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pleno del parlamento de canarias | Última sesión antes del verano

Un fantasma en Teobaldo Power y el hermano bueno de Tony Soprano

No todos los días un vicepresidente del Gobierno se queda sin partido político por no cumplir la ley; pues ni una miserable frase

Román Rodríguez contesta a preguntas de la diputada del Grupo Mixto, Vidina Espino, en el pleno de ayer. | | E.D.

De repente el cronista se sintió relajado, cómodo, placentero, casi dionisiaco. No era por la calidad de los discursos de sus señorías, ni por la brillantez de las respuestas del presidente del Gobierno y sus consejeros, ni por el relampagueante talento de la oposición, ni por la solidez y coherencia de las propuestas políticas que se exhibían, ni por la henchida majestad democrática de la institución parlamentaria. Era el aire acondicionado. Santa Cruz de Tenerife se derretía allá fuera pero sus señorías estaban tan fresquitos que muchos ni siquiera sentían la necesidad de quitarse las chaquetas ni aflojarse el nudo de las corbatas. Aunque todo hay que decirlo: el número de sincorbatistas –señores generalmente de más de cuarenta años que se empeñan en parecer actores de Al salir de clase– no deja de aumentar. Hasta en el PP, dios nos ampare, encuentras a diputados sin corbata, y esa circunstancia, sumada al cambio climático, es un indicio evidente de que el fin de los tiempos está cerca.

Por supuesto existen otras señales del apocalipsis. La más comentada ayer en los corrillos y los wasaps es que Nueva Canarias ya no existe. Servidor no sabía hasta qué punto era grave la cosa hasta que llegó al Derby –la cafetería más frecuentada por diputados, asesores, ujieres, periodistas y otros animales de compañía– y encontró a don Luis Campos metiendo un dedo en el café hirviendo una y otra vez, seguramente para comprobar que existía. Estuve a punto de dirigirme al diputado para asegurarle que era el portavoz de Nueva Canarias desde hace tres años, pero me pareció que no estaría dispuesto a creerme. Si he comentado hasta la saciedad que NC no existe sino como camarlengo del PSOE en el Gobierno, ¿por qué me van a creer ahora si les digo que sí existe? Más adelante observé a Carmen Rosa Hernández y noté que saludaba con un golpito en el hombro a todo el mundo con mucha naturalidad, pero su mirada cenicienta desprendía una aprensión evidente. Tocaba para que todos se dieran cuenta de que no era una presencia fantasmagórica. Me recordó a Enoch Soames, el protagonista del cuento homónimo de Max Beerbohm, que le suplicó a su amigo mientras el demonio se lo llevaba al infierno:

–Dígale a la gente que existí. Por favor, dígale a la gente que de verdad existí…

El hecho ya suficientemente comentado es que Nueva Canarias ha sido retirado –por sentencia judicial firme – del registro de partidos políticos, porque llevaba cuatro años, cuatro, sin presentar sus cuentas –un detallado informe de sus ingresos y gastos debidamente documentados tal y como marca la legislación vigente– y a ti te encontré en la calle. Al parecer –este cronista no ha podido constatarlo– el Ministerio del Interior ya concedió un mes de plazo hace justo un año a los dirigentes de NC para presentar recurso, pero sea porque Román Rodríguez estuviera de charleta con Paul Krugman, sea porque Carmelo Ramírez estaba liado terminando un tayín, nadie respondió. Jurídicamente Nueva Canarias no existe desde el pasado mes de septiembre. Ahora es un grupo de amigos que igual podrían dedicarse a la política que a cantar rancheras. Están pero no están. Son pero no son. Las consecuencia de esta inepta frikada elevada a thriller político pueden ser difícilmente calculables. ¿Qué ocurre con las subvenciones y donaciones recibidas por la extinta Nueva Canarias en el último año? ¿Y en los cuatro últimos años? ¿Y la asignación económica que anualmente recibe su grupo parlamentario? ¿Deben devolverla total o parcialmente? ¿Tendrán que montar otro partido (Novísima Canarias, Canaristas Nuevamente Despistados) para presentarse a las elecciones de 2023? ¿Cómo es posible que profesionales de la política con más de treinta años de experiencia caigan en esta cafrada? Y, por supuesto, la modelada ayer entre los diputados con distinta intensidad y maldad: ¿cómo puede pretender imponer obligaciones en las casas de todos y cada uno de los canarios un consejero de Hacienda que no tiene en orden la suya hasta el punto de que se la han quitado?

Román Rodríguez, con una sonrisa que parecía más relacionada con el extreñimiento nervioso que con la ironía inteligente, respondió a una pregunta de Vidina Espino que no pensaba dimitir. Ni como consejero de Hacienda ni por nada. No tenía que jurarlo. Estaba obligado –política y moralmente obligado– a dar una explicación cabal ayer. No todos los días un vicepresidente del Gobierno se queda sin partido político por no cumplir la legalidad, que es exactamente lo que le ha pasado al titular de Hacienda. Pues ni una miserable frase. Detrás de este mutismo no hay ninguna fortaleza, sino miedo. Miedo paralizante y una radical incapacidad de adivinar hacia dónde tirar. Ayer mismo llegó un cuarto de hora tarde a la sesión plenaria para evitar a los periodistas. Por supuesto ya se han activado los equipos de Ghosbusters. La disidente de Nueva Canarias en paz descanse, Sandra Domínguez Hormiga, dirigió antes del almuerzo un escrito a la Mesa del Parlamento para que aclare cuál es la situación jurídica y económica del grupo de diputados elegidos en las listas de Nueva Canarias. Por la tarde el PP presentó una solicitud muy similar, firmada por María Australia Navarro. Rodríguez y sus compañeros deben tomar una decisión política luego de ofrecer una explicación a los ciudadanos, los hayan votado o no.

Por lo demás casi todo el pleno pasó asordinado bajo la explosión de mentecatez fantasmagórica de la jornada. Más o menos lo de siempre: Casimiro Curbelo como hombre de Estado que nos recuerda sabiamente que los ingresos no solo hay que apagarlos, sino evitarlos («hay que cambiar las leyes para coordinar lo que haya que coordina», apuntó el Demóstenes gomero), Manuel Domínguez acusando al Gobierno canario de servil, Manuel Marrero defendiendo apasionadamente los impuestos a la banca y a las compañías eléctricas aunque todavía no exista ni un puñetero borrador al respecto, Vidina Espino pidiendo que bajen los impuestos, Pablo Rodríguez y su amor incondicional por el convenio de carreteras, las habituales preguntas con masaje tailandés y besitos volados para el presidente de los diputados socialistas, con Nira Fierro, como siempre, marcando el paso, y la insistencia en que el Ejecutivo regional –¿para qué vamos a disimular?– lo ha hecho e-jem-plar-men-te –el adverbio más repetido durante la jornada– en la reconstrucción de La Palma, en la política de viviendas, en materia de transición ecológica y energías alternativas. Si para responder a la críticas de la derecha hay que remontarse al PP del año 2004, uno se remota, como José Antonio Valbuena, y aquí no ha pasado nada. Cuando Román Rodríguez subió a la tribuna para explicar que no bajará impuestos estaba extrañamente apagado e incluso mohíno, y si se prestaba atención parecía que su imagen se difuminaba como Marty McFly en Regreso al futuro. «He visto a Gustavo Matos a través de Román Rodríguez», comentaba un malicioso diputado coalicionero. Los fantasmas andan sueltos por el salón de plenos, por el que circulan almas desesperadas de consejeros y diputados que expulsados de Nueva Canarias vagan por el espacio, y a la diputado conservadora Astrid Pérez se le rompió el escaño y casi se va al suelo. Puede que sea la madera vetusta, pero puede que sea telekinesis.

Lo único relevante de la tarde fue la comparecencia del consejero de Sanidad, Blas Trujillo, para informas sobre novedades acerca del llamado caso Mascarillas. Trujillo mostró su elegante hartazgo por esta historia. Total, son apenas cuatro millones de euros y lo está investigando la Fiscalía Anticorrupción y su querella ha sido admitido a trámite por un juzgado. Pequeñas insignificancias. El solicitante de la comparecencia, José Alberto Díaz- Estébanez, no lanzó ninguna acusación de delitos contra ninguna persona física o jurídica y se limitó a formular una decena de preguntas. Por ejemplo, quién puso en marcha la compra de las mascarillas. Trujillo, que adoptó la versión de un hermano bondadoso y paciente de Tony Soprano, decidió que todo eso era un ataque de furia inquisitorial. Hay que tener mucho estómago para actuar como lo hizo ayer Trujillo, pero precisamente por eso es consejero, no por su capacidad de gestión sanitaria. Ni una explicación, ni una pregunta respondida, ni una precisión sobre el trámite administrativo seguido y que culminó con una estafa de cuatro millones de dinero público. Cuando Díaz Estébanez insistió en quien puso en marcha la operación de compra una voz gritó desde la bancada socialista: «¡Román!». Se escucharon algunas risas, pero el interfecto no dijo nada. Los muertos no hablan. Y los fantasmas políticos, aun menos.

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