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Una madre de acogida canaria relata el último contacto con sus niños ucranianos: «Oigo gritos y llantos»

Lo último que vieron fue una pista con decenas de helicópteros rusos

Denys con su madre de acogida, Araceli Rodríguez López, en Morro Jable, Fuerteventura, en una de las habituales estancias en la isla majorera.

Cuando Denys llegó con 13 años por primera vez a Pájara quiso ver el mar. «Y se quedó impresionado». Había aprendido a nadar en un estanque de su ciudad natal, más cerca de la frontera con Bielorrusia que de Kiev, en el área que quedó al albur de la radiación de la central de Chernóbil, pero la inmensidad del océano le resultaba inabarcable.

Nasti, de 11 años.

Huérfano, y con dos hermanas más pequeñas, en estos días de guerra y conflicto se encuentra bajo la tutela de sus dos abuelos maternos, y llega a las islas todos los años como parte del programa de acuerdo entre España y Ucrania para que los niños pasen tres meses de verano y un mes en Navidades fuera del área de radiación para minimizar los potenciales riesgos de contraer una patología oncológica.

Cristina, de 13 años.

Hoy, Denys, así como de Cristina, de 13 años y Nasti, de 11, se encuentran escondidos en un sótano de una pequeña ciudad, con vistas a un aeródromo. A partir del mismo día 24, cuando Rusia inicia las hostilidades, comenzaron a oír los estampidos de los misiles por la noche, unas explosiones que se intensifican sobre todo de madrugada, «y no querían irse a dormir para no escuchar las bombas».

Desde su vivienda veían las trazas de fuego que dejan los proyectiles cruzando el cielo, hasta que una mañana ven como las pistas del aeropuerto están ocupadas por entre veinte y treinta helicópteros rusos. «Oigo gritos y llanto», dijeron «muy asustados» a través del móvil. Eso fue el viernes 25 de febrero, «la última conversación que pude mantener con ellos, en la que me confesaron que tenían mucho miedo”.

Y nunca más se supo.

Este pasado viernes se cumplían siete días desde que la majorera Araceli Rodríguez López, de Morro Jable, perdió la comunicación telefónica con ellos, un contacto que hasta entonces era fluida a través de los móviles que precisamente les había comprado ella y cuyo saldo recarga desde la isla. La única pista posterior que ha tenido de los tres huérfanos la ha recabado Araceli de la hija de su marido y una amiga de ésta, que lograron contactar a través de Instagram con personas de la zona que los conocía y que le pudieron decir que se encontraban bien, y que les ratificaba que estaban «escondidos en un sótano».

Su esperanza es que, justo por permanecer ocultos en ese nivel inferior, los aparatos hayan perdido cobertura.

Cuando Araceli Rodríguez López decidió adherirse al voluntariado para traer primero a Denys se prestó a acoger un niño ya algo mayor, «porque son muy vulnerables ya que casi nadie quiere en acogida por su edad»., en una etapa algo más difícil, en el zaguán de la adolescencia.

Pero se encontró con una joyita. «Cuando llegó le dije que me llamara Celi. Él me dijo, no, tú eres mamá». Fue un vínculo automático., según lo describe una Araceli en estos momentos al límite de una indisimulada desesperación.

Los primeros días con él fue un descubrimiento mutuo, de ida y vuelta. «No había comido en su vida ni un sándwich mixto, ni una Coca Cola, y si le daba un yogur dejaba la mitad, para comérselo después, me decía, y tenía que explicarle que mamá tenía más yogures en la nevera. Bueno, es que me daba hasta las gracias muy serio cada vez que comía».

Tras Denys, «un niño superbueno», como lo describe Celi, llegaron las otras dos pequeñas, Cristina y Nasti, de los que el hermano mayor ejerce casi de padre para ayudar a sus abuelos y que se ocupa, entre otras tareas, de los deberes de sus hermanas.

Un empollón al que le encanta el fútbol y que también recibe clases de trombón y al que su familia majorera le tenía casi preparada la matrícula para empezar a cursar sus estudios en el IES Gran Tarajal, con el visto bueno ya aceptado de los servicios sociales de Ucrania y del propio centro educativo.

Afirma Araceli que es un gran estudiante que aspira a cursar Medicina, ella cree que influenciado por una enfermedad crónica de su pequeña hermana Nasti, que la obliga a mantener al día la medicación, otro de los puntos críticos añadidos a la preocupación que reina estos días en la casa de Rodríguez López en la isla de Fuerteventura.

La atención de su familia majorera incluía hasta hace una semana y dos días el envío de dinero para poder hacer las compras en el supermercado, además de los gastos en atención sanitaria y todo tipo de contingencias, siempre a la espera de que pasen los meses de invierno para tenerlos en su casa de Canarias, esto hasta que la invasión de Rusia a Ucrania ha desmantelado la alegría.

Una alegría de la que no solo disfrutaban sus padres de acogida, sino el pueblo de Pájara con los tres, pero sobre todo con el niño, porque ya llevaba más tiempo visitando el pueblo y porque desde el primer verano que llegó se apuntó a participar en las fiestas de la localidad, y de hecho se estrenó luciéndose en una escala en hifi, con un numero en el que interpretó un acto de El Libro de la Selva, «además de ayudar a Luisa», afirma Araceli, «en la organización de los actos, corrigiendo a los otros niños cuando se equivocaban, al punto que ya es uno más en Pájara, superquerido por grandes y pequeños».

El anuncio de la apertura de un corredor humanitario, «única manera de poder sacar a los niños con garantía» es una noticia esperanzadora, como también lo sostiene la asociación que da amparo a Araceli y los demás padres, Infancia de Nad, y para ello ya tiene todos los papeles en regla, incluidos los de sus abuelos. Además asegura que también había pagado las primeras cuotas para traerlos, pero ocurre que la localización donde se encuentran los pequeños dificulta su salida, «porque es una de las zonas más conflictivas» del país en estos momentos.

Pero ella ni ceja, ni pierde la esperanza, -de hecho se ha apuntao para ir de voluntaria a la frontera a recibir a más personas-, «por eso necesitamos dinero para pagar las guaguas y los intermediarios», aunque también subraya que de momento nadie se atreve a ir a buscarlos, a lo que se añade que «todos los teléfonos o no contestan o están apagados».

En la web de Infancia de Nad se ofrece un enlace que facilita las transferencias, en la que cualquier cantidad por mínima que sea es necesaria, así como un pliego que permite inscribir a familias voluntarias que quieran acoger a otros damnificados por la invasión.

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