Al final no cabía sorpresa y el secretario general, con paternal generosidad, admitió prácticamente todos los nombres propuestos por lo socialistas tinerfeños, aunque semejante apertura supuso una Comisión Ejecutiva Regional todavía más amplia de la saliente, «más amplia que la federal», señaló algún portavoz parlamentario con un fisco de asombro. No era necesario investigar mucho quién salía perdiendo. Patricia Hernández lo aclaraba con pequeñas y agónicas voces en el acceso al plenario. «Esto no se debería hacer así y había margen para presionar», le insistía a Antonio Olivera, que parecía más bien incómodo. 

Santa Cruz de Tenerife y Granadilla de Abona fueron los municipios excluidos (autoexcluidos en realidad) del acuerdo con Torres y con Nira Fierro. A los propuestos por Pedro Martín, Torres sumó al propio Olivera, cada vez más consiglieri y más influyente, y Fierro a la granadillera Jennifer Miranda. La nueva responsable de Organización tiene plenos poderes y a Manuel Fumero (Vilaflor) como adjunto. Mandará mucho. En su nombre y en el de Torres. La votación de la Comisión Ejecutiva fue lenta como un día sin pan o sin rueda de prensa de Pedro Sánchez, porque algún genio decidió que se dispusiera de una sola urna. 189 votos a favor, 22 en blanco de chicharreros emputados y 7 nulos, presumiblemente de los que estuvieron de amanecida por Las Palmas. Algunos advirtieron que la propuesta del Congreso para el Comité Federal traería problemas, porque incurría en incumplimientos reglamentarios: no se respetaba el mínimo de 40% para mujeres, por ejemplo. Pero la satisfacción estaba tan generalizada que nadie prestó demasiada atención.

Porque todo, a partir de ese momento, fue una interminable ceremonia de satisfacción, como corresponde al congreso de un partido que disfruta del momento más dulce de toda su historia en Canarias. Una catarata de medallas y coronas de laurel que caían sobre el plenario y arrullaban todas las conciencias socialistas. En su discurso –que como todos los discursos políticos actuales es un mecanismo propagandístico– los socialistas lo integran lenguajes sin problemas, y por eso pueden hablar de las TIC y al mismo tiempo de la «clase obrera canaria», mascota mitológica que sacaron a pasear sendos invitados de Comisiones Obreras y la Unión General de Trabajadores. A continuación tomó la palabra Carolina Darias, ministra de Sanidad, que resumió maravillosamente sus ambiciones: «el presente es nuestro y el futuro también». El entusiasmo de la señora Darias siempre parece al de un taxidermista de visita a un zoológico. También habló Héctor Gómez, portavoz socialista en el Congreso de los Diputados, que comentó que el PSOE tenía motivos para gobernar, no como la derecha, que no tiene ninguno, salvo ellos mismos. Y por fin, después de otro video horrendo, donde se incluyó hasta un saludo de Salvador Illa que parecía un pésame por la muerte de un cuñado, la nueva Comisión Ejecutiva subió al escenario, después de abrazar, uno por uno, a Torres, a Carolina Darias y a Luc André Diouf, que se puso en pie y comenzó a abrazar a todo el mundo, una costumbre intercultural a la que propende cuando detecta una cámara cerca. 

Ángel Víctor Torres tomó la palabra pero, exactamente como ayer, renunció a pronunciar un discurso para deslizarse por un circunloquio más o menos complaciente, insistiendo en esa épica en la que quiere y en parte ha logrado convertir en una racha de mala suerte y desventuras en las Islas. La épica siempre ha sido más cansada que la lírica. Así que otra vez La Palma, otra vez el sacrificio necesario, otra vez el valor de los servicios públicos, otro monumento, esta vez a los profesores, y eso sí, una advocación para llegar siempre a acuerdos y un recuerdo: los ciudadanos no toleran las broncas y divisiones en las organizaciones políticas. Recadito apenas simulado a Sebastián Franquis y a Augusto Hidalgo y al inminente congreso del PSOE de Gran Canaria.

Y, por supuesto, la tensión de uno de los nervios centrales de la retórica del PSOE en el poder: es innecesaria una voz diferenciada de los partidos nacionales para dirigirse al Gobierno central. Con que gobierne el PSOE en España y Canarias basta. Incluso es más que suficiente. Porque, ¿cómo va a negarse el Gobierno central a algo que se exija responsablemente desde Canarias? Es inimaginable, lo nunca visto. Por tanto, a los socialistas canarios no se les puede dar ninguna lección de canariedad. Torres lo repitió mucho; quizás sería interesante que un día el PSOE canario explicara qué entiende por canariedad, salvo cuatro lugares comunes que no son ni más lúcidos ni más precisos que los que usan los nacionalismos del país.

«Este es el momento del PSOE de Canarias, hemos venido a cambiar las cosas y las cambiaremos» proclamó Torres. «Sin complejos y sin victimismos», insistió. No había terminado su intervención y, como cinco minutos antes de finalizar la película, varios delegados abandonaban la sala. De repente comenzó a sonar La Internacional. No se la sabía casi nadie, obviamente, pero varios se lanzaron a practicar un play back vergonzante, y no fueron pocos los que levantaron el puño, como la propia Nira Fierro. En el psocialismo del siglo XXI no se puede derogar la reforma laboral del PP, pero se puede cantar La Internacional, incluso si no te la sabes. Quizás, especialmente, si no te la sabes. De repente se cortó abruptamente el sonido y una voz gutural anunció el fin del XIV Congreso. La marabunta felizmente torrecista salió a coger las guaguas y taxis y regresar a casa antes del anochecer. Las elecciones de 2023 habían comenzado.