13 de febrero de 2020
13.02.2020
Crónica

La batalla de los silbos

Hay gente que se gana un lugar modesto y fugaz en el parlamentarismo archipielágico y ultraperiférico, pero un lugar al fin y al cabo, y eso ocurrió ayer en la sede de la soberanía popular de Teobaldo Power

13.02.2020 | 00:04
La batalla de los silbos

Hay gente que se gana un lugar modesto y fugaz en el parlamentarismo archipielágico y ultraperiférico, pero un lugar al fin y al cabo, y eso ocurrió ayer en la sede de la soberanía popular de Teobaldo Power. Fue el diputado del Partido Popular, José Manuel García Casañas, quien asumió bravamente la defensa del silbo herreño como Bien de Interés Cultural, atreviéndose incluso a aludir con acre censura -aunque sin citarlo expresamente: su señoría no está loco- a Casimiro Curbelo. El líder de la ASG, inmemorial y hierático como un dios vikingo, escuchó resignadamente al señor García Casañas, y después se dio gusto en su intervención.

García Casañas quería saber por qué el silbo herreño no era BIC: a su juicio, el Cabildo Insular había hecho todo su trabajo en tiempo y forma, y el Gobierno autonómico se lo había tomado a guachafita. El diputado conservador enumeró irónicamente todas las entidades culturales y autoridades académicas que habían sido requeridas por el gobierno insular para apoyar el silbo herreño como un bien cultural característico que merecía protección y divulgación institucional. Lo hacía utilizando constantemente dos expresiones ("boberías" y "fantasmadas") que Curbelo había elegido en los últimos meses para reducir al silbo, en El Hierro, a una curiosidad vecinal. Uno recuerda que en su Historia del pueblo guanche el doctor Juan Bethencourt Alfonso atestigua haber conocido -en los últimos años del siglo XIX- a pastores ancianos que utilizaban el silbo para comunicarse en el sur de Tenerife, pero que la costumbre casi había desaparecido. Quizás se silbó en todas las islas hace siglos. Tal vez fue en La Gomera donde se perfeccionó el método y el silbo supo acoplarse al lenguaje articulado y reproducirlo o remedarlo aproximadamente. No cabe descartar del todo, tampoco, que eso se consiguiera en todas partes, pero se terminase perdiendo, salvo en La Gomera precisamente.

Curbelo tiene razón cuando afirma que el silbo que se está enseñando actualmente en El Hierro es, digamos, la estructura fonética del silbo gomero. En El Hierro los pastores -al menos aquellos de los que se tiene noticia histórica- silbaban simplemente manejando un código de expresiones más o menos limitado, como suelen hacerlo en todas partes. En La Gomera, en cambio, los pastores hablaban silbando o silbaban hablando. Curbelo tampoco se supo expresar demasiado bien, aunque se le notaba la irritación por el bronco tono del diputado herreño. En su apología del silbo gomero como único, entero y verdadero, apeló a los intelectuales, apeló a las universidades, apeló a todas las fuerzas culturales del país, apeló al presidente del Gobierno de Canarias incluso, y Ángel Víctor Torres alzó la vista de la pantalla de teléfono móvil y asintió repetidamente con la cabeza como para indicarle que contigo, querido Casimiro, silbaría hasta las Variaciones Goldberg si fuera preciso.

Según la consejera de Educación y Cultura, María José Guerra, más de un centenar de expedientes BIC incoados y tramitados han quedado caducados, sin embargo, a raíz de una sentencia del pasado diciembre del Tribunal Constitucional, lo que habla claramente de la pachorra infinita de todas las administraciones públicas implicadas -cabildos y gobierno autonómicos- en los últimos años. Siempre he sospechado que a la mayor parte de los consejeros de Cultura del país les pides un BIC y te dan un bolígrafo. Según los responsables políticos existen más de un centenar de objetos, costumbres y lugares que merecen ser declarados como bien de interés cultural, y sin embargo, se tardan años en culminar los expedientes administrativos. La cólera de García Casañas era curiosa, porque en el peor de los casos basta con iniciar de nuevo el expediente y, en el plazo de un año, presentarlo de nuevo al Gobierno autónomo. Pero, tal y como le indicó Francisco Déniz, llamaba la atención que no hubiera dirigido su intranquilidad al Gobierno interior. Narvay Quintero llegó al estrado con la noticia sorprendente de que el expediente del silbo herreño estaba vivo, porque no le afectaba la sentencia del Constitucional - vaya a usted a saber por qué, fue tan explicativo como el difunto Mero Pancho, otro BIC frustrado -y estableció que esta tradición no era un invento mentiroso, porque incluso él lo había aprendido a silbar en su momento; por desgracia, no ofreció ninguna prueba audible al respecto.

En el resto del orden del día se produjeron, por supuesto, encontronazos más intensos. El PP aprovechó Venezuela como si fuera un atentado etarra, por ejemplo, aunque se echa en falta, desde hace tiempo, una mayor empatía -un compromiso más firme- del Gobierno de Canarias con un país donde todavía viven miles de isleños y decenas de miles de descendientes de isleños. La otra bronca de la jornada giró alrededor de la actual gestión de la dependencia en la Comunidad autónoma: las cifras demuestran una ligera mejora y lo que irrita a la oposición es que el Gobierno argumente exactamente lo mismo que hacía el Ejecutivo en el que Cristina Valido ejercía como consejera de Empleo y Asuntos Sociales. La diputada Valido incluso se cabreó demasiado agitando las propuestas que PSOE y, en especial, Podemos aportó en la pasada legislatura para agilizar fulminantemente la tramitación de las solicitudes de dependencia: la ironía y el sarcasmo hubieran ido mejor para describir esta situación especular. La dependencia -ese cuarto soporte del Estado de Bienestar- llegó en una ley estupenda, pero sin ningún compromiso financiero, desde el Gobierno de Rodríguez Zapatero, y muy pocos años después llegó la recesión económica y los feroces recortes presupuestarios. Nadie lo recuerda. Ni los buenos, ni los malos, ni los que hacen todo lo contrario.

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