió la necesidad de abrir una panadería llevada por españoles, Manuel se asoció con un industrial de Fuerteventura, Panchito, y fundaron la panadería Nuestra Señora del Carmen, pidiendo a su hermano que se hiciera cargo. Así fue cuando Antonio, el hamaquero, emprendió rumbo al Sáhara español. En 1964, con el horno encendido en el desierto, el resto de la familia se unió a la diáspora: Antonio tenía apenas dos años; su hermano Miguel Ángel, unos meses; y su madre, Águeda, una joven isletera que había trabajado en una peletería de la calle La Naval.

El papel de las mujeres

Al llegar a Villa Cisneros, Águeda no se sintió cómoda. La casa no tenía ni puertas ni luz, y le horrorizaba estar todo el día sola con los pequeños en un pueblo «lleno de moros y de legionarios», como ella decía. La soledad, la falta de familia y el aislamiento le provocaron una ansiedad silenciosa que duró años. Mientras tanto, su marido salía de casa a las cuatro de la mañana y no regresaba hasta la noche. En el horno de Nuestra Señora del Carmen se amasaba el pan de la colonia y se ganó mucho dinero, tanto que Antonio padre enviaba recursos a la familia y fue construyendo una casa de cinco plantas en La Isleta.

Su hijo Antonio conserva recuerdos de una infancia libre, intensa y feliz. «Fue una vida absolutamente divertida. Jugábamos todo el día, nos íbamos por el desierto, y a veces tenían que salir a buscarnos porque uno perdía el norte». Villa Cisneros era una plaza militar jerarquizada, pero el contacto entre los vecinos era real. Los militares ocupaban el escaño principal, luego los civiles, entre ellos los canarios, y después los saharauis. Los canarios eran mayoría: comerciantes, maestros, mecánicos y funcionarios.

Infancia y escuela

El colegio fue el primer lugar donde los mundos se cruzaban. Allí estudiaban todos. En el soco, Antonio recuerda con cariño a un joven saharaui que lo cuidaba de niño, Mohamed Mamud (apodado “el Hueso”), que décadas después se convirtió en parte de la embajada de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en Austria.

Cuando el horizonte empezó a oscurecerse y las noticias hablaban de tensión, la familia Santana decidió regresar a Gran Canaria. «La cosa se puso fea», le oyó decir a su padre. Antonio tenía once años. Atrás quedaban el bullicio del mercado, el calor seco, los amigos saharauis y los días de juegos interminables. «El regreso fue un trauma total», evoca.

Regreso y legado

De vuelta en La Isleta, el progenitor montó otra panadería. Pero su nombre no quedaría asociado al pan, sino a la playa, a las hamacas y a su vitalidad, buen trato y amor a Las Canteras: Antonio el Hamaquero, reconocido por el Ayuntamiento y por sus vecinos.

Hoy, su hijo, Antonio Santana, pensionista de 63 años tras tres décadas en el aeropuerto, cursa estudios africanos en la universidad. Ha recopilado sus recuerdos y junto a su amigo ya fallecido Mario Navarro en un libro titulado Villa Cisneros, Recuerdo Vivo.

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