Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La vida está en otra parte

En ‘La expulsión del Paraíso’, Juan-Manuel García Ramos aborda los escollos sociales y existenciales de la condición insular

Juan-Manuel García Ramos.

Juan-Manuel García Ramos. / María Pisaca

Antonio Puente

Dicen que, en materia de infortunios (des)amorosos, un clavo termina saliendo con otro clavo. Pero, aparte de lo gratuito de semejante pronóstico («uno jamás podrá olvidar a la persona que le enseñó de verdad el amor», sentencia el narrador), ¿qué decir de cuando el nuevo amor, supuestamente sustitutorio, acaba también en desamor, y de manera más dramática, por cuanto esta vez sí se poseía la herramienta para conservarlo? 

A través de una muy bien contada historia de amor, en donde no hay distingos entre la fusión de los cuerpos y el paisaje edénico que los circunda, García Ramos urde una crítica a la vez existencial y social de la condición isleña. El propio título de la novela, La expulsión del Paraíso (Mercurio) es un insalvable oxímoron, desde que Jorge Luis Borges, con materiales de John Milton, decretara que «no hay otros paraísos que los paraísos perdidos». Es siempre un recuento a posteriori, pues encontrarse en el paraíso implica la inminencia de perderlo. El hilo central de esta nueva entrega del Premio Canarias de Literatura y catedrático emérito de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de La Laguna es la intensa aventura de amor furtivo que, por espacio de dos años, vivirán el General y la Princesa, como se apelan cariñosamente los coprotagonistas. Él es Cristoph de Saint-Antoine, un martiniqués sexagenario, que, desengañado de la vida y de un primer desamor, ha abandonado su isla antillana, y, Atlántico abajo, recalado en un bello pueblo norteño de una «isla macaronésica», sin más, donde iniciará su romance con Elba, una joven oriunda, malcasada con Altamirano, un aburrido y violento hombre acomodado del lugar. Se sabe que se trata de Canarias por la precisa descripción, aquí y allá, de los inconfundibles endemismos, pero ese buscado anonimato refuerza, a la vez, su condición de vergel (donde practicar el recomienzo del amor ininterrumpidamente, como quería André Breton en su sublimación de El castillo estrellado) y de carcasa vacía o cámara diletante; de cadáver edénico, precisamente. 

Esa es la gran paradoja de los espacios paradisíacos: solo pueden tener esa consideración al palpo humano, y, en cambio, como repara el narrador: «Todos los paraísos son arruinados desde que los violentan las pisadas de sus moradores. Todo está en el Génesis, no como lección definitiva, sino como advertencia de que un edén habitado nunca será un edén». En una trama muy bien compensada, se alternan las reflexiones (que abundan en esa idea fija: «Las islas son paraísos cuando no existen sus habitantes. La estrechez espacial insular desata odios insólitos, ambientes irrespirables, morales venenosas») y el ritmo trepidante del amor desriscado: cómo este termina por truncarse, a causa de los señalamientos y las habladurías de los entrometidos moradores. Si, como quería Jean Paul Sartre, «el infierno son los otros», aún lo son más en las petadas proximidades de los espacios chicos. El amor truncado es solo el aspecto más visible y, por así decirlo, pintoresco, de la enmienda a la totalidad insularia que emprende el narrador: «Cristoph habló entonces de la pasividad que notaba en los pueblos de la isla, ‘la gente tiene una mentalidad muy sumisa’». Observa «una docilidad colectiva frente a los que ocupan la parte alta de la jerarquía económica, política. La gente muchas veces le parecía zombi, sometida con su consentimiento, sin un atisbo de soberanía, de autogestión, de mayoría de edad, para decirlo pronto y tal vez mal». Y, entre los múltiples relatos que reaparecen en la novela (como las inercias coloniales o los padecimientos de la vejez), el narrador aborda con valentía un ámbito que, profesionalmente, conoce muy bien: «Miranda [un profesor que acaba suicidándose] había sido una víctima más de un sistema universitario tercermundista y cruel. Él ya no quería saber nada de su paso por los claustros y las aulas, soportando alumnos desmotivados y colegas que parecían enemigos camuflados». Incluso, ya muy avanzada la narración, el protagonista aprovecha las mutuas copas de más para consolar de este modo a un lugareño que, desde hace años, arrastra la intención de culminar una novela nunca comenzada: «Para escribir una novela hay que tener un continente debajo. Lo dijo Dostoievski, un maestro de novelas continentales e inmensas. No perseveres. En las islas no existen ni las novelas ni los novelistas. Solo hay una excepción: Alejo Carpentier. Pero ni Carpentier es cubano ni Cuba una simple isla».

Es evidente que García Ramos desarrolla en su trama algunas ideas claves de la tradición vanguardista de las Islas, desde el veredicto de Pedro García Cabrera sobre el secular desajuste entre el paisaje y el paisanaje insulares, hasta la constatación de Domingo Pérez Minik de que «no hay lugar más peligroso para la independencia de la criatura humana que una isla». Pero su intertextualidad con citas de autores de otras latitudes, junto al anonimato de su isla (con minúsculas: cada cual tiene la suya en materia de amor) del «Atlántico Medio», refuerzan la universalidad de su planteamiento. Consumado autor de ensayos y tratados sobre Atlanticidad, es una añagaza que el protagonista sea un extranjero, pero no tanto, si proviene de las mismas aguas. Es un extranjero amante (valga la redundancia) co-oceánico. «Turista accidental» (quizás la única manera de visitar los azarosos parajes del amor), Cristoph procede de la misma Martinica que el poeta y gobernante Aimé Césaire, aquí doblemente homenajeado, por su crítica al colonialismo y por su lirismo geoexistencial sobre la condición insular atlántica: «Islas cicatrices de las aguas / Islas evidencias de heridas / Islas migajas / Islas informes / Islas mal papel rasgado sobre las aguas…». Es un contrasentido insalvable que cuando esté el vergel no esté el amor, y que cuando este se desarrolla, desaparezca el vergel. Se canta, en esta narración, a la fugacidad de una belleza necesariamente efímera, que se puede acometer («… se colocó dentro de sus carnes y copularon al ritmo de las olas…», u, otras veces, abanicados por las plataneras, o entre «tarajales con telas de araña de maresía»), pero que no se puede retener. Se ensalza, en fin, «la naturaleza cómplice del cuerpo en cueros»; siempre antes de que los amantes vuelvan a vestirse, y entonces -como diría Cortázar en Un tal Lucas- vuelvan «a ser lo que no son». En conclusión, el Paraíso no está en la otra esquina -como pensaban los personajes de Vargas Llosa- sino siempre, indefectiblemente, en la esquina de atrás. Solo cuando ya se ha sobrepasado, si es que vuelve a disponerlo la diosa hermafrodita del azar.

Tracking Pixel Contents