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La multiplicación de los hijos

La Fundación Canaria Mamá África trata de integrar en las Islas, con la ayuda de pequeñas aportaciones, a llegados en patera

Hamza regresa al alojamiento de la Fundación Mamá África.

Hamza regresa al alojamiento de la Fundación Mamá África. Q.CURBELO/EFE

La criris migratoria ha regalado a Calvin Lukock, Unn Tove Saetran y Matthew Summers muchos hijos. El hotel que regentan en Mogán se convirtió con el confinamiento del pasado año en un centro de acogida para cientos de migrantes, ahora apenas alojan a diez y son ya familia.

Calvin Lucock enseña orgulloso el vídeo del reencuentro de Youssef con su hermana en el aeropuerto de Valencia. Youssef vino en patera hace un año a Gran Canaria y al fin ha conseguido reunirse con su familia. Una pequeña victoria que el empresario hotelero que ha hecho de sus alojamientos un hogar de migrantes, siente suya: «Son como mis hijos». Youssef era uno de los inmigrantes que vivía en los tres recursos hoteleros que dirige Calvin Luckock en el municipio de Mogán. Cuando los demás chicos ven el vídeo también sonríen, muchos de ellos esperan poder estar en la piel de Youssef pronto y cumplir el objetivo por el que emprendieron el viaje más peligroso de sus vidas a bordo de una de las pateras que atraviesan la ruta canaria.

Al igual que ellos, Youssef prefirió quedarse en la calle que trasladarse a los macrocampamentos que se construyeron en las Islas cuando se cerró la red de acogida de emergencia habilitada en los alojamientos turísticos. Tenía miedo de que, al llegar a estos campamentos, lo deportasen. Había pasado mucho para llegar a la isla, así que pidió ayuda a los que ya consideraba parte de su familia.

Calvin Lukock, su mujer Unn Tove Saetran y Matthew Summers decidieron entonces dar un paso al frente. «Nos desvivimos y nos involucramos totalmente con ellos durante meses. No íbamos a darles la espalda, no podíamos permitir que se quedasen en la calle», relatan los impulsores de la Fundación Canaria Mamá África. Las luces del hotel volvieron a encenderse, esta vez a costa de sus ahorros y de los ingresos que han podido reunir desde la fundación. Ahora mismo tienen activa una campaña de captación de donaciones en la plataforma GoFundMe que «va bien», afirman con optimismo, aunque saben que con el dinero que recauden posiblemente solo podrán hacerse cargo de los gastos de los chicos unos meses más. Pero confían en que sea lo suficiente como para buscar una solución.

Hamsa llega en bicicleta de su clase de español y va a buscar al grupo, que está reunido en uno de los pasillos del hotel. Ahora ya apenas quedan 10 de los 70 que llegaron a vivir en el recurso. Se une a ellos Suleiman y le choca el puño a Matthew, que le apura para que ayude a sus compañeros a preparar la cena. Ahora que son menos pueden sentarse juntos a la mesa. Hablan con Matthew y Calvin en español, se sienten orgullosos de poder entenderlos.

Integrar o deportar

El objetivo de la fundación que han creado estos tres empresarios hoteleros del sur de Gran Canaria es la de «integrarlos en la sociedad», porque ya hace meses que no ven en ellos a inmigrantes sino a personas con nombre y apellidos y una largo bagaje detrás. «Todos tenemos nuestra historia, pero las de ellos son bastante más duras», explica Summers. Han vivido cosas que «nosotros no podemos ni imaginar» y, cuando las recuerdan, se les encoge el pecho.

Uno de los chicos embarcó en una patera después de ver como a su padre lo mataban de un tiro en su país, otro presenció la muerte de tres amigos con los que compartía cayuco. Él mismo los tiró al mar por la borda. Otro de los chicos podría irse con su familia a Francia, ya tiene los papeles que le permiten viajar, pero sus cuatro hermanos menores están en un centro de acogida del Gobierno de Canarias y no quiere irse sin ellos. Youssef, Abdelkhadir, Said, Suleiman, Hamsa, Osman, Elhadji, Mnajai,... todos alcanzaron Gran Canaria durante el repunte de las pateras de 2020 y recuerdan con horror el muelle de Arguineguín, donde llegaron dormir hasta 27 días a ras de suelo.

Uno de los chicos entrena al balonmano con un equipo de Vecindario, y Osman sueña con ser un gran maratoniano y, para ello, corre cada día con un grupo en Arguineguín. Cuatro de los chicos ya tienen permiso para trabajar a final de este mes. «Tenemos trabajo para ellos», asegura Lukock y lo dice con el alivio de haberles ayudado a tener una salida. Para ellos solo hay dos vías: «O integrar o deportar», y prefieren la primera.

La solidaridad «tiene muchas opciones» pero ellos han decidido involucrarse en esta causa. «La crisis de las pateras es en Gran Canaria y en Mogán, donde vivimos», es un problema humanitario que «está aquí al lado». La protagonizan personas «con nombre, apellidos y sueños, como nosotros» y que han tenido el coraje de montarse en una patera para luchar por ellos, remarcan. «Tiene que estar la cosa muy mal para montarse en ese barco», reflexiona Summers, «necesitan que les echen una mano, solo una oportunidad para salir adelante».

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