Almendralejo
Cuando la sangre se convierte en algo más que la vida
Antonio Mulas, una de las figuras claves para las donaciones de sangre en Almendralejo desde hace tres décadas, reconoce que hay un problema con el relevo generacional de los donantes y que la vida «acelerada» no ayuda a mantener una recaudación de bolsas de sangre en ascenso

Sala de donantes en el centro de salud de San José. / EP
Hablar de la hermandad de donantes de sangre en Almendralejo es hablar de compromiso, de continuidad y de la importancia de algo tan básico como invisible, la sangre que sostiene a los hospitales y permite que el sistema sanitario funcione. Al frente de esa labor se encuentra desde hace más de tres décadas Antonio García Martín de las Mulas, delegado local de la hermandad de donantes de sangre de Badajoz en Almendralejo. Siempre conocido entre su gente como ‘El Mula’.
Los inicios, recuerda, fueron muy distintos. En los primeros tiempos había que movilizar a personas concretas, lanzar avisos urgentes y organizar desplazamientos improvisados a Badajoz. Con el paso de los años esa figura espontánea que coordinaba se convirtió en algo mucho más estructurado, nacieron las hermandades y se organizaron las primeras colectas locales. Almendralejo, como otras muchas poblaciones, se sumó a esa red que hoy cuenta con 80 localidades en el ámbito de la hermandad de Badajoz.
Pero más allá de la historia, lo realmente urgente está en el presente. Porque la donación de sangre se ha vuelto más difícil de sostener. «En Almendralejo las donaciones han ido descendiendo», admite Mulas. Y no lo dice como una queja, sino como un diagnóstico. La vida actual, con horarios imposibles y rutinas aceleradas, complica encontrar un hueco para donar. Eso obliga a redoblar esfuerzos en algo tan sencillo y tan complejo a la vez como convencer a la gente de que merece la pena.
El calendario de colectas se ha ido ampliando, de dos jornadas iniciales se ha pasado a ocho días de donaciones en Almendralejo. Aun así, no es suficiente si la participación se estanca. «Un hospital sin sangre no funciona», admite Mulas. Y detrás de esa frase hay una realidad incontestable, la sangre no se fabrica, solo se obtiene de las personas.
Hoy el trabajo pasa por visibilizar la necesidad. Antes los llamamientos llegaban en cartas; ahora se recurre a los medios, a las redes sociales y al boca a boca. La clave está en llegar a todo el mundo, no solo a quienes ya forman parte del registro habitual de donantes. Y en ese esfuerzo aparece una preocupación de fondo: el relevo generacional. La edad máxima para donar son 66 años, lo que significa que, inevitablemente, habrá que suplir a quienes dejan de poder hacerlo. «Lo mejor que debemos hacer es aumentar el número de donantes jóvenes», señala el delegado.
Ese relevo no surge de la nada, sino de un ambiente que hay que cultivar. Por eso se insiste tanto en la importancia de inculcarlo en casa. Padres que van a donar y llevan a sus hijos, jóvenes que acompañan a sus familias y acaban participando. Pequeñas rutinas que transmiten la cultura de la donación casi sin darse cuenta. «Es un ambiente bonito para ir a donar», explica Mulas, porque alrededor de las bolsas de sangre y los equipos médicos también se crean vínculos, se comparten conversaciones y se refuerza la idea de que dar es recibir.
La sangre que se recoge en Almendralejo viaja después al banco de sangre regional y desde allí se distribuye a hospitales de toda Extremadura. Se utiliza en intervenciones quirúrgicas, en accidentes, en tratamientos oncológicos y en cientos de casos cotidianos que rara vez trascienden, pero que dependen de que alguien haya tenido la generosidad de donar. Esa es la grandeza y la fragilidad de este sistema: sin donantes no hay transfusiones, y sin transfusiones no hay futuro para miles de pacientes.
La hermandad de donantes en Almendralejo afronta ese reto sabiendo que el mayor desafío no es logístico, sino humano. Conseguir que nuevas generaciones comprendan la importancia de un gesto sencillo que puede salvar vidas. Recordar que donar sangre no es un sacrificio, sino una manera de ayudar a los demás sin recibir nada material a cambio. Y asumir que, en un mundo en el que casi todo se compra, la sangre sigue siendo lo único que solo puede ofrecerse de persona a persona.
La hermandad de donantes local tuvo el sueño de lograr mil bolsas en una de sus campañas. Y estuvo a punto de lograrlo. Ahora, su gran reto, es que las donaciones sean constantes.
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