50 años de la Marcha Verde: Memorias del final del Sáhara español
Los canarios, los amasadores de gofio en el Sáhara español
Entre la arena y el viento, miles de canarios formaron una comunidad próspera en El Aaiún antes de la retirada española tras la Marcha Verde y el inicio del conflicto del Sáhara Occidental

Parte de la familia de Pepe Santana, de Agaete, en El Aaiún en los 60. / El Día
A comienzos de los años sesenta, muchos miles de canarios alzaban la vista hacia el horizonte en busca de nuevas oportunidades. Los de la provincia occidental se dirigían principalmente a América, mientras que los de las islas orientales se aventuraban hacia el Sáhara español, más cercano y tangible que cualquier otro destino.
Para ellos, la franja saharaui no era solo un desierto de arena dorada, mar y cielo azules, semejante en cierto modo a sus islas natales, sino también un lugar donde podían ganar un salario digno, enviar dinero a casa y labrarse un futuro. En El Aaiún, los saharauis llamaban a los canarios zammat, “amasadores de gofio”, y los isleños llevaron consigo sus costumbres, su esfuerzo y su determinación.
El viaje de Pepe Santana
Todo cambió en 1975, cuando la Marcha Verde y los Acuerdos de Madrid pusieron fin a la presencia española, repartiendo el territorio entre Marruecos y Mauritania, que pronto abandonó su ocupación al carecer de recursos suficientes.
Entre los canarios se encontraba José Ramón (Pepe) Santana. Este ex guardia civil, natural de Agaete, llegó a El Aaiún mucho antes de la Marcha Verde. Tenía siete años, en 1965, y viajó junto a su madre Andrea, sus hermanos y su abuela Nina.
Impresiones del desierto
Su padre, José Santana, panadero agaetense, se había trasladado antes para trabajar en la panadería de la Plaza Canaria, propiedad de la empresa Salas Araya, que ofrecía tres veces más del sueldo que ganaba en Canarias. Con siete añitos, era la primera vez que montaba en un avión: un bimotor de hélice, un DC-3 de la compañía Spantax.
La llegada a El Aaiún fue decepcionante, pues se la imaginaba selvática, como en las películas de Tarzán, y lo que veía era una enorme mancha amarilla de arena, con una mancha azul cielo en medio, que era el río que atravesaba la ciudad por la parte norte, con camellos, jamaros (burros) y cabras por todos los sitios.
Vida entre jaimas y escasez
Los saharauis vivían en jaimas alrededor de la ciudad, aunque luego se radicaron en ella. Las condiciones no eran muy buenas: en el barrio Cementerio o “barrio canario” no había luz eléctrica, aunque a eso ya estaban acostumbrados; en aquellos años en Agaete casi no había, solo por las noches y durante unas horas.
El agua la traían en cubas. Ante esta precariedad inicial, su madre no se adaptó y, a los dos meses, embarazada de su hermano pequeño, le dijo a su padre: «Pepe, aquí te quedas hasta que me encuentres una casa en condiciones», y “arrancó la penca” para Agaete con los cuatro hijos y su abuela.
La prosperidad del Aaiún
Eran los años en que empezaban a llegar las compañías mineras, constructoras y de sondeos; la ciudad crecía como la espuma. Tras nacer su hermano pequeño, en 1967 su padre consiguió una casa en las proximidades de la Plaza Canaria y volvieron todos para allá. Hasta se llevaron la máquina de coser Singer de su abuela, lo que auguraba que esta vez iba en serio.
Y allí aguantaron hasta que los “echaron” en 1975, cuando Pepe Santana contaba con 17 años, «o lo que los mandamases de la época llamaron ‘evacuación del territorio’ y los militares, ‘Operación Golondrina’», indica.
La vida canaria en el Sáhara
La llegada de agaetenses fue constante todos esos años. Muchos fueron a trabajar en la empresa minera Fos-Bucraa, que comenzó a explotar la mina de fosfatos situada cerca de El Aaiún. Pagaban bien, ofrecían vivienda gratis y otras prebendas. Entre grandes y pequeños, se pudieron juntar cerca de doscientos agaetenses en el Sáhara, junto con los procedentes de Gáldar y Fuerteventura, uno de los pueblos con mayor presencia en aquel territorio, expone Santana.
«Los canarios o zammat, amasadores de gofio, como nos conocían los saharauis, teníamos nuestras parrandas, nuestros equipos y liga de lucha canaria, nuestros bailes; veíamos y escuchábamos la televisión de Canarias, las emisoras de radio de Las Palmas, acudíamos a animar a la Unión Deportiva al aeropuerto en sus escalas de los partidos de la Península. Nos reuníamos en las casas y celebrábamos nuestras fiestas. En fin, nos encontrábamos prácticamente como en las islas», cuenta.
La colonia canaria
El censo de 1967 contabilizaba 9.395 europeos en la provincia africana, de los que 3.317 eran canarios, la mayoría de las islas orientales y residentes en El Aaiún. A principios de 1975 ya se calculaba que cerca de 10.000 canarios vivían en el territorio, además de los militares.
Muchos trabajaban en tiendas, panaderías, almacenes o como obreros de la construcción y suministros; otros se incorporaban a la mina de Fos-Bucraa, donde la vida y el salario despertaban el interés.
Educación y despertar político
España facilitaba el acceso a la educación a los estudiantes saharauis: tenían todo gratis y residencias. Cuando los españoles no tenían clase de religión, los saharauis iban a clase de Corán y árabe clásico, evoca.
Santana explica que España ofrecía grandes facilidades: aunque no trabajaran, los saharauis recibían una pequeña paga, reparto mensual de alimentos básicos (azúcar, té, harina) y oportunidades de empleo en la Policía Territorial o las Tropas Nómadas.
La vida escolar de Pepe Santana era casi como en Canarias, con el colegio Yanguas Miravete y el instituto General Alonso —tuvo de compañero de pupitre al conocido magistrado Manuel Marchena—. Los alumnos mayores eran saharauis, muchos de los cuales se involucraron posteriormente en el Frente Polisario, al tomar conciencia de que el Sáhara podía ser un pueblo rico e independiente.
Del PUNS al conflicto abierto
«Muchos compañeros de mi clase empezaron a implicarse en el Frente. Algunos regresaban torturados por la policía española; era un aviso de que el territorio estaba cambiando», narra Santana. En 1973 se creó el Frente Polisario, financiado por el Frente de Liberación Nacional de Argelia, partidario de la lucha armada por la descolonización rápida.
Al año siguiente, el Gobierno español creó el Partido de la Unidad Nacional Saharaui (PUNS) para contrarrestar las fuerzas nacionalistas, si bien esta maniobra no logró más que impulsar al Frente Polisario como único representante del pueblo saharaui ante la comunidad internacional.
De La Haya a la Marcha Verde
Por su parte, el Tribunal de La Haya no dio la razón a las pretensiones territoriales de Marruecos, recomendando la celebración de un referéndum de autodeterminación, un conflicto aún irresoluto cincuenta años después.
En 1975, la tensión alcanzó su punto máximo. La situación comenzó a desestabilizarse: tiroteos, secuestros, atentados... El 6 de mayo murió un niño palmero, hijo de un trabajador, al explotar una granada mientras jugaba. Las mujeres españolas, incluidas las de los militares, realizaron una manifestación histórica frente al Gobierno Civil que logró suspender el curso escolar y permitir la evacuación.
La vuelta a las Islas
Comenzó el éxodo de las familias en junio de 1975, cinco meses antes de la Marcha Verde. Iberia tuvo que ampliar al doble sus vuelos con Canarias y la Península; se formaron largas colas en busca de pasajes ante la oficina de la compañía.
La familia Santana inició su regreso a Agaete, mientras que el padre, José Santana, permaneció en El Aaiún como “personal indispensable” hasta diciembre, al llevar una panadería con más de veinte empleados.
La retirada española
Pepe Santana afirma, según le relató su padre, que fue una ocupación militar, no una marcha civil. El 6 de noviembre se produjo la Marcha Verde: entre 200.000 y 350.000 marroquíes reclamaban el territorio blandiendo el Corán y fotos de Hassan II. No llegaron a El Aaiún, pero España retiró sus tropas tras los Acuerdos de Madrid del 14 de noviembre.
Su padre le contó que había columnas militares marroquíes enormes, de kilómetros de extensión y con toda clase de tanques y camiones. El ejército marroquí entró a principios de diciembre, mientras el español aún estaba allí. Los marroquíes se acostaron «con la cama aún caliente», y luego llegaron los colonos, y muchos saharauis se fueron a Tinduf.
Regreso y reflexión
Pepe Santana se hizo guardia civil al llegar a Agaete. Desde su actual perspectiva, ya retirado y como estudioso de esta situación, cree que el conflicto se irá “diluyendo poco a poco”. Muchos saharauis, incluidos ex altos cargos militares del Frente Polisario e intelectuales, han desertado de Tinduf y han regresado a El Aaiún, aceptando la situación marroquí y criticando la falta de democracia interna del Frente.
Tras 45 años, Santana regresó al lugar que había sido su hogar y el de tantos compatriotas. Encontró una ciudad transformada: avenidas amplias, inversiones marroquíes, un paisaje urbano que había sustituido a la inmensa llanura de su niñez.
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