30 de noviembre de 2019
30.11.2019

"Bailo sabiendo que ya no necesito perderme"

30.11.2019 | 02:36
"Bailo sabiendo que ya no necesito perderme"

Correspondido por el público y los programadores, el bailarín y coreógrafo tinerfeño se adentra en la madurez creativa bailando su primer dúo con Carmen Werner

El creador y programador tinerfeño Roberto Torres sigue inmerso en la gira de Una vez más, el dúo creado por la veterana coreógrafa Carmen Werner para ambos. Inspirados por una canción de la Gran Depresión que Abbey Lincoln canta con autoridad y desengaño, los dos bailan un melodrama que reabre sus heridas en cada función. Es una obra de teatro sin palabras donde la conversación con gestos -que se extienden a todo el cuerpo- y la conversación con palabras forman un continuo. Un melodrama escuchado a medias y seguido de principio a fin gracias a lo que cuentan esos dos cuerpos maduros a un público cuya complicidad se ganan muy pronto. Son también una pareja de buenos payasos dispuestos a perderlo todo: él podría ser un augusto y ella una desafiante payasa blanca. Ahora que se encamina hacia los sesenta, Roberto Torres baila más que con treinta y la vida le bendice con giras y premios. Tiene un hijo que en breve cumplirá los dieciocho años; es el festival de danza Canarios Dentro y Fuera.

Le escuché decir que le resulta fácil bailar e interpretar Una vez más, el dúo creado por Carmen Werner para ustedes dos. ¿Ha tenido que ver en ello la larga amistad que ambos mantienen desde hace un montón de años?

Claro. Cuando tienes empatía con alguien y surge una amistad fuerte todo es más fácil. También me ilusiona bailar con ella porque estoy aprendiendo de alguien a quien admiro. Estar en el escenario bailando con mi amiga me da una doble seguridad. Primero, porque no me siento sólo. Y en segundo lugar porque Una vez más es un trabajo muy honesto; somos nosotros. Y a estas alturas de la vida lo importante es trabajar desde una verdad. Yo siento que esta obra no me es ajena. También me ayuda a sentirme tranquilo estar con alguien que tiene mucha experiencia y además hacerlo sin pensar que se trata de algo trascendental, sino que simplemente es.

Y sin embargo le vemos bailar hasta quedarse sin resuello. ¿Por qué cree que Carmen Werner quiso llevarle hasta ahí?

Siempre he sido muy entregado en la escena. Muchas veces en exceso. Quería dar tanto que muchas veces yo me perdía. En Una vez más Carmen me concede esos espacios en los que doy mucho, en los que de repente voy a sitios donde emocionalmente estoy como un borderline. Pero ya no pierdo el control. Eso es lo que me ha dado la experiencia. Antes yo bailaba y era tal la entrega que al día siguiente estaba molido como un zurrón. Ahora no, ahora me entrego pero quedo intacto, salgo indemne. Viajo, pero sé que tengo que aterrizar. Ahora trabajo sabiendo que ya no necesito perderme, sino encontrarme. Carmen conoce esa parte de mí que es tan emocional, tan física, esa parte medio animal que a veces pienso que tengo. Ella sabe que no la puede obviar, y el contraste que se da entre ella y yo cuando bailamos es muy bonito.

¿En Una vez más se le podría describir como un galán en apuros? Me vinieron esas palabras tras acabar la función que hicieron en Madrid hace unas semanas, la víspera del Día de los Difuntos.

Un galán en apuros.

Sí, porque siempre está usted volviendo a componerse. Integra en su coreografía el ritual de un galán, colocándose el cuello de su blanca camisa, ajustando los puños para que sobresalgan bajo las mangas de su chaqueta... Y también cuentan las actitudes, el amor propio del personaje y ciertas maneras castigadoras.

Sí, este personaje constantemente se desmonta. Llega a sitios en los que se le descoloca todo, pero en el fondo mantiene su compostura. Esta obra también me ha permitido estar en un espacio de seducción, que como intérprete disfruto mucho. Por momentos mi personaje se posiciona, se crece, se siente capaz, y por momentos ve cómo se descompone su mundo. Y ella siempre está ahí para mirarme y devolverme a ese sitio donde todo está tranquilo. No sé si me entiende. En Una vez más me puedo sentir como en La Bella y la Bestia, por esa templanza que ella tiene. En el fondo, ella no llega a romperse dentro de la obra. Puede ser torpona o patética, o...

Sarcástica.

Sarcástica. Pero mi personaje tiene una animalidad que ella no tiene. Por eso incluso me atrevo a arriesgar más, sobre todo en el último solo de la obra. Porque luego llega ese brindis que me devuelve a la realidad, a ese espacio hogareño que en nuestro caso es la escena.

Le confesé a Carmen Werner que nunca había visto bailar danza contemporánea a una mujer de su edad. Todos esos instantes en que juega con su melena reivindican, intencionadamente o no, la belleza de la mujer madura y su derecho al erotismo. Me emocionó sentir que Una vez más también era eso.

Fíjese, eso en el estreno no estaba. Y de repente un día salió y yo le dije, mira, eso es superbonito. Aparte de que para mí ella es una persona sencillamente elegante. A mí también me emocionan esos momentos; yo necesito verla así, ¿sabe? Hay en ella una elegancia que ha trascendido al tiempo. Cuando empecé a trabajar en esa escena en la que juego a seducir pensé, ¿Y qué hago yo aquí, seduciendo a quién, con cincuenta y siete años ahora mismo? Pero de repente te dices, ¿Por qué no? ¿Cuál es la razón que me impide a mí pensar en la sensualidad? Solemos pensar que ya no nos corresponde vivir así.

Hay vínculos evidentes entre una obra y la otra; y algún contraste muy significativo. Ya hemos ahondado un poco en ello. Quiero destacar que en las dos hay un personaje llevado al límite. Encarna luchas agónicas, aunque nos refresque la mirada cómica de Carmen Werner.

Yo creo que sí a mí me sueltas sólo con el movimiento, me matas. Necesito estar contenido en algo, y un personaje es lo que mejor puede contenerme. Un mismo personaje te permite habitar muchos lugares, y de repente esos lugares empiezan a aparecer dentro de ti. El gusto por la dramaturgia es algo que también nos une a Carmen y a mí. Ella sabe generar rupturas, vacíos... Una vez me dijo alguien que en Una vez más lo cómico es cada vez más cómico y lo dramático cada vez más dramático. Yo nunca he trabajado desde el espacio coreográfico. Es que eso de la coreografía marcada, hecha, ta, ta, ta... no forma parte de mi naturaleza; para eso soy un batata. Siempre sé cuál es el recorrido del personaje, sus calidades, sus dinámicas, pero nunca coreografío. Quizá esto no tenga nada que ver, pero hace tiempo yo hice una obra en la que me acompañaba un percusionista. Y de repente llegó una bailarina cubana, muy buena, que me pidió coreografiar partes de esa obra que ya funcionaba. La bailé así una vez y ya no la pude bailar más. Me dejó en una tierra que no era la mía y ya no supe volver, limpiar todo aquello. Uno tiene que estar muy agradecido a aquellos coreógrafos que saben con quién están trabajando. Daniel Abreu, Carmen Werner y también Cecilia Martín son los creadores que más han sacado de mí sin alejarme de mí.

Acaba de regresar de un viaje a Senegal, donde de nuevo acompañó a esos tres brillantes bailarines con los que ha creado Dulces bestias. Hace unos meses, nos explicaba que la danza africana es "menos mental, más pasional, más espontánea". Su propio temperamento parece haberlo llevado hacia allá.

Y aquí también hablo de canariedad. Hay algo que... bueno, nosotros también somos África; desde otro lugar. La primera vez que fui a África, con veintitrés años, me di cuenta de que había algo que les llamaba cuando me veían bailar. El primer error que se comete es querer bailar como ellos. Al principio, cuando regresé a Barcelona de aquel viaje por Mali, Senegal y Burkina Faso, incluso monté un espectáculo en el que estaba queriendo bailar como ellos. Con el tiempo sólo quise sentir qué cualidades de la danza africana formaban parte de mi naturaleza. Y de repente descubrí un montón de cosas que han sido muy importantes en mi forma de bailar. Sobre todo, una conexión con la danza desde lo orgánico. Me identifico con la entrega del africano al baile. El africano no mueve su cuerpo, deja que se mueva.

En Para regalo hay una escena que me hizo pensar en la danza butoh. Sucede cuando se agarra con ambas manos a los bordes de la bañera y se incorpora abriendo el pecho, para quedarse así unos segundos. Ese momento de lucha agónica y lenta me llevó inequívocamente hacia el butoh.

Sí, es inevitable. Hay dos altos en mi camino, uno de ellos es la danza butoh y otro la danza africana. Las dos me han marcado. Aunque nos las veas, están en mi cuerpo; aún mas la danza africana. Están sin que se las busque. De hecho, fui invitado a bailar en el encuentro de butoh en España, esa pieza que creó para mí Daniel Abreu, Los zuecos van hacia sus buenos hábitos. Y Daniel tampoco buscaba un acercamiento al butoh. Creo que a cierta edad tiene mucho más sentido practicar butoh. Una persona madura lo absorbe de otra manera. En su momento yo me quise ir a Japón a trabajar con Min Tanaka, y ahora mismo me encantaría volver a ser aprendiz, porque mi ser conecta mucho con ello. Sí, ahora que hablamos de ello vuelvo a darme cuenta de que el butoh aportó mucho a mi forma de sentirme e imaginarme.

Comenzará el año volviendo a meterse en la sala de ensayos con Carmen Werner. ¿Se encaminan hacia una trilogía, tras estrenar Para regalo y Una vez más? O mejor dicho, ¿sabía usted desde un comienzo que se pondría tres veces en sus manos?

Realmente no. La primera vez que invité a Carmen a montar una pieza con mi compañía éramos seis bailarines y ella decidió trabajar con tres, los más cercanos a su forma de entender la danza. Laura Marrero se fue después a trabajar con ellos. Ahí la descubrí yo como directora. Un día, pasado el tiempo, le pedí que me montara un solo y salió Para regalo. Ella había venido a bailar a Garachico, a Cuadernos escénicos, el festival que dirijo. Me parece que por la tarde yo le había contado un chiste, y por la noche me dijo que ya tenía la idea. Una vez más surge porque llegó un momento en el que le pregunté: "¿Por qué no bailamos juntos?". Ella me respondió, "Ay, esto yo lo he soñado". Sobre la próxima creación solo sé que quienes vamos a bailar con ella somos personas importantes en su vida, con las que además ha bailado. Tres hombres entre cincuenta y siete y cincuenta nueve años, y luego ella, un poco mayor. Por poquito yo soy el más joven de los tres. Uno de ellos es Alejandro, su marido. Y ahora, después de haber bailado dúos con los tres, nos va a mezclar. No sé lo que va a suceder. Lo que sí sé, porque me lo dijo el otro día, es que en España no existen compañías con gente de esa edad, y que en este momento de su vida ella necesita que algo así suceda.

¿Es Dulces bestias, su última creación, una vuelta al paraíso tras habernos invitado a salir de él en Intramuros, allá por el año 2004?

Sí, la inocencia es el paraíso y en Intramuros cada personaje ocupa un lugar distinto cuando lo pierde. La pregunta es: ¿cómo volver al paraíso? Aunque me cuesta mucho, a veces intento mirar al pasado, porque uno tiene que tener tiempo para parar el mundo y pensar en quién es. Al hacerlo me he dado cuenta de que en todas mi creaciones latía la idea de construir el paraíso.

Se dice que el auténtico paraíso es la infancia.

Déjeme que le cuente. De niño todo el mundo juega a algo y yo jugaba con animales. Y luego mi familia tenía libros, una enciclopedia en la que veía fotos de ñus, antílopes... ¡Qué fascinación tuve con el mundo animal desde que era nada! Para mí el gran peligro del ser humano es que ha dejado de asumirse como animal para convertirse en propietario. Entonces, por el camino he empezado a ver que crear Dulces bestias ha sido como volver a nuestra animalidad; y que lo hacemos para poder formar parte de algo. A veces pienso si los sentidos se atrofiarán, porque al ser humano le cuesta cada vez más estar en el mundo. Ése es para mí el paraíso: sentir, oler. Veo cómo el ser humano avanza y a veces me da un vértigo terrible. Porque me da miedo perder lo esencial, que para mí es sentir.

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