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Crisis migratoria | Mirada al otro lado de la ruta canaria / y 3

«Merecemos una muerte más digna que en una patera»

Jóvenes que han huido de Costa de Marfil, Chad y Sudán se refugian en Nuadibú mientras anhelan una vida en Europa

Centro de acogida para migrantes de la Organización de Migrantes de Nuadibú. PABLO BLÁZQUEZ

«¿Qué hubiera pasado si hubiera tenido una infancia como la tuya? ¿Si hubiera podido estudiar, ir a la escuela, trabajar? ¿Qué hubiera pasado si de niño hubiera podido ser solo un niño, que juega, que no pasa hambre, que no tiene que ir a buscar el pan para su familia o escapar de una guerra? Si yo hubiera tenido derechos y oportunidades, si me hubieran protegido de pequeño, yo no estaría hoy aquí».

Quien habla es Dieho Nesseble, un joven de 25 años que cuando tenía 19 tuvo que salir huyendo de Costa de Marfil por el hambre de su familia. En Mauritania no ha encontrado la estabilidad ni las oportunidades que buscaba. Ahora vive en una habitación con unas 20 personas más, en un centro de la Organización de Migrantes de Nuadibú (OMN) para personas extranjeras sin hogar. «Conocí a mucha gente que ha ido en cayuco a Canarias y se ha ahogado en el mar. Yo no quiero ir, no me merezco morir así», dice. Sin embargo, amontona sueños y anhelos mirando hacia el norte.

Dieho quería ser jugador de fútbol. Dice que se le daba bien. «En realidad es lo único con lo que podía soñar. Tuve que dejar de estudiar muy temprano y vine hasta Mauritania para encontrar un buen trabajo con el que salir adelante», explica. Al final, Mauritania no le ha tratado mucho mejor.

«A veces trabajo en la pesca, pero no cada día. Me pagan a veces», añade. El gran problema que tienen los inmigrantes del resto de África en Nuadibú, y por extensión en Mauritania, es que no tienen permiso para vivir legalmente en el país. Tampoco pueden ser contratados. A los refugiados les ocurre algo parecido. Pueden permanecer en el país, pero no trabajar.

Dieho reposa en la habitación de la OMN, que está repleta de colchones. Una decena de hombres duermen en el mismo espacio. Entre ellos está Abdoulaye Yakoub Abakar, un chico de 22 años que nació en Chad. Él llegó a estudiar el bachillerato, pero el país entró en una guerra que le destruyó la vida por completo. «Ya no soy aquel niño, ni jamás volveré a serlo», dice cuando recuerda su época estudiantil. En su intento de huir, fue secuestrado por el grupo terrorista Boko Haram en Nigeria. «Me torturaron y me mutilaron los dedos de los pies», explica descalzo. Después, relata que en Mali también fue víctima de abusos y palizas. «¿Dormir? Yo no sé lo que es. Solo recuerdo, y recuerdo...», explica.

«Al menos, vivo en paz»

Cuenta su historia abatido. En Mauritania apenas ha logrado trabajar. «Pero al menos vivo en paz», dice. Ha perdido a demasiados amigos y familiares para ser capaz de contar sus historias. «Yo no quiero ir a Europa, yo solo quiero volver al aula, a mi casa con mi familia», dice. Las cicatrices duelen demasiado en ese cuarto. «Algunos tienen tantas secuelas que les dan ataques psicóticos por las noches, enloquecen», prosigue. «Es que nosotros no nos vamos de nuestros países para buscar nada; yo me fui porque allí no se podía vivir. Yo no elegí nacer y crecer en un país en guerra», señala.

Hassen escucha a sus compañeros. Todos los recuerdos le devuelven a Sudán, el país que le vio nacer. Tiene 25 años y hace tres que yace en el desierto Mauritano. «Mi vida estaba bien, yo estudiaba ingeniería civil en la universidad», comenta con un perfecto inglés. Todo se detuvo con la guerra civil de Sudán.

«Yo solo espero que las cosas vuelvan a ser como antes, que todo vaya bien y que pueda volver a mi país. No salí de Sudán porque quiera ir a Europa, salí porque no podía vivir allí. En vuestros países, en Europa, esto no ocurre», contesta. El sueño de Europa cada vez está más cerca. «No porque quiera ir, porque es el único sitio donde se puede vivir», prosigue. Conseguir el visado, se convierte en el ojalá permanente.

En el centro de la la OMN los migrantes desamparados tienen acceso a una cocina comunitaria. También tienen lavabos y duchas. «No acogemos a personas que quieran ir por la vía clandestina, nosotros no vamos a ayudar en eso», sostiene el responsable del centro. «En el fondo somos inmigrantes ayudando a inmigrantes», prosigue. Porque esta organización fue creada por los propios inmigrantes que, décadas atrás, se encontraron con la misma realidad que la que viven hoy tantos. La nada.

Nuadibú es uno de los lugares donde se concentra más migración del África Subsahariana. Primero, porque es la capital económica del país, un punto pesquero clave a nivel internacional. Barcos de todo el mundo pescan en la costa mauritana: desde Japón hasta empresas gaditanas.

Y a pocos metros de la ciudad se encuentra una reserva de oro que explota una empresa de Canadá. Pero también se trata de una ciudad construida en una península, rodeada de mar y a pocos kilómetros de la frontera con el Sáhara Occidental, el punto más cercano a Canarias de todo el país. «Está a tres días en cayuco», explican varios.

A las ocho de la tarde, la luna ya hace presente en toda la ciudad. Algunos de los jóvenes preparan la comida, otros descansan en el colchón. Un grupo de chicos se desespera en unas sillas de plástico situadas entre la arena callejera. «Vosotros, que venís de Europa, ¿no tenéis algo de comida para nosotros? No tengo trabajo, no tengo dinero y vosotros allí tenéis de todo, no os falta de nada», piden y lamentan.

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